lunes, 5 de junio de 2023

CUATRO RETRATOS AL SON DE LAS CAMPANAS

 


Mi agradecimiento más sentido.


LAS MANOS DE C

Las manos de C. hablan con dulzura, sutileza. Ternura. Y sus palabras siguen ese ritmo corporal que perfilan su trabajo como una rúbrica antigua. Escucharlo es mirar sus manos también. Es sentir el aire que las envuelve, las vibraciones que conmueven, el vacío que nos toca el corazón. Unas manos generosas, que en su pequeña grandeza nos muestran el camino, sin caminarlo por ti. Las manos de C. no son grandes. Ni tampoco pequeñas. Son bellamente imperfectas. Sus dedos danzan al compás de una música inmemorial. Calurosas en momentos de recogimiento, decididas para dejar ir. O llegar. O parir.

Me gustan las manos de C.: hablan con dulzura de la gentileza del saberse Ser.

 

LA CURIOSIDAD

M. conserva la curiosidad del niño que sigue jugando.  Su talle robusto y los pies anclados en el barro le regalan una suerte de elegancia primaria que, a ratos, parece incomodarle. A veces se rasca el dedo meñique, y, otras, se palpa la cabeza rala mientras se sonríe a escondidas creyendo que no lo ven.  M. es grande. Muy grande. Su fortaleza surge de un lugar lejano donde el tiempo ya no es. Y pisa fuerte allá por donde pasa.  Su pisar, sin embargo, es también gozoso, flexible, curioso. Juguetón. Está en su mirar, ese recuerdo de la compasión universal.

 

LA POÉTICA DEL ESTAR

Revivir la experiencia del encuentro con la mujer de cuerpo grácil es como volver a casa tras unas largas vacaciones. Escucharla contar, y no hasta diez ni hasta mil, es perder la relevancia del tiempo. Sentirse bienvenida en la poética de un susurro, de una palabra justa. De un acuerdo tácito. Su sabor es poesía y su estar, una inspiración de la calma.

 

AFIRMACIÓN VITAL

Hay un algo que no sé lo que es pero que, si algo es, es un sí. Mirarla es valorar la belleza y la dulzura. La fuerza y la determinación. Prendarse del magnetismo de la luz de su mirada. La agilidad en su caminar y la certeza en sus palabras. Mirarla es apreciar la empatía de quien camina con tus zapatillas de estar por casa. Cercana, parecida en la humanidad del sostenerse sobre sus propios pies. Ella es un rotundo sí de la afirmación vital .

 



domingo, 9 de abril de 2023

DEJAR QUE EL RELOJ SUENE Y VIVIR



Una fotografía oculta entre las páginas de un libro.

Ver cómo un viejo persigue, encorvado, a un niño en su triciclo.

Tres galletas rancias en el cajón del pan.

Relamer la cucharilla del café tras remover la taza. Sin azúcar.

Una bandera deshilachada que hondea en el tejado.

Un gato escondido en el zarzal.

Migas en la almohada.

Una pelota extraviada en un árbol.

El mechero que no prende.

Un corazón bombea.

Una adolescente se muerde las uñas mientras espera en un banco.

Moscas en el salón.

Seis cojines en el sofá.

Ver cómo un globo de colores se eleva al cielo.

Perseguir la aurora boreal.

Dolerse.

Esperar que te llamen de repente.

Soñar.

Decir que no.

Mordisquear los tapones de los bolígrafos.

Dejar de comer pollo.

Abrir un clip.

Barrer las motas de polvo.

Leer y no entender.

Amar y no llorar.

Padecer la soledad de estar rodeado de gente.

Compilar agujas de coser, tapones de los oídos y suelas rotas.

Dejar que el tic tac suene.

Y

Vivir.

 


lunes, 19 de septiembre de 2022

HAY GENTE

 



Hay gente que llora y grita. Hay gente que ríe sin más. Los hay que, sin darse cuenta que detrás de la lágrima infinita, hay un manto de fuego. Los hay que se despiertan una mañana a la luz del sol y saludan a sus ojos en el espejo.

Los hay que caminan sin saber a dónde van.

Hay gente que retiene su miedo dentro. Muy adentro. Y de tanto esconderlo ya no se atreven ni a vivir.

Hay gentes que cantan, gentes que escriben, gentes que loan y gentes que no. Hay gente que pide y gente que exige.

Hay gente que da y no sabe querer.

Los hay que a veces aprenden a olvidarse de sí mismos y su amor ya no vale nada, porque dan lo que no tienen. Hay gente que pinta y gente que baila. Hay gente que se queda anclada en su tierra y no se atreven a volar. Y los hay que surfean, y saltan, y viajan. Por fuera. Y por dentro. Los hay que a veces se enojan y explotan. Hay gente caprichosa, gente voluble, sutil, gente voluminosa y gente transparente.

Los hay que a veces se esconden.

Hay gente incomprendida, hay gente perfecta, los hay perfeccionistas y divertidos. Perfeccionadores y temerosos. Hay gente que no. Y hay que gente que a veces.

Hay gente que sí. Siempre.

Hay gente inconstante y gente burlona. Borrosa, picajosa, rara y pegajosa. Hay gente que olvida y gente que perdona. Y hay gente que ni uno ni lo otro.

Hay gente que se rompe a pedazos y ya no se recompone y gente que se eleva, a la luz del ocaso. Hay gente de sangre y gente de barro.

Hay gente que come. Y gente que bebe. Los hay que inspiran y los hay que expiran. Hay gente que viene y gente que va. Hay los que se pegan. Y los que desaparecen. O callan.

Hay gente de tú, y gente de yo y de yo y de yo. Los hay que nosotros y los que nadie.

Hay gente que son ejemplo a seguir y gente que sigue y busca y rebusca ejemplos a seguir. Hay gente que adora y gente dorada. Agradecida y bendecida. Gente iluminada por el sol de la mañana. Hay gentes que oscurecen el amor y gentes que alumbran las montañas. Los hay que repican campanas y los hay que replican sin más.

Hay gentes que son linaje y gentes que hilan y tejen. Están los que se rompen y los que conectan. Los que reconectan y llegan. Hay gentes que nacen y renacen. Hay gente herida y gente que hiere. Valientes, dolidas. Diamantes y turba.

Hay gente que siembra y gente que abona. Los hay que recogen y los hay que ofrecen. Se ofrecen.

Hay gente que cambia.

Hay gente que es.

Y yo, también, hay momentos en que,

bajo el árbol frondoso, 

también siento que soy gente que.


martes, 23 de agosto de 2022

ESPACIOS NACIENTES

 



Hay un perro que, detrás de un seto, mira como un gato duerme. A lo lejos, tres caballos, espantan las moscas con sus patas traseras. El gato, impasible, descansa su cola mientras sus orejas, atentas, siguen los pasos que se acercan.

Los pasos silenciosos regresan a su hogar temporal. Como matriz que acoge amorosa, el hogar les regala una noche a la luz de las velas. Las llamitas de las velas danzan armoniosas al compás de una canción italiana. Canta de alguien que marcha. Triste. Muy triste. La tristeza en el ambiente se envuelve, calurosa, del abrazo de las historias de C.

C. habla despacio, como si saboreara cada palabra. Masticando cada recuerdo. Todos, simplemente, atienden. Ahora que han aprendido a prestar a tención. A atender a lo que hay. Afuera y adentro. A hacerle un espacio de bienvenida a lo que llega Y lo que llega puede ser trueno o lluvia, lágrimas o besos, sonrisas o juegos, padre, madre e infante… El vacío ya no se moja.

Esperan y no. Como si la espera ya hubiera llegado a su destino. Como si el alma los hubiera, por fin, alcanzado.

Las viejas piedras de la casa también escuchan. Atentas.  ¡Cuántas vidas habrán visto nacer! Las celebran. Las bendicen.

Las historias de C. se entremezclan con las historias que ellos se cuentan. Las que se solían contar y las nuevas historias aún no acabadas. Nuevos espacios, nuevos caminos. Las nuevas historias comienzan a retumbar, como el trueno que, ya a lo lejos, se desvanece.

Una mano se recoge, un pie se aposenta en el suelo. Hay miradas por todas partes. Respiraciones y suspiros que se respiran a sí mismos. Que se dan aliento. Suspiros suspirándose. Espacios exteriores, húmedos, cálidos, risas y frases inventadas, chistes con código, el compartir de bandejas de fruta. Alimentando de vida nuevos espacios nacientes. Como el camino, nutriéndose a sí mismo.

Y se jalea el aire. El aire que entra y sale. Sale y entra. Entra y sale. Suspira y jalea. Darle espacio al dolor y jalearlo. Respirarlo. Darle espacio y, darse cuenta entonces, que ahí se cobijan todas nuestras posibilidades.

Como quien batea el trigo para desgranar la espiga. Y el oro del grano, regalo inesperado. Como perla en el camino. Tantas perlas desgranadas que uno podría engarzar un collar. Largo, muy largo. Solo el hilo los une. Así invisible como el perro que, ahora, ya se fue, galopando, en busca de un pichón. A lo lejos, tres caballos relinchan.

Aquí, ya todo es paz.


domingo, 12 de septiembre de 2021

PRIMERA CITA

 


A pesar del calor de agosto, el hombre viste camisa de manga larga, pantalones de pinza y zapato cerrado. Las sienes blancas y las manos secas. A duras penas se le sostienen las gafas para leer el menú y achica los ojos al llegar a la carta de vinos.

̶ ¿Te gusta el blanco?

̶ Me gusta el blanco. Muy frío.

Gracias al calor sofocante de agosto, la mujer viste un traje de una pieza, azul marino con una flor pintada a mano a la altura del hombro y sandalias con una ligera cuña. Sus dedos ajados ya están cansados de poner en su sitio el tirante que se le cae del hombro cada quince minutos. Aún y así, sonríe tímida.

La barba del camarero parece que les invita a dejarse ir, pero ellos mantienen las formas. La anchura de la mesa y el pequeño jarroncito custodian su tímida conversación mientras el tintineo de las copas entrechocan sin querer al posarse sobre el mantel.

̶ ¿A quién se parece tu nieto?̶   rompe el hielo ella antes del primer plato.

̶ Deberíamos ir a bailar alguna tarde, ¿no te parece? ̶ se aventura él mientras desmigaja el pan.

Tres risas, cinco miradas furtivas y más de cien silencios. Él repite de carrillada al horno y ella ya pide el café. Con leche. Descremada. Y hielo. El bigote del camarero asiente travieso. 

Las manos del viejo dejan los cubiertos encima del plato y se levanta para ir al baño. Al pasar por su lado, levemente posa su mano en su hombro y, dulce, recoloca de nuevo el tirante del vestido. Ella sonríe y agradece discreta.

̶ ¿Todo a su gusto, señora? ̶ pregunta el camarero mientras retira platos y cubiertos. Ella asiente con la cabeza mientras ya se enciende un cigarrillo. Tira la colilla al suelo cuando él regresa arrastrando los pies. Levanta la cabeza y hace el amago de sonreír.

Pagan y se van. Él le ayuda a colocarse el bolso y ella le acaricia la barba con mimo.

̶ Me alegro que me llamaras ̶ susurra ella antes de emprender la marcha.

̶ Me alegro que dijeras que sí ̶, responde él y, entonces, se da cuenta de la barba del camarero. Le guiña un ojo y sonríe en la distancia mientras renueva la mantelería de la mesa.

Bajan la calle lentos, disfrutando a cada paso. Solo al final, antes de desaparecer por la esquina, ella se recoloca de nuevo el tirante y se atreve a sujetarle del brazo por primera vez.


viernes, 23 de julio de 2021

LEGADOS INTERGENERACIONALES

 


Hay un abuelo en la calle. Y no digo abuelo porque tenga muchos años, que también. Digo abuelo porque lo es. A primera hora de la mañana, el viejo empuja el cochecito del más pequeño de sus siete nietos. Los pies se arrastran y pisan indolentes sobre el asfalto. Las manos ajadas y los ojos saturados. Pocas cosas quedan para ver. Eleva penosamente la parte frontal del carrito y entra en la panadería de la esquina. “Tres barras, por favor”, pide con voz áspera. Encaja las cinco monedas del cambio en el bolsillo trasero de sus pantalones de pana. Sale y hace sol. El crío balbucea y eructa, infla los carrillos y se chupa los talones. El abuelo sonríe y, con suavidad y mucho mimo, le da el cuscurro más tierno.


lunes, 17 de mayo de 2021

EL VIEJO QUE PIDE EN LA CALLE

 

 


Hay un viejo que pide en la calle. Sus pantalones de pana tienen doce agujeros y su camisa ya no abrocha bien. Lleva la barba larga y las uñas descosidas. Cada mañana lo veo, sentado en la esquina del parque. El pelo aciago y los ojos pacientes.

El viejo que pide en la calle se sienta sobre un cartón. Quizás lo pidió en la frutería de enfrente o se lo encontrara en algún contenedor. A nadie le importa.

Hoy , como cada mañana, llega con su paso tranquilo, se descubre la cabeza, se cepilla los cabellos con los dedos y se acomoda en su cartón. Y mira. Mira la calle, mira las gentes, las farolas y los pájaros en mudanza. Mira los carritos de la compra que corren diligentes. Observa cómo la vida acontece. Y a nadie le importa.

A veces ensueña o recuerda. Cada vez menos: su historia es tan antigua que cuesta rememorarla. Como el horizonte que se alarga si deseas alcanzarlo: cada vez más lejos. Por eso, un día, decide desempolvarse de todo recuerdo. Como el que se sacude la caspa del abrigo.

Por su lado, pasa un hombre con maletín. Una niña con una piruleta roja. También pasan tres chicos en pantalones cortos y una mujer entradita en carnes. Pasa una estudiante con un gran portafolios.

A la chica del portafolios se le cae un rotulador rojo. Y no se da cuenta, o quizás no le importa porque tendrá ciento cuarenta cinco rotuladores más en su mochila. Y sigue trotando calle arriba.

El viejo que pide en la calle recoge el rotulador del suelo y lo abraza contra su pecho. Saca el tapón, huele la punta. Sonríe. Se arrodilla y escribe sin pausa, con letras grandes y temblorosas: hoy también importa.

 

sábado, 24 de octubre de 2020

CON MUCHA DIFICULTAD

 



En casa de los Sullivan, solo la niña de tres años jugaba. El resto, discutían. Todo el día. Todos los días.

A la niña le gustaba jugar a esconderse en los armarios. Cuando el ruido de fondo la abrumaba, salía sigilosa de su habitación. Descalza. Y buscaba. A tientas,  el armario de las escobas.  Posaba sus tres deditos en el pomo de la puerta y lo giraba unos 45 grados hacia la derecha. Abría la puerta y se metía dentro. Luego con sus dedos índice y pulgar volvía a cerrar la puerta quedándose a oscuras dentro del armario de la limpieza. En la oscuridad, la niña hablaba con la escoba, que le contaba historias fantásticas de detrás del piano. O escuchaba a la fregona como le contaba , una y otra vez, aquella historia tan manida de cuando le cambiaron de cubo y trabajó día y noche hasta dejar el balcón listo para la primavera. La niña se reía. A veces lloraba. La más de las veces escuchaba atenta.

Afuera, los gritos seguían.

 Algunos días, la pequeña, cogía sus muñecas y les cortaba el pelo. Imaginaba que su habitación púrpura era un salón de belleza y sus peluches y muñecas eran clientas exigentes que le aturdían con exigencias capilares impensables. Entonces, la niña con su dosis de paciencia, fantaseaba con nuevos peinados, maravillosos cortes al bies, o tintes a rotulador que dejaban a sus clientas de tela más contentas que un gato con un ovillo de lana.

En el comedor, seguían los gritos.

Ciertos domingos, los menos, la niña se levantaba pronto y acumulaba en silencio todos los cojines que encontraba por la casa: en el sofá tirados, en su cama, en la habitación de coser… Y con ellos construía una nueva casa; una cabaña de ensueño para quedarse dormida y poder ver las estrellas del firmamento en sus sueños de paz.

En la cocina o en el baño, ellos seguían bramando.

A los tres años le pusieron gafas y a los cuatro le operaron del oído. Creyó escuchar a la tía Fernanda decir un día: “a la niña no le gusta ni ver no escuchar lo que pasa en casa, podre. Por eso le han puesto lentes y le ha salido una otitis terrible”.

Un día, la pequeña descubrió una maletita de mimbre en el fondo de un cajón. Su tacto era algo áspero pero le gustaba porque en el asa pendía una cinta de color rojo. Brillante. La llenó de camisetas, pantalones, falditas y vestidos. También metió a su muñeca pelona, una pastilla de jabón y tres cepillos de dientes.


 No se olvidó de sus guantes preferidos ni de las zapatillas de pana naranja. Cerró la cestita, ató la cinta roja y se dirigió al pasillo. En la puerta de la cocina se giró. Su madre estaba cortando cabezas de pollo o de conejo. No lo sabe muy bien. En su cara se veía el gris oscuro de las horas marchitas. La pequeña levantó una mano y con una sonrisa de oreja  a oreja gritó: “Mamá, estoy jugando a irme de casa. Vuelvo en un rato”.

La madre levantó una ceja, dejó caer el cuchillo en la tabla de madera y le sonrió apenas.

Con mucha dificultad.

domingo, 6 de septiembre de 2020

LA CASA DE S.

 




S. se queda huérfana a los dos años de edad. Mientras su padre se debate entre la vida y la muerte en el hospital durante tres meses, su madre se queda en casa, cada vez más cansada. Cada vez más agria. Así que cuando su padre muere, su madre no duda en irse pronto con él.

Sola e inocente a S. se la llevan con una tía materna. Vive en el norte, cerca del mar.

̶̶ Seguro que a la niña le va bien el aire salado ̶, se convencen las vecinas que no la quieren acoger.

̶ Además, allí están sus primas con las que podrá jugar y aprender. Aquí ya no le queda nada.

Y es cierto. En la ciudad ya no le queda nada. Ni madre ni padre. Ni hermanos o hermanas. Nada.

S. pasa gran parte de su primera infancia en una casa señorial con muchas habitaciones. Desde la ventana de su habitación se ve el puerto y algunos barcos flotantes.

̶ Algún día yo también flotaré como esos barcos ̶ , piensa  ̶  flotando arriba, muy arriba. Y mamá y papá me recogerán en el cielo con sus alas blancas y me cantarán nanas no sólo de noche.

Como sus primas, S. va a la escuela. Pero, a diferencia de sus primas, S. tiene que hacer muchas tareas en casa. Tender y recoger la ropa, doblarla con cuidado. A veces va al mercado a comprar pan y, otras, rastrillar las hojas secas del jardín. Su tía, en el fondo, la quiere bien poco.

̶ Me vi obligada a cogerla. Cuando mi hermana y su marido murió no pude hacer mucho. ̶ Les cuenta a las vecinas. ̶ Y aquí está. Sorbiéndose los mocos y comiéndose mi comida.

A la edad de siete años, S. ya comienza a comprender que en esa casa no es bienvenida. Su tía le grita. Y ella no entiende por qué. Su tía le riñe. Y ella no entiende qué ha hecho. Su tía le pega con el palo de la escoba. Y ella, cada vez, se siente más pequeña. Únicamente, su abuela está ahí, vieja, muy vieja, en una mecedora, y de tanto en tanto le pasa algún caramelo de café por debajo de la falda.

̶ ¡Esta no es tu casa! Tu casa es la inclusa ̶, le grita la tía cuando se enfada. Casi cada día. ̶ ¡Recuérdalo bien! ̶ Y le da un cachete para que no se le olvide nunca.

Su tía es una mujer regia, de las del norte. Con los ojos sufridos y severos, las manos robustas y un moño en lo alto de la cabeza erguida. Viuda desde hace años, tiene tres hijas algo mayores que S.

Un domingo por la mañana, después de la misa, S. y sus primas corren a jugar a la playa. Corren y saltan y saltan y corren y sus vestidos flotan dejando entrever las enaguas blancas.

̶ ¿Por qué no jugamos a las cabañas? ̶ propone la prima mayor.

̶ Vale. Pero S. no juega. ̶ responde la prima pequeña.

̶ ¿Por qué no puedo jugar a las cabañas? ̶ pregunta S. inocente.

̶ Porque esta no es tu casa, mocosa. ̶ le escupe la mediana en toda la cara. Y se gira presumida.

¡Esta no es tu casa!…. ¡Esta no es tu casa!… ¡eeeesta no es tu caaasa! … le gritan las tres primas y la persiguen hasta las rocas, tirándoles conchas, palitos y piedras. S. sale corriendo y esquiva las balas como puede. Llora desconsolada, dolida. Siente como su corazón hierve de pena. S. sólo anhela morirse para poder dejarse acunar de nuevo en los abrazos de su madre, que, como un ángel, la espera en el cielo. Y a cada zancada el dolor y la pena de su corazón es más y más intensa que parece que le penetra hasta las entrañas. Como la lava del volcán del libro de Ciencias que consulta en la biblioteca del colegio. Siente su corazón hervir, cada vez más potente, cada vez más profundo. Y, de repente, sin pensarlo, se para y se gira. Su corazón le late con tanta intensidad que le sale por la boca, por la nariz. Por la cuenca de los ojos. Lavas de fuego y piedras candentes se le encienden dentro y le salen en forma de gritos e insultos. S. grita con todas sus fuerzas para devolver el dolor de las piedras y las conchas. Escupe verdades a sus primas que, pasmadas, se quedan a tres metros y la miran desconcertadas. S. y su rabia corren, entonces, rocas arriba hasta llegar al paseo. El enojo y la furia de S. son tan vívidos que la llevan corriendo a la casa. S. entra por la cocina y allí se encuentra a la abuela; sentada en el hogar, en un banquito de mimbre bajito. Al verla, S. se derrumba y comienza a llorar.

La abuela le indica con la mano derecha que se acerque. S. de sienta en su regazo y la abuela la envuelve con su chal de lana merina.

̶ Ea, ea… mi niña.. ya está. Ea… ea… ya está, mi niña.̶  le susurra al oído mientras la mece contra su pecho.

El calor del hogar acompaña la calidez de la abuela y su chal. Poco a poco S. se va calmando hasta que, agotada, acaba cerrando los ojos.

Años más tarde, cuando le preguntan a S. sobre su infancia en el norte ésta solo puede que cerrar los ojos, mecerse levemente sobre el respaldo de la silla y responder: “En verdad, esa nunca fue mi casa. Lo era mi abuela. Mi abuela era mi casa”

 

 

 

 


viernes, 8 de mayo de 2020

EL HOMBRE MÁS GRANDE DEL MUNDO







El hombre más grande del mundo camina pisando fuerte. Como si debajo de sus grandes pies hubiera un terremoto que tuviera que detener. El hombre más grande y fuerte del mundo sostiene con fuerza y determinación su futuro. Y su presente. El hombre más grande, fuerte y valiente del mundo mira al mar con el ceño fruncido, escrutando el horizonte.
Y a veces, solo a veces, recuerda que hace años él también sucumbió a la gravedad del tormento. A la pesadez del dolor y la desazón. Pero se sacude esos recuerdos de encima. Rápido. Rápido como un galgo que se sacude las pulgas.
El hombre más grande del mundo no sabe aún como dejar de sostener el firmamento. Porque sus estrellas emigraron.
Solo a veces, muy pocas veces, es capaz de derretirse al sostener al recién nacido. Solo a veces, muy pocas veces, es capaz de comprender que el universo se encuentra ahí. Entre los deditos que le agarran con fuerza su mano y los ojos, enormes, que le miran con amor.




sábado, 2 de mayo de 2020

ESENCIAS EVOCADAS





La melosidad del zumo de melocotón. Colonia en tu barba. El olor a pino seco a primera hora de la mañana y una sábana al sol.

Tu pelo.

La resina de las piñas medio abiertas y el metálico olor a hierro desconchado de la barandilla. La tierra mojada. Ese libro viejo y el hervor del café escapando de la cafetera.

Tu pelo.

El pan de molde en la tostadora y la leña recién cortada. Toallas recién lavadas y la manta del sofá. Las mañanas de primavera y la nata montada.

Tu pelo.

El olor a lana buena de la chaqueta de tu traje y la palma de tu mano. El recuerdo de tu espalda.

Tu pelo.





jueves, 30 de abril de 2020

MIRADAS DISCOIDALES






Un viejo de camiseta rala observa cómo la vecina del quinto sacude la alfombra en el balcón. La mujer da las últimas tres sacudidas y ve como un perro en la calle olfatea un trozo de pizza de anteayer. El perro levanta el hocico y mira al cartero que cruza la calle y entra en la droguería. El dueño de la droguería asoma la cabeza por entre la puerta y el escaparate y atisba una paloma intentando elevar inútilmente el vuelo. La paloma pasa por encima de la cabeza de un niño que, inocente, cuenta piedras en la acera y le canta algo incomprensible a su madre. La madre, cansada, levanta la mirada para que el sol le encienda las mejillas y contempla a un hombre de barba cana sentado en su balcón. El hombre de barba cana me mira por detrás de los barrotes. 
Y yo, yo suspiro de nuevo pensando en ti.




sábado, 4 de abril de 2020

AUNQUE NO SEA NADA







Al vecino de abajo le gusta la Semana Santa Sevillana. Mucho. Y ha puesto a todo trapo las marchas. El bum bum de los tambores me llega a través de mi ventana mientras veo una película de Iciar Bollaín. Un par de lágrimas se derraman por mi mejilla y ya no sé si por la emoción de ver a la protagonista en su particular viaje del héroe o por la de las cornetas y tambores que ahora rechinan en los cristales de mi balcón. Dice un periódico de por aquí que algunas de estas composiciones tienen hasta 100 años de antigüedad.
 Llevo varios días dándole vueltas a la idea de volver a escribir. De volver a sentarme ante el ordenador y montar una historia; pensar en un personaje sencillo, algo ingenuo, hasta mediocre que, tras un intenso viaje interior, se enfrenta a sus propios demonios y cambia. Cambia. Pero, no. No se me ocurre nada.

De hecho, he estado pensando que quizás mi historia sea lo suficientemente sencilla y mediocre como para escribir la primera línea. Pero, no. No tengo la disciplina. La perdí hace más de un año. Así, de repente, escribí mi último relato y lo colgué en mi blog personal.

Y ahí sigue. Colgado en la red.

Ya ni tan siquiera espera que nadie lo lea.

Me vienen a la cabeza ideas, frases sueltas. Y las escribo o las grabo con el teléfono móvil. Me aferro a la esperanza de que algún día me atreva a darles forma. A ponerlas sobre el papel. Son ideas tontas, ideas pequeñas. Pero, en el fondo, también creo que pueden convertirse en pequeñas grandes historias del cotidiano. Porque estas son las historias que me gustan. Las pequeñas historias de la vida diaria. Los personajes tímidos, vulgares, comunes. Anodinas historias que nos podríamos encontrar en el hueco de la escalera de nuestro bloque o detrás de una farola. Historias grises, regulares, que podríamos vivir hasta nosotros mismos.

En este pensar y ensoñar, aparecen frases como “Soy los fantasmas de mi pasado y las muertes de mi futuro” o “Soy todas las personas que he conocido y las que nunca llegaron a conocerme de verdad”. Y me doy cuenta que, precisamente, estas frases no son muy sencillas. Al contrario, parecen sentencias magnánimas, profundas. Algo arrogantes, la verdad. Y, una parte de mi se estremece ante la hipocresía del ansia de sentirme pequeña, vulnerable y mediocre. Y no poder. O darme cuenta que, al  tiempo de pensar en frases grandilocuentes y no desarrollarlas, en el fondo cumplo con la expectativa de mi pequeñez.

Estoy en la multitarea: escucho al presidente en su rueda de prensa semanal mientras me acuerdo de mi necesidad de volver a crear. De sentarme y escribir, y parir un nuevo relato. De escupir una nueva historia. Y así, a mi deseo de sentirme creadora se le une la sensación, la profunda certeza, de que en el fondo yo soy también una de esas personas mediocres a las que quiero homenajear. Parece que el vecino ha leído mi mente y ha bajado un poco el volumen de su última marcha de palio; ha bajado el volumen pero ha incrementado la intensidad de su corazón. Y ya me llega desde la ventana un susurro de trompeta y un suspiro de clarinete. Como si estos instrumentos de viento me quisieran inspirar. Inspirar desde su concepción de respiración hacia dentro. Como si la inspiración de mi respiración formara parte intrínseca de la inspiración que empuja desde dentro para escribir. Algo. 

Aunque no sea nada.

viernes, 21 de junio de 2019

LA MAGIA






Soy el canto de una hormiga.
Y el susurro de un mosquito.
Soy el lunar en el pie de una oruga.
Y el aliento de una lombriz.

A veces, las grandes epopeyas
se escriben en mínuscula.
Con pocas palabras.
A baja intensidad.

Y, así.
Solo así.

Puedes afinar bien el oído.
Y escuchar, por fin, la magia
del vivir.












viernes, 14 de junio de 2019

EL SILENCIO




A veces el silencio es ensordecedor.Tan rotundo. Tan explícito.
Tan extravagante.
Que me tapo los oídos y los ojos.


Y las manos se me ponen moradas de tanto apretar.
Que los pies se me enrollan a la altura del ombligo.
Que las uñas se me erizan.


A veces el silencio está tan roto que ni lo puedo escuchar.
No lo quiero escuchar.
Duele.


A veces el silencio duele y me estremezco.


Me sumerjo en lo oscuro de mi garganta.
Me sumerjo en lo oscuro de mi piel.
Me sumerjo y me dejo caer.

Ya.

A veces el silencio está justo ahí: en la caída.


No hacen falta palabras. Ni poemas.
Ni canciones.
No hacen falta buenas intenciones. Ni frases hechas.

El silencio, al fin y al cabo, nos acompaña .
Como siempre.






jueves, 20 de diciembre de 2018

SE DAN PORTES EMOCIONALES




Para A.M.G.T


A la mujer de cejas perfectas le gustan los cambios. De tanto en tanto. Porque sí. Porque sin cambios, se aburre. Y no consiente el aburrimiento en su vida.

Una mañana se levanta algo extrañada y con esa sensación conocida de dar un vuelco a su vida. Así que no duda y coge la mesita de noche que está allí y la pone aquí. Mueve la lamparita de allá para acá. Se aleja para coger perspectiva de la nueva ubicación. Le gusta lo que ve. Se empieza a sentir orgullosa de la decisión.  Así que animada ya con este nuevo principio arrastra la cama que pone aquí y el armario lo mueve de aquí a allí. Se da cuenta de un cuadro que no encaja allí y lo descuelga con rapidez para colgarlo aquí. 
Suspira profundamente y se coloca un mechón por detrás de la oreja. Presumida. 

Mueve el portarretratos de allí a aquí y la silla plegable de acá a allá. No acaba de convencerle este último movimiento así que la vuelve a poner en su lugar. Jadeante por el cansancio se fija en un viejo florero y lo cambia para ponerlo aquí. Por un momento siente como si la rosa seca sonriera en su nueva atalaya. Se alegra. Cambia los zapatos aquí, el abrigo allí y el sombrero lo deja allá. Desde el quicio de la puerta se da cuenta que las cortinas ya no hacen mucho allí. Las descuelga sin pensar y las deja caer en el rellano de la escalera que da al piso de abajo. Abre las ventanas y un rayo cegador de sol invade la estancia. 

Cansada se sienta en el suelo y suspira. Algo no acaba de encajar. Así que vuelve a poner la cama allí y el armario  aquí. Deja el portarretrato allí y la lamparita acá. No le acaba de convencer este último retoque así que decide volver a poner la mesita de noche allí. Descuelga de nuevo el cuadro y lo deja otra vez allá. Se gira y ve la rosa como temiendo de que la devuelvan a su lugar de origen y decide dejarla donde está. Finalmente recoge el abrigo, se lo pone, se calza y se encaja el sombrero. Sale y mira por última vez la estancia soleada. Cierra la puerta con energía.

No sé qué harían sin mí. Se dice a sí misma mientras baja las escaleras removiendo las caderas.




domingo, 25 de noviembre de 2018

ENAMORADA DE LA VIDA AUNQUE A VECES DUELA





A B.G.M.

A la niña de nueve años se la ve venir. Sus trenzas rubias con lazos rojos se mueven al son de la música del barrio. Tiene las mejillas rechonchas y la mirada desafiante. Los labios rosados y las manos se mueven como los de una bailaora flamenca. De hecho, toda ella parece una bailaora aunque el arte lo lleva más en sus palabras que en sus caderas.

Ya de pequeña aprende a desarrollar una especie de seducción primaria, la necesidad de estar en el centro de todas las atenciones. Mirar para ser mirada. Dar para recibir. Aunque nadie lo pida. El día que nace su hermano menor, cuatro años antes, algo cambia. Aprende a esconder debajo de la alfombra del alma su estar por encima, su anhelo de recibir ternura y delicadeza en pos de tener influencias y ventajas. Lo defiende y lo cuida por encima de todas las cosas. Lo ama y lo acuna por encima de sí misma.

En el colegio es respetada y admirada a partes iguales. Las niñas la siguen y la protegen mientras los niños la aman y la temen al mismo tiempo.

El día que el timbre del recreo se estropea, la niña de trenzas bailarinas se encamina al patio con paso firme. Hoy van a jugar a la pelota borracha. Un reguero de amigas la siguen riendo y cantando la canción del momento.

― ¿Ese no es tu hermano?―le dice una de sus seguidoras mientras le tira de la manga del chaleco y señala hacia la otra esquina del patio.

La niña de nueve años se gira y ve como el proyecto-de-machirulo de sexto está empujando a su hermano hasta acorralarlo detrás de la columna. Sin pensarlo, deja la botella de plástico en el suelo y se encamina con paso firme hacia ellos. Las amigas la siguen a duras penas.

― Pero, tú, ¿qué estás haciendo?―le espeta al niño mayor apartándolo de su hermano.

― Ya llegó la salvadora del mundo―, responde el niño riéndose en su cara.

Ella se pone delante de su hermano y con esa mirada fija y penetrante le grita a la cara.

― ¿Pero a ti qué te pasa?―mueve las manos frenética y, con el índice de la mano derecha, le señala a la altura de la nariz.― pero, ¿tú no ves que él es más pequeño? ¡Déjalo en paz, pero ya!

― Pero si es un bicho raro, ¿no lo ves?―se mofa el chaval plantándole cara.

― ¡Ni bicho raro ni! Si te molesta su cara te aguantas.― dice subiendo más y más el tono de su voz. Abre el pecho y la vena de su frente se empieza a hinchar.

El chaval se gira y mira sus amigos, se ríe y hace una mueca.

Ella coge al hermano por el brazo y lo aparta hasta la última columna. El mini-matón se acerca.

― Pero es que ¡¿no ves que tiene la cara muy rara?! Si parece un monito―, desafía el niño.

― Pues si no te gusta te aguantas. ¡Y no es un bicho raro!―los ojos están a punto de explotarle de la rabia.― ¡Y ya te estás callando esa boquita!

―Pues si tú lo defiendes es que tú también eres una monita como él.

― ¡Pues me importa un huevo! Es mi hermano y yo también seré una monita como él. ¡Y si no te gusta, pues, quítate de aquí!

Las amigas de ella se esconden tras la columna mientras los amigos del chaval lo jalean por la manga.

― Vámonos, Luismi. Déjalos tranquilos.―, y lo empujan hacia el patio ― ¡Vamos!, han dejado la portería libre y  Ramón se ha traído la pelota nueva.

La niña de nueve años se abraza a su hermano y le enjuga las lágrimas.

Un profesor se acerca.

― ¿Qué acaba de ocurrir?

Ella, entonces, rompe a llorar. Toda la tensión acumulada escampa por sus ojos. Los hombros tintinean y las manos le tiemblan de dolor. En su pecho hay una bomba de amor, que clama por las injusticias, a punto de explotar. 

― No me gusta que le digan esas cosas a una persona―cuenta entrecortada por las lágrimas y los mocos― .La gente se mete con él porque tiene un síndrome. ¡Pero él es una persona normal y no le tienen que decir nada!

― Venga, no llores. Lo has hecho bien. Lávate la cara y a jugar―. Es lo único que el profesor, temeroso de su propia empatía, es capaz de ofrecerle a la niña de nueve años deseosa de amor.

Ella le da un beso en la frente a su hermano. Se traga el orgullo que tanto tiempo le ha costado construir y sonríe a sus amigas que la esperan de nuevo en la esquina del patio.

En este momento aún no sabe que, al crecer, se casará muy joven con un hombre cariñoso y tierno. Tendrá un hijo aún más cariñoso y tierno al que le costará ver, como una gata bajo la lluvia enmascarada en la oscuridad. Se separará y llorará a escondidas en los rincones oscuros de su corazón. Pensará en nostalgias de tiempos mejores. Se sentirá sola y cansada. Trabajará duro, muy duro, para verse fuerte. Aprenderá a desenamorarse de sí misma y a asumir que ya no es una niña. Sentirá que la danza de su corazón en realidad es tan poquita cosa que querrá desaparecer en mil batallas. Caerá y se volverá a levantar. Se dará cuenta que el amor que profesa en forma de defensora de causas justas la irá alejando poco a poco de su corazón. Caerá de nuevo y volverá a levantarse. Una vez. Y otra vez. Y otra. Hasta que,  muy lejos de Lisboa, y más bien que malamente, irá reconstruyendo su corazón. 

Cachito a cachito.

En este momento aún no lo sabe pero un día soltará a la domadora de bestias para convertirse en la mejor defensora... de su amor.




martes, 24 de julio de 2018

MI OTRA FAMILIA





Alfonso, Andrés, Blanca, Raquel, Jesús, Carlos, Mamen, Nerea, Raúl, Blanca, Ana, Salud, Isabel, Rafael, Juana, Claudia.
Sois las manos de mi otra nueva familia.

Antes de saber que yo era mi propia familia vivía encerrada en mis propios miedos.

Remolona, distante. Dormida.

Mis ojos esforzados no veían.

Corría. Mucho.

Y no llegaba a ninguna parte.

Mis manos se sujetaban con fuerza.

No sé a qué.

Ahora lo veo.

Mis pies pisaban débiles sobre la tierra húmeda.

Mis labios se esfumaban como el humo de un puesto de kefta.

Mi pecho temeroso y las manos toscas.

Demasiado esfuerzo.

Agotada, un día me desplomé.

Caí como la piedra en el arroyo.

Pesada; al suelo.

Como el tronco que el rayo parte y se queda ahí, tumbado, recalentándose al sol.

La piel agrietada. Las uñas partidas.

Corcho seco.

Me esforcé por salir de ahí.

Mucho.

Luché por levantar mis ojos al cielo y gritarle a las nubes.

El sol cegó mis pestañas.

El calor arrancó mi piel muerta.

Niña muerta que anhela despertar.

Arrojé todas las fuerzas en vano.

Y volví a caer.

Rodé y descendí desconsolada.

De alguna manera, me hundí.

Dentro de mí.

Caí tan profundo que la oscuridad inundó mis entrañas.

Tan a dentro que mis manos aflojaron, mis uñas se volvieron blandas y mis dientes dejaron de carraspear.

Caí tan abajo tan abajo que me disolví en la tierra.

Y decidí quedarme.


Un día sentí una fina melodía.

Una gota de tambor cayó en mi oreja.

Bum.

Y otra Y otra más.

Luego tres-cuatro gotas de oboe y una fina lluvia de clarinete empezaron a acariciarme el rostro.

Bum bum.

Entreabrí los labios y me dejé mojar por el sonido de las panderetas y el cante jondo.

Bum bum bum.

El pulsar de mi corazón empezó a latir.

Con fuerza.

Cada gota venía a mi rostro a nutrir la sequedad como cristal poliédrico.

Y en cada cristal un nombre.

Y en cada nombre unos ojos.

Y en cada ojo, el universo.


El universo en una pupila.


Y el sol en una mano amiga.

Mis hombros sintieron la calidez. La protección.

Y la mano se multiplicó, así, lentamente.

Quince-veinte-treinta manos acariciaron mi espalda.

Me envolvieron en un abrazo de piel de camello.

Cálido. Nutridor.

Sin juicio.

Sin espera.

Solo el calor del abrazo.

Comprensivo, amoroso. Paciente.

Y en el acogedor caer del abrazo me sentí llena de nuevo.

Llena de mí. 

Llena de música.

Llena de vida.

Eran las manos que acompañan.

Como una familia.

Como una tribu.

Nutridora tribu al pie de la fogata del amor.

Y ahora comprendo.

Soy mi propia familia, sí.

Mi propia familia y más.

Quedarme está bien.

Confiar.

Dejarme abrazar y soltar.






Confiar que, tras muchos años, tengo una nueva familia.

domingo, 24 de junio de 2018

EL HOMBRE AL QUE LE GUSTA ESCRIBIR CON PLUMA




Gracias C.M.P. por inspirarme

Al hombre que le gusta escribir con pluma le cuesta, a veces, tomar su lugar. Así que hoy, como ayer, como cada día desde hace cuatro años, decide traer un lápiz a la charla. Es un lápiz de mina algo dura, algo así como su conversación. Porque llevamos viniendo muchos años a estas charlas y no hemos intercambiado más que algún hola perdido al inicio y algunos golpes de cabeza a las despedidas. Hoy, por primera vez, me siento a su izquierda.

Coge el lápiz con delicadeza, con dulzura, como si sus dedos acariciaran la madera y dibujaran las palabras, en vez de escribirlas. Tiene las manos femeninas, los dedos largos y las uñas, aunque cortas, bien definidas. No se le ven callos ni uñas encarnadas. Cada dedo es como una dorada espiga de cebada que crece al son de su música interior. Tímida, delicada. Amorosa.

―Parece que hoy la charla va a ser larga―, susurro cerca de su oído en búsqueda de cierta empática alianza. Él me mira, sonríe y levanta levemente los hombros.

Me fijo, entonces, en su torso. Es duro. Contraído. Los músculos fibrosos esconden una espalda fuerte y más ancha de lo que uno podría imaginar. Porque el hombre que escribe a lápiz es delgado. Delgado y fuerte. Fuerte y vulnerable a la vez. Y su pecho esconde esto último. Alicaídos, parece que los hombros le sostengan ambivalentes. Ahora sí. Ahora no.

Cuando no hay nada que apuntar, juega. Juega con el lápiz. Lo sujeta entre dos dedos, el pulgar y el corazón. Como midiéndose la palma: uno en cada punta. Se lo mete por dentro de la costura del short de verano. Le da vueltas y vueltas entre sus dedos. El lápiz no para. Fantaseo pensando que su cabeza se mueve del mismo modo. Como una noria de feria, viajando sobre su mismo eje, figura de un mismo fondo. Ahora sí. Ahora no. Que uno no atisba a comprender qué hay ahí dentro. Las palabras escritas parecen sus tímidas ventanas al mundo.

La charla me aburre y me descubro siguiendo el lápiz que baila. Sonrío. Y mis pies empiezan a bailar siguiendo su ritmo. Me gusta.

―Hoy me cuesta seguir la charla―, digo en voz baja acercando mis labios a sus oídos. El hombre y su lápiz se paran y asienten al unísono. Sonríen al mismo tiempo. Me divierte pensar que el lápiz también me sonríe. Y mis pies le responden con otra sonrisa.

Al hombre que hace bailar el lápiz se le quiere por su sonrisa: apocada, juvenil. Vergonzosa. Algo pícara. Y en el fondo, hay algo de él que se echa de menos. Como si su mirada de lánguida figura gritara al viento he perdido algo.

A mitad de la presentación, lo encuentro medio escurrido en la silla, la espalda arqueada, alicaído. El lápiz, sin embargo, no cae. La letra, ilegible, sigue dibujando palabras en las hojas transparentes.

Cansada de escuchar, suspiro algo más fuerte de lo que puedo llegar a ser consciente y un gordo que está sentado tres filas más adelante, se gira. Me mira con ojos rasgados y la boca apretada. Me muerdo la lengua. Entiendo. Miro las manos y el lápiz a mi derecha y subo la mirada por el pecho hundido, los hombros alicaídos y me encuentro con la sonrisa pícara y la mirada cómplice. Dejo caer, entonces, mi cabeza en su hombro en señal de agradecimiento.

Me quedo ahí. Descanso. Huelo sus inspiraciones y espiraciones. Saboreo el calor de su hombro en mi oreja. Siento, de alguna forma, el olor de su piel. Me gusta. Él acerca su cabeza a la mía y así nos quedamos un instante. Fugaz y a la vez eterno. Me quedo suspendida en el tacto y el aroma de su pecho. Nunca antes estuve tan cerca de su olor. De alguna forma, me resulta familiar. Cercano.

Y suspiro.

Entonces, deja el lápiz en la libreta. Y, sin mirarnos un segundo, siento cómo uno de sus dedos, delicado, se acerca a mi mano. Su dedo largo y fino me acaricia con dulzura. Como si en el fondo supiera que es justo lo que necesito ahora. El calor del sol de la espiga en forma de frágil caricia. Su dedo en mi mano.

El gordo de delante desaparece. La charla se convierte en un murmullo lejano. Las incómodas sillas se transforman en mecedoras de aire. Me dejo mecer. Simplemente en la atención de su dedo en mi mano.

― ¿Siempre escribes a lápiz?―, le pregunto flojito, así, sin levantar mi cabeza de su hombro.

―No. En el fondo, a mí lo que me gusta es escribir con pluma―, me responde flojito, así, sin levantar su cabeza de la mía.

Suspiro hondo. Sonrío por dentro. Y comprendo, por fin, que a mí también me cuesta, a veces, tomar mi lugar.




lunes, 14 de mayo de 2018

POR AHORA




Aquí. Me siento bajo el árbol milenario.
Fuerte. Robusto.
El roble me acoge con su firme sombra.

Allí. Miro las nubes en el horizonte.
Claro. Liviano.
La línea del infinito a la que nunca llegar.

Aquí. Siento el frescor de la hierba a mis pies.
Verde. Vulnerable.
Y la margarita que me acuna.

Allí. Veo un halcón que alza el vuelo.
Seguro. Majestuoso.
Parece que me guiña un ojo.

Respiro, entonces. Y cierro los ojos.
Y veo con claridad.

El desierto, ahora, me permite ver.

Y me despido, pues.
Me despido, por ahora, de la oscuridad.
Me despido del miedo y del arrojo que me ciegan.
Me paralizan o me ahogan.

Me despido, de momento, de los grilletes de la pereza.
Del des-amor propio.

Y me despido sabiendo que es por ahora.

Por un momento.

Quizás lo oscuro y el miedo y el arrojo y el des-amor vuelvan.

Y entonces les daré los buenos días. Los miraré a los ojos.
Y les daré un asiento en mi salón.
Y nos tomaremos un té.

Pero ninguno de ellos decidirá cuál es el próximo paso.

Me despido, pues.

Por ahora.