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sábado, 4 de abril de 2020

AUNQUE NO SEA NADA







Al vecino de abajo le gusta la Semana Santa Sevillana. Mucho. Y ha puesto a todo trapo las marchas. El bum bum de los tambores me llega a través de mi ventana mientras veo una película de Iciar Bollaín. Un par de lágrimas se derraman por mi mejilla y ya no sé si por la emoción de ver a la protagonista en su particular viaje del héroe o por la de las cornetas y tambores que ahora rechinan en los cristales de mi balcón. Dice un periódico de por aquí que algunas de estas composiciones tienen hasta 100 años de antigüedad.
 Llevo varios días dándole vueltas a la idea de volver a escribir. De volver a sentarme ante el ordenador y montar una historia; pensar en un personaje sencillo, algo ingenuo, hasta mediocre que, tras un intenso viaje interior, se enfrenta a sus propios demonios y cambia. Cambia. Pero, no. No se me ocurre nada.

De hecho, he estado pensando que quizás mi historia sea lo suficientemente sencilla y mediocre como para escribir la primera línea. Pero, no. No tengo la disciplina. La perdí hace más de un año. Así, de repente, escribí mi último relato y lo colgué en mi blog personal.

Y ahí sigue. Colgado en la red.

Ya ni tan siquiera espera que nadie lo lea.

Me vienen a la cabeza ideas, frases sueltas. Y las escribo o las grabo con el teléfono móvil. Me aferro a la esperanza de que algún día me atreva a darles forma. A ponerlas sobre el papel. Son ideas tontas, ideas pequeñas. Pero, en el fondo, también creo que pueden convertirse en pequeñas grandes historias del cotidiano. Porque estas son las historias que me gustan. Las pequeñas historias de la vida diaria. Los personajes tímidos, vulgares, comunes. Anodinas historias que nos podríamos encontrar en el hueco de la escalera de nuestro bloque o detrás de una farola. Historias grises, regulares, que podríamos vivir hasta nosotros mismos.

En este pensar y ensoñar, aparecen frases como “Soy los fantasmas de mi pasado y las muertes de mi futuro” o “Soy todas las personas que he conocido y las que nunca llegaron a conocerme de verdad”. Y me doy cuenta que, precisamente, estas frases no son muy sencillas. Al contrario, parecen sentencias magnánimas, profundas. Algo arrogantes, la verdad. Y, una parte de mi se estremece ante la hipocresía del ansia de sentirme pequeña, vulnerable y mediocre. Y no poder. O darme cuenta que, al  tiempo de pensar en frases grandilocuentes y no desarrollarlas, en el fondo cumplo con la expectativa de mi pequeñez.

Estoy en la multitarea: escucho al presidente en su rueda de prensa semanal mientras me acuerdo de mi necesidad de volver a crear. De sentarme y escribir, y parir un nuevo relato. De escupir una nueva historia. Y así, a mi deseo de sentirme creadora se le une la sensación, la profunda certeza, de que en el fondo yo soy también una de esas personas mediocres a las que quiero homenajear. Parece que el vecino ha leído mi mente y ha bajado un poco el volumen de su última marcha de palio; ha bajado el volumen pero ha incrementado la intensidad de su corazón. Y ya me llega desde la ventana un susurro de trompeta y un suspiro de clarinete. Como si estos instrumentos de viento me quisieran inspirar. Inspirar desde su concepción de respiración hacia dentro. Como si la inspiración de mi respiración formara parte intrínseca de la inspiración que empuja desde dentro para escribir. Algo. 

Aunque no sea nada.

martes, 8 de mayo de 2018

SIGO NADANDO





Bueno, pues ya ha llegado. El día ya está aquí. Hoy cumplo cuarenta años. Venga, lo voy a escribir en cifras que parece que sea más redondo no más. Hoy cumplo 40. Y, ¿qué?

Sí: y, ¿qué? Esa es la pregunta. Bueno, no. Esa no es la pregunta. La pregunta sería y, ¿cómo?. ¿Cómo he llegado a estos cuarenta  que siento iguales a los treinta y nueve o los treinta y siete? Vale, vale. No los siento igual. Me confieso. Mis amigos más cercanos saben que la crisis de los 40 la pasé de los 33 a los 38. Más o menos. Y que ya a partir de entonces bromeaba que, total, cuando llegara a los 40 ya estaría pasado el mal trago. Pues, mira. No andaba yo mal encaminada. Encaro esta nueva década con más calma y tranquilidad. Contenta. Sí. Esa sería la palabra. Contenta. Porque lo de feliz lo veo grande, muy grande.

Porque no soy de muchos recuerdos y bien sabe quien me conoce bien (eh, Yolanda; eh, Ana) que tengo memoria de pez y a veces me parezco a Dori que sigue nadando, sigue nadando. Pues eso. Que sigo nadando.



A veces me miro en el espejo y veo la misma cara de cuando tenía veinte. Y, dicen que sí, que la tengo. Porque yo no me veo tan diferente por fuera. Sigo vistiendo estilo pseudohippy algo desaliñado o calzo abarcas en verano. Porque, oye, son super cómodas. Nunca me ha gustado ir en tacones, que me siento pisando uvas, ni maquillarme cada día. Yo sigo primando la comodidad a la estética. Elecciones; sólo eso. Y, mira, eso sigue igual ahora en esta cuarentena.

Sí he aprendido en estos últimos años a no importarme ir a la playa o disfrutar de un cine yo sola. A quedarme en las situaciones sociales que antes me ponían tensa, porque esto me sana. Porque , y la experiencia me lo ha enseñado, que si me quedo, luego estoy bien. Y no pasa nada. A no importarme tanto lo que la gente piensa de mi; y a no importarme tanto  lo que yo pienso de mi. A recordarme que, aunque a veces me olvide, escribir me recuerda quien soy. Y que, mira, no hace falta darse tanta autoimportancia ni solemnidad a veces. Que, mejor, tomárselo con humor y reírse, primero, de una misma.

Estoy aprendiendo también a recibir. Recibir bonitas palabras de quien me quiere, recibir abrazos y besos de quien me aprecia. Porque, ay, antes me incomodaba tanto. Y, hay días que todavía, a veces, me tenso, oyes.  Algo así como unas voces extrañas de dentro de mi cabeza que me decían: “que no, que tú no te lo mereces; tú a dar y que reciban los demás”. Pues, mira, sigo dando, sigo ofreciéndome. Y, a la vez, estoy aprendiendo a recibir. Y a agradecer. Sigo nadando. Sigo nadando.

Y hoy me siento afortunada y honrada por mis primeros cuarenta años de vida. Por todo lo vivido y todo lo aprendido. Y, también, por las cagadas y equivocaciones. Y sé, lo sé, que me queda tanto por vivir, tanto por aprender.



Me siento muy agradecida y honrada por las amigas del alma que tengo. Pocas, sí. Y del alma también. Con Yolanda nos conocemos desde hace más de quince años. Y hemos crecido juntas. Estamos creciendo juntas. Mi Yoli, que me llama " su sevillana" y yo me río porque el acento lo tengo pillado pero no del todo. Sí, estamos creciendo juntas. En todos los sentidos. Estamos aprendiendo, querida, a hacernos mayores. Gracias, amiga, por quererme tanto. Gracias por decirme las cosas tal cual son.


Con Ana nos conocemos de hace unos ocho años. Y, amiga, has entrado en mi corazón como un torbellino. Nos conocemos tanto que a veces bromeamos que parecemos dos cuerpos con una sola mente. Gracias por estar ahí; por abrirme las puertas de Sevilla, mi segunda ciudad. Por tu generosidad a nivel profesional y personal. Por cuidar de mi Chispa cuando me voy. Por cuidar de mi cuando sí estoy. Y cuando, no. Estoy convencida de que nos esperan todavía muchas aventuras y proyectos por parir.

En mi corazón hay trocitos para muchas más personas, por supuesto: compañeros de Sin Telón, de la Gestalt, mi amiga Silvia de la infancia, mi abuela, mis tíos y primos, amigos y amigas sateros, mi tieta Ana y mi primo Oriol, exprofes de mi instituto,  alumnas y alumnos de mis talleres y cursos que han pasado a formar parte de mi familia escogida. Gracias, gracias.



Y ahí está, también, Emma. Mi hermana. Literal: mi hermana de sangre. Te quiero. Y sé que me quieres. A veces las palabras sobran. A veces, las palabras molestan. Porque el sentimiento es tan grande que cualquier parrafada lo embrutece. Porque tú me enseñas; y así también crezco. Cuando seamos viejitas viejitas tomaremos chocolate con churros y nos reiremos de tantas cosas. ¡¿Ah que sí?!





Y, claro, mis padres. Yo cumplo cuarenta años de existencia en este mundo, a veces loco, a veces surrealista. Y ellos cumplen cuarenta años de paternidad. Se estrenaron conmigo, mira. Y lo han hecho bien: lo mejor que han podido. Y eso es siempre bien. Esto de la paternidad no sé cómo va, pero fácil fácil no debe de ser. Porque, mira, lo de la “hijedad” tampoco lo es. Y ambas dificultades se juntan y necesitan encontrarse; como en una red de pescadores que bailan sobre el mar. Al son del cariño y del amor. Os quiero tanto. Gracias por darme la vida. Y gracias por estar aquí, siempre.

Pues, eso. Que cumplo cuarenta y, ¿ahora qué? O, ¿cómo? Pues, como pueda. Como pueda en cada momento. Porque ni lo sé todo, ni un poco de mucho, ni un bastante de nada. Y, si una cosa he aprendido en estos últimos años, es que no pasa nada.

Sigo nadando.



jueves, 20 de julio de 2017

LO DIGO ALTO Y CLARO



No. No me quiero perder en ti. No quiero que los días pasen, a veces volando. No quiero perderme en las perfectas fantasías que mi mente elabora y cocina a cada momento. No quiero perderme las risas, ni los llantos. Ni esa sensación de profunda gratitud hacia las flores. Y su aroma. 

No quiero perderme los ríos, ni los puentes, ni los arroyos que fluyen y fluyen sin parar. No quiero que las gotas de lluvia sigan resbalándome. Ni que los charcos de barro se aparten del camino. No quiero que tus pies se detengan si estás. Si estás. 

No quiero dejar de escribir. No quiero dejar de bailar.  No quiero dejar de soñar. Ni tampoco engancharme al sueño eterno. No. No quiero que la espada gobierne tu letargo. Ni mi letargo. No quiero que el dolor me deje sin aliento. Ni que el miedo me encadene al óxido. 

No quiero que me acompañes si sabes. O no sabes. Solo siéntelo. Y déjate en paz.

No quiero que lo sagrado me abandone. Ni olvidarlo de tanto dormir.

Vamos.

Que lo digo alto y claro.


Estoy para empezar a vivir. De nuevo.

sábado, 6 de mayo de 2017

EN EL DÍA DE LA MADRE...



Mañana es domingo 7 de mayo y aquí, en este país, festejemos el Día de la Madre. Mañana hará 39 años que el Día de la Madre también cayó en domingo, un 7 de mayo. Y el lunes 8 de mayo nací yo. Hace 39 años.

Así que hoy escribo para festejar que mañana hará 39 años que mi madre es madre y que yo vine a este mundo porque ella me trajo.

No recuerdo mi venida pero me la han contado varias veces. Se ve que tenía ganas de salir. Vamos, que la cosa fuer relativamente rápida. Aunque los médicos no lo previeron muy bien y mandaron a mi padre a casa a dormir. Porque era de madrugada cuando empecé a dar contracciones. Karate Kid estaban viendo mis padres por la noche cuando los empecé a mandar al hospital. E, imagino , que justo cuando mi padre se volvía a casa, dejando a mi madre en el hospital, ahí dije que quería salir. Y salí.

Mi abuelo paterno se había jugado algo (nunca supe qué fue; el orgullo, quizás) con mi madre de que yo sería un niño. El primogénito de la familia: el primer hijo, el primer nieto. Mi madre “sabía” de alguna forma de que yo sería niña. Y fui niña. Y mi madre defendió su postura hasta el final. Y ganó esa apuesta. Veintitrés años tenía mi madre cuando fue madre por primera vez.
Ahora tiene sesenta y dos.



Nuestra relación no es que haya sido fácil. Digo, para ninguna de las dos. Imagino que para ella no fue fácil tener una criatura tan joven. Y, unos tres años más tarde, tener a otra: mi hermana. Otra mujer. Tres mujeres en mi pequeña familia. Porque a mi abuela materna nunca la llegué a conocer. Y a mi abuela paterna la conocí pero de lejos. Y, digo, que no ha sido fácil porque ahora, con cierta edad, imagino que debieron haber muchos miedos, muchas incertidumbres. Muchos ensayos, muchas pruebas. Creer o no creer en los consejos médicos de una época que no es esta. Creer o no creer en los consejos de amigos, familia... Creer o no creer que una podría llevar una casa y criar a dos niñas ella sola. O, casi. Porque mi padre se pasaba los días trabajando para poder mantenernos. Él, joven también.

Y, ambas, hicimos lo que pudimos hacer mejor en cada momento. Lo que supimos hacer con la sabiduría que teníamos en cada momento.

No me considero una persona sabia, ni tan siquiera algo inteligente. Pero, sí hay una cosa que sé ahora. Ahora que me acerco a lo que algunos llaman “el ecuador de mi vida”: agradezco todo lo que mi madre ha hecho por mí. Lo que ha hecho y lo que no ha hecho. Porque de todo ello he aprendido. Y de todo sigo prendiendo. Si soy lo que soy es gracias a ella. Fácil o difícilmente. Y me siento agradecida. Tremendamente honrada de ahora, por fin, ver su grandeza.



Porque mi madre, ahora que tiene sesenta y dos años se ha hecho actriz. Ella lo niega. Ella dice que lo hace porque se divierte, porque sale da casa, porque se lo pasa bien y porque es la más vieja entre jóvenes talentos del futuro cine. Se ha hecho actriz de cortometrajes. Y ayer vi el último corto que me mandó y vi a una mujer completa. Una mujer que ha luchado, contra los otros, contra sí misma. Y que, de alguna forma, por fin, ha decidido dejar de luchar y empezar a disfrutar de la vida.
Este es el último aprendizaje que me queda por aprehender. Lo tengo claro. Disfrutar de la vida.


Gracias, mamá. En tu día que es el mío también.



martes, 15 de noviembre de 2016

MI FUERZA





... cojo mi fuerza del presente.

Cuando me anclo al Aquí y Ahora me siento fuerte, valiente, poderosa.


...irme al futuro, a la planificación y a la previsión me debilita....me sumerjo en la preocupación anticipatoria y pierdo mi sostén.


Mis pies aquí, ahora me sostienen.


Mi fuerza es estar y sentirme presente.

Aquí y Ahora.

 


domingo, 2 de octubre de 2016

EL PODER DEL JUEGO: DESPERTANDO A LOS NIÑOS QUE AÚN SOMOS





Mónica Alonso.
 Educadora social y Risoterapeuta integrativa

Todos los niños del mundo juegan y es una actividad tan predominante en todas las culturas y sociedad del planeta que podríamos decir que el juego es la razón de ser de la infancia, como afirma la UNESCO en su “Teoría del juego”. Además el juego constituye una de las actividades educativas per se más importante del capital humano y cultural de cualquier sociedad. Podríamos decir que en el juego se experimenta una conducta “ como si”; es decir, puesto que en el juego el jugador simula la presencia de una emoción que no siente, está entrenando las diferentes posibilidades de resolución de conflictos, de situaciones novedosas o de mero descubrimiento.

La UNESCO, en su mismo documento, plantea una definición de juego muy esclarecedora.  A través de las propuestas de Huizinga, el francés Caillois ya preponderó que el juego es ante todo una actividad libre, separada, incierta, improductiva, reglamentada y ficticia. Así, Huizinga, teórico del juego, considera incluso que el juego constituye el fundamento mismo de la cultura, ya que es el único comportamiento irreductible al instinto elemental de la supervivencia.

Más recientemente, Bascones (1992) establece que el juego está presente en muchos aspectos de nuestro modo de vida y en la configuración misma de nuestra personalidad. Los juegos contribuyen a nuestra salud a desarrollo de cualidades físicas, afectivas, sociales, intelectuales y emocionales e inciden sobre el ambiente y la vida del grupo.

Al hablar de juego podemos encontrar, básicamente, dos enfoques a nivel teórico. Aquellos que enfocan el juego como medio dirigido hacia un fin exterior a sí mismo. Juego al servicio de algo, útil para algo. Y aquellos que entienden el juego como fin en sí mismo. Considerado como una actividad vital inherente a la propia persona y básico para el desarrollo del ser humano.

Y viéndolo así, ¿por qué juega el adulto? ¿Qué buscamos los adultos en el juego? Muchos autores comentan que en el juego del adulto reafloran todas las emociones y estados típicos del juego infantil. El juego del adulto, comenta Santamaría, J. (1989), adopta dos manifestaciones: o el deporte o aquellas actividades relacionadas con el mundo infantil. Ambas acepciones se encuadran, por ello, en el marco de considerarse actividades libres, sin coacción y con la sola motivación del placer. Podríamos decir que el adulto, en el juego, se “da permiso” para jugar, para dejarse llevar por el propio juego, dándose una tregua de todas las obligaciones y responsabilidades o necesidades habituales.

Otra de las características fundamentales del juego es el movimiento. No podemos entender el juego sin que haya un movimiento o vaivén, como Huizinga lo denomina. Podríamos pensar incluso que es el juego mismo el que se desenvuelve y juega, de forma impersonal incluso. Sin necesidad de que ningún sujeto realice la acción. Recordemos, por ejemplo, expresiones populares o metáforas como “juego de colores”, “juego de luces”. Así pues el ser del juego es el movimiento sin incluir un sujeto como parte fundamental. Sencillamente hay juego. El sujeto del juego es el juego mismo. El juego es centro y los jugadores son su entorno; los jugadores se reúnen en torno al juego, como una tribu que danza alrededor del fuego: el fuego es y los danzantes le dan un significado determinado. Y que los jugadores sean el entorno que da significado al juego implica, por supuesto, que estos hayan decidido hacerlo, de forma libre, consciente y sin coacciones de ningún tipo. Es decir que el jugador se disponga a la acción lúdica es imprescindible. Que se someta a sus leyes, a sus reglas a sus normas. En cierta medida es como “dejarse jugar” más que “jugar”. Por eso decir que el juego necesita de sus reglas es muy importante porque violar las reglas (al igual que en los ritos o todo lo sagrado) es dejar de jugar; es colocarse ya fuera del acuerdo tácito de que estamos jugando. Aunque siempre hay una diferencia: el jugador puede trampear las reglas siempre y cuando no deshaga el mundo mágico y su ritmo. En el juego no se “destierra” al tramposo del mismo juego porque reconoce en apariencia el círculo mágico del juego. Otra cosa es el “aguafiestas” que rompe con toda regla y, entonces, ya no está en el juego.

Volviendo a las características fundamentales del juego, decimos que el adulto y el niño al jugar hacen “como si”, simulan, representan. Y esta representación es entendida como una categoría esencial que define el juego, pues jugar es representar, volver a presentar pero de diferente modo. Y he ahí el contacto del juego con lo estético, con lo creativo, con lo artístico. Al representar ponemos de lo nuestro para presentar una nueva realidad. Y ¿qué hay más creativo que poner algo de nosotros mismos? La creatividad es la forma más libre de expresión de uno mismo. No hay nada más satisfactorio para los niños (y para los adultos añadiría yo) que poder expresar abiertamente y sin juicio externo.


En definitiva, jugar no es convertirse en niños, sino rescatar las cualidades del niño jugando como adulto. La idea es que, de un modo desenfadado, casi imperceptible para el participante, a través del juego se puede conectar con la emoción real. La risoterapia integral ayuda a poner fuera lo que hay dentro. Porque, como el libro de El Principito, no es para niños, sino sobre niños.



jueves, 1 de septiembre de 2016

LA LÍNEA DE LA VIDA



Intensidad.
Intensos colores que cantan.
Intensos colores que saboreo entre mis dientes.
Los oigo al mastigar dentro de mi boca.
Los siento brillantes, espléndidos, potentes.
Vehementes.
Vocalizan, tararean, celebran.
Alaban.

Cielo donde mis padres aún no tenían rostro. 
Soy montaña.
Soy montaña que se deja atravesar.
Nubes, vientos, aves.
Y Él se ríe.
No soy yo la que se mueve. Es el tiempo el que pasa a través de mi.
Es la mente la que se queda quieta.
Soy no siendo.
No soy, siendo.

Yo ya soy.


jueves, 28 de julio de 2016

ALAS EN LA PLANTA DE LOS PIES



Descalza
Des-calza
Descal-za
De-scalz-a
D-esca-lza
Descalz-a
Des... cal...za
Desc-alza
Desconecta
Conecta
Con-ecta
Co-necta
Conec-ta
Y
alza....
al-za
a-lza
alz-a

el vuelo.





amordazar
amor...daba..el zar
amor..da...zar...
amor...danzar
amo danzar
amor...danza
¡amos!...¡danza!








Menos es más. Lema que me acompaña desde hace ya un tiempo. Iba a decir que me persigue. Y, no. no me persigue porque no va detrás sino a mi lado, junto a mi, recordándose de tanto en tanto. 

Menos es más me ha acompañado en mi aprendizaje en teatro, en clown, en impro , en espontáneo. Y me acompaña también en mi proceso vital. Porque a veces me cuesta no hacer tanto, a veces me cuesta parar y dejarme respirar, dejarme deleitar por lo que hay, dejarme atravesar por lo que sucede. Y hago, hago, hago. 

Y no. No hace falta que haga tanto. No necesito seguir dándole a la manivela del mundo para que este se mueva. El mundo se mueve. Tan solo me falta recordarme, de tanto en tanto, que mejor me paro, abro los ojos, abro los oídos, abro los poros de toda todita mi piel y me dejo estar. Me dejo ser. Porque yo también, cuanto menos soy más.




Menos es más. Cuanto menos pretendo más me lleno. Cuanta menos actividad más acción. Más esencia...más esencia...lo que es ...lo que es, es. Así. Lo que es. Simplemente. Cuanta menos fantasía más realidad. Dejarme estar. Dejarme ser. Dejarme...soltar... Verlo. Verme. Vernos. En lo que hay. Lo que hay , es. Y yo cada vez, más cuanto menos agarro. Cuanto más suelto...más dejo ir... Más.

Menos es más.

Y recordármelo... recordármelo.



...atravesar el miedo...rendirme al disfrute...escuchar hasta cuándo...sentir hasta dónde...

...y bailar...bailar...bailar




La Belleza no mira, solo es mirada.
A. Einstein.



 aprendiendo a convertir el volcán en láser...
y recordármelo ...recordármelo


... cuando soy honesta me siento tranquila...
...primero, honesta conmigo misma me permite escuchar(me) más claramente... más transparente... expresando lo que hay...lo que realmente hay...
Y luego, así me permito ser honesta con los demás... y recoger lo que el otro tiene para mi... 
Verlo y recogerlo a veces duele...y también ayuda ...

... y también me recuerda que a partir de ahora ya depende de mi... no dejarme llevar por el deseo o la fantasía de lo que me gustaría que ocurriera...sino coger las riendas de lo real... que soy yo la que está caminando y que el camino lo construyo andando...

... agradezco las inseguridades y los miedos y quiero que a la vez me den fuerza para seguir construyendo(me)... y aparcar un poco mi cabezota que piensa y piensa y piensa...y no actúa.

... ahora me toca a mi.




... si al hablar nos miráramos más intensamente a los ojos... quizás las palabras no serían tan importantes...

intensidad de inocencia

pasión esencial

pura verdad