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domingo, 27 de noviembre de 2016

TU MANIFIESTO PERSONAL EN NUEVE PÁRRAFOS






I
Eres la que eres porque así lo escogiste. Por amor enloqueciste y, con amor, sanarás. Eres la que eres, así, lenta, sencilla. Entusiasta. Eres como te hiciste por el amor que anhelabas. Desapareciste por un tiempo, transparente como un tul que se pierde en las cortinas. Eres como eres y ahora lo sabes. Ahora lo ves. O al menos, empiezas a verlo. Empiezas a verte tal cual.


II
Vivir tantos años con los ojos ciegos te puso en el mundo. Te puso en el mundo sin fuego. Su fuego fue tu fuego. Su deseo fue tu deseo. Sus sueños, los tuyos. Atravesar tu vida como una observadora externa, como la espectadora de una película, en la sala oscura. Tu vida proyectada en una pared, verte de secundaria, verte desde fuera. Emocionarte a veces, llorar, reír, quedarte sentada en la butaca para disfrutar de los créditos finales. Pero observadora al fin y al cabo. Porque así fue, te entrenaste para observar. Te entrenaste para mirar desde fuera, con miedo a involucrarte en tu propia existencia. Dejándote llevar por el guión que otros escribían por ti sin cuestionarte si realmente querías o no querías protagonizar cada escena, cada secuencia.
Hasta que el fondo en negro aparecía. Y en ese momento, tu fondo se volvía de nuevo a negro. Y tú te quedabas vacía, enteramente vacía. Un fondo negro. Y esa fue tu elección, te mantuviste segura, te mantuviste reconfortada en la comodidad de la observación externa. Miedo a saltar, miedo a traspasar. Miedo a vivir y vivirte. A vivirte. En la espalda, un paracaídas seguro. Has sabido siempre donde y cuando abrirlo. El momento exacto para dar el siguiente paso. Construir el suelo seguro sobre el que dar el siguiente paso. Siempre, ese siguiente paso, tan seguro. Cimientos bien construidos antes de caminar.


III
Eres la que eres porque así te hiciste. Escogiste desaparecer, ser niña muerta en vida por amor. Por amor te convertiste en balsa cristalina a la deriva. Sin rumbo más que las olas del mar, sin timón más que los vientos que soplaban. Y dejándote llevar, desatendiste a tu timonel. Y dejándote llevar, te olvidaste de ti. Ensordeciste, no te quisiste enterar. Y no como dice la canción, sino que no quisiste enterarte para nada. Porque escuchar, ver, significaba doler. Conectar con el verdadero y profundo dolor de tu existencia. Niña sola que tuvo que aprender a no molestar. Niña muerta, sola, que tuvo que aprender a ceder su impulso de vivir por el amor y la protección del mundo. Niña sola, que tuvo que pagar con su llamita interna por el amor a recibir. Un alto precio que pagaste por Amor.


IV
Y al mismo tiempo, como una vocecilla sorda que de tanto en tanto se hacía escuchar, sentiste que vivía sin vivir en ti. Y un día te paraste a escuchar esa vocecilla sorda. Paraste a escuchar qué te decía, qué palabras tenía para susurrarte. Y esa vocecilla interna cogió fuerza; como el que respira con consciencia antes de expirar: inspiraba cada vez más fuerte y exhalaba profundos gritos de vida. Llama, fuego, vida que dentro, muy dentro anhelaba vibrar.


V
Y al mismo tiempo, una sensación de miedo oscuro se esforzaba por tapar a la vocecilla sorda. ¡Qué pelea! ¡Qué lucha! El fuego y el miedo; la llama y el temor. El temor por la incertidumbre. El caminar sin paracaídas, el construir sin cimientos tan profundamente edificados. El anhelo y el miedo.


VI
Dos superhéroes en guerra. El Amor y el Miedo. Y el miedo ha estado ganando muchas partidas, durante mucho tiempo. Amor chiquito, diminuto, que se ha dejado ganar.


VII
¡Ay!, pero el amor chiquito nunca murió. La pequeña llamita se alimentó lentamente, poco apoco, con ramitas verdes, ramitas viejas, ramitas y hojas que eran alimento del alma. Y poco a poco, lentamente, cogió fuerza, una llama más fuerte, una llama más viva empezó a alimentar tu corazón. No de forma constante, no fue un alimentar constante. Las ramitas verdes, viejas, a veces fueron escasas. Y, otras, abundantes como un gran tesoro.


VIII
Y un día llegó. Así, de repente. Como un golpe de mazo en tu cabeza, en tus intestinos, tu alma. Comprendiste que el Amor y el Miedo son las dos caras de una misma moneda. No existe el uno sin el otro. Conforman un todo inseparable. Como la luz que es gracias a la oscuridad. O el mar que es gracias al cielo azul. Ambas fuerzas, motores de vida que pujan por su grandeza y no son nada la una sin la otra. Miedo que devora Amor, Amor que se hace grande gracias al miedo. Eres la que eres: eres Amor y eres miedo. Eres grandeza y eres pequeñez. Eres fuerte y vulnerable. Eres pensamiento y emoción. Eres vendaval y caballito de mar.


IX

Y ahora, aquí, comprendes que navegas gracias al motor de tu Amor y tu Miedo. El Miedo que ya no te paraliza y el Amor que empiezas a creer. Eres la que eres porque así te has hecho. Y también eres la que serás porque así te construirás.




lunes, 5 de septiembre de 2016

NUEVE MICROPERSONAJES QUE NO EXISTEN





I
Soy como una mosca pintada en el papel de la pared. Nadie me ve aunque saben que estoy ahí. Que sigo siempre ahí. ¿Cómo hacer que mis alas vuelen? ¿Cómo impulsarme para desengancharme por fin de este papel pintado y emprender el vuelo que me permita experimentar, sentir, vivir?


II
De pequeño soñaba. Soñaba constantemente. Soñaba que vivía en la copa de un árbol. Me construía una casa con maderos y cuerdas, poleas y paja. Las hojas del árbol me servían de cobijo y el tronco de alacena. Y yo, me convertía, poco a poco, sin saber cómo, en el tronco del árbol mismo. Duro por fuera, vacío por dentro.


III
Esforzado al máximo. Ser buen hijo, buen hermano, buen estudiante, buen trabajador. Trabajador. Eso es. Como la abeja soldado que sabe bien su tarea, sale de madrugada a buscar rico néctar y vuelve con la faena hecha. Esperando recibir una buena palabra, un reconocimiento pero sin ser demasiado visto. No vaya a ser qué le diera la vergüenza.


IV
Punching bag. Recibo golpes, ataques, choques, impactos, codazos y leñazos. Y no me duele. Porque no tengo conciencia de ser un punching bag. Mi piel es cuero. Estoy colgado del alto techo y me balanceo. De aquí para allá. De allá para acá. Y, vuelta a empezar. Un punching bag que deja resbalar el sudor, la sangre, las lágrimas, las risas y el amor.


V
Lámpara mágica que espera ser frotada para conceder deseos. Más de tres. Más de cien. Lámpara mágica esperando ser descubierta en el fondo de la cueva. La cueva fría, oscura. Y no poder decir que no. Que este amo no me va. Que el genio soy yo y no puedo elegir. Que el que viene es el que toca. Y yo, pobre de mí, venga a conceder deseos.


VI
Contador de historias sin fondo. Contador de fantasías en mi mente, en la tuya, en la de todos. Cuenta, cuenta, me dicen. Y yo sonrío, o tuerzo la mueca. Contador de historias sin principio ni final. En el continuo de explicar, en el continuo de contar. Y no de uno a cien millones, por ejemplo. Contador silencioso que te escucha como cuentas.


VII
Soy el televisor que miro por las noches. Soy el libro que leo compulsivamente. Soy, también, aunque solo a veces, ese helado que me como. O el pijama que me pongo para echarme largas siestas. Soy la pantalla del ordenador que brilla en la oscuridad de la noche y se apaga al irse la corriente. Soy cosas. Y, muchas veces, la gran mayoría de las veces… ni siquiera sé que soy todo eso y mucho más.


VIII
Quiero morder, jurar, blasfemar, maldecir, ser cruel, inhumano, arrogante, indolente, impaciente, irritable, grosero. Chismoso y erótico. Confuso y concentrado. Pero, claro, de todo eso, la gran mayoría de las veces, me tengo que conformar con ser un halo de todo lo contrario.


IX

Soldado que renuncia a luchar por sus ideales. Desterrado de sus tierras, vaga indolente hacia no sabe dónde. Y, ¿sabes lo peor de todo? Ni siquiera sabe que huye.




martes, 9 de agosto de 2016

ENTRE DOS ANTÍPODAS






La hija y su novio ya están en el portal de casa de sus padres. Ella sonríe ilusionada aunque no se le ve la cara de felicidad porque una gran bufanda le tapa el rostro. Hace frío. Es un invierno más frío de lo normal. Aún no ha nevado pero en las televisiones estatales anuncian este Fin de Año barnizado de blanco. El novio está nervioso pero lo disimula. Por fin, va a conocer a sus suegros. En sus manos enguatadas lleva una botella de cava tan fría que le está helando los cartílagos.

―Me he puesto una de las corbatas que tu madre me mandó por mi cumpleaños, cariño. ¿Crees que le gustará la verde?―pregunta él nervioso.

―Claro que sí, mi amor―responde la hija y le guiña un ojo.

― ¿Ya sabes cómo vamos a darles la noticia?―pregunta él un poco expectante.

―Sí, déjame a mí. Conozco a mis padres. No te preocupes―responde ella más segura de lo que en realidad se siente.


Padre y madre los reciben alegres, la casa está caliente de chimenea y hay luces de colores que adornan el recibidor. De fondo se escucha el ronroneo de la televisión con el especial de Noche Vieja.

―Dadme esos abrigos, hijos―brama la madre mientras les coge las chaquetas, bufandas y guantes y los deja en la percha de la entrada. Luego los acoge en su pecho―Tenéis pinta de necesitar un buen abrazo―.Un abrazo de madre.
Porque la madre es una señora madre: se tiñe de rubia y se pinta la cara. No quiere aceptar que los años pesan más que sus caderas. El pecho, enorme, los saluda con un calor especial y huele a jazmín. Demasiado fuerte, piensa el novio. Al ver la corbata, la madre sonríe forzada y espeta riendo:

― ¡La verde! Ya lo sabía, no te gustó la roja, ¿verdad?

― ¡Mamá!―exclama la hija.

―Bien, bien, está muy guapo igualmente―responde deprisa. La madre habla deprisa, exagerada, enérgica. Como si tuviera prisa por decir algo importante.

― ¿Tenéis sed? Anda iros al salón y calentaros. Yo ahora os traigo un vasito de vino dulce.

―No se moleste, señora―interrumpe el novio―ya nos esperamos a la cena.

―Si no es molestia. Anda, que con esa cara de frío que traéis seguro que necesitáis una copita.

La hija y el novio se miran resignados y se sientan en el sofá.

El padre queda sentado delante de la chimenea. A penas se mueve y lleva zapatillas de felpa. Se enciende un cigarrillo detrás de otro y habla poco. Es un hombre alto y delgado, aunque en su juventud seguro que fue un hombre fuerte, piensa el novio al estrecharle la mano.

La madre ya vuelve de la cocina dispuesta a sentirse de nuevo el centro de atención. Porque la madre siempre ha tenido esa necesidad de imponer su compañía a los demás, como si los demás no pudieran vivir sin ella. Se siente indispensable. Y se lo cree.

― ¡Qué novio más guapo que tienes, hija! Me gusta mucho―le dice a su hija con tal desfachatez que no se corta en adularlo delante suyo.

― ¡Mamá!― la corta avergonzada la hija.

― ¿Estoy diciendo alguna mentira? Yo nunca miento, hija. Lo sabes. Y este sí que es guapo. Y seguro que te hace muy feliz. Porque, sois felices, ¿verdad? ―ya empieza el descaro y la hija y su novio se miran―.No hay nada más importante en esta vida que el amor, hijos. El amor es lo que mueve el mundo. Míranos. A mí me hubiera gustado tener familia numerosa, tener muchos hijos para darles todo mi amor, ¿verdad, Paco?― la madre busca la aprobación de su marido sin ni siquiera mirarlo.

La hija arquea los ojos y los pone en blanco, se conoce la historia desde hace tiempo y suspira.

―Pero el Señor solo nos trajo a una hija preciosa, buena, bonita y trabajadora para que pusiera todo mi amor en ella.

―Mamá, ¿te ayudo con las uvas?―la hija sabe que si no la interrumpe en el momento adecuado, la madre empezará con esa extraña compulsión suya de conquistar. Conquistar personas, territorios, situaciones. Esa extraña compulsión a sentirse seductora con todo y con todos. Sobre todo con las novedades. Y eso no lo soporta. En un segundo le pasan por delante cientos de escenas de su infancia y adolescencia en donde la figura de su madre estaba siempre presente: con esa presencia de sentirse indispensable en todo momento, insustituible, confundiendo su masiva defensa de necesitarse querida con el rol de ayudadora dispuesta a todo y con todos.

En la cocina huele a marisco, pavo relleno, dátiles con queso y encurtidos variados.

― ¡Cómo echaba de menos el olor a tu cocina, mama!

―Lo sé, hija. Todo lo he hecho por ti. Porque sé que te gusta. Anda, prueba los dátiles, que me han salido muy ricos.

―No, mamá, ahora no tengo hambre.

― ¿No te gustaban tanto los dátiles? Los he comprado especialmente para ti porque ya sabes que a tu padre no le gustan―la madre la mira con ojos amohinados y le entrega un fruto con los dedos. La hija abre la boca y se deja alimentar. Mastica lentamente y sonríe. La madre, orgullosa, eleva el tronco como un pavo real en época de celo.

―Ya sabía yo que te iba a gustar…―murmura sonriente en voz baja.

 Madre e hija pelan las uvas, les quitan con cuidado las pieles y las dejan en un platito de postre. Y con las uñas, muy lentamente les sacan las diminutas pepitas. Las cuentan una-dos-tres veces hasta que montan las docenas perfectas.

―Vamos a ver qué hacen los hombres… Que tu novio seguro que se debe sentir un poco abrumado con tu padre…

Al llegar al salón  el padre y el novio hablan normalmente de deporte y del tiempo.

―Ya veo que no nos necesitáis para nada, ¿eh?―exclama la madre al entrar con la bandeja de uvas, se ríe estrepitosamente y cacarea como una gallina clueca. Entonces siente un pinchazo en el estómago y hace una mueca de dolor.

― ¿Estás bien, madre?―pregunta preocupada la hija.

―Sí, sí. No es nada―. Deja la bandeja y se vuelve a la cocina. Hace meses que de tanto en tanto siente esos pinchazos. Pero no le ha dicho nada a nadie. ¿Para qué preocuparles? Apoya las dos manos en el mármol, respira hondo, se recoloca el crepado  del pelo por detrás de la coronilla y vuelve sonriente de nuevo al salón comedor.

―Mi vida… ―empieza el marido desde el sillón―vamos, que en nada ya dan las campanadas.

―Cariño, ya sabes que no soy la mujer de tu vida, sino de tus sueños...―,responde sarcástica y seductora  la vez. Y le planta un beso en la calva. Ambos, hija y novio ríen y no saben por qué. La escena se vuelve algo forzada y un silencio aterrador inunda de pronto el salón.

Forzada a romperlo, la hija carraspea y empieza tímida a hablar.

―Bueno, mamá, papá. Tenemos una cosa importante que contaros.

― ¡Ay! ¡Ay!... que se nos casan―chilla la madre, exagerada, teatral, como una cabaretera venida a menos con necesidad de hacerse escuchar más allá de platea. Mueve las piernas, nerviosa, y se abanica con las manos.

―No, no es eso. Esto… A Miguel le han ofrecido un trabajo importante…

―Oh, ¡qué bien! Ya sabía yo que este chico te hacía bien… y, encima, trabajador―interrumpe la madre mientras se sienta al lado de su yerno y le toca la rodilla.

―No... Bueno, sí. Es un buen trabajo… Pero… ―la hija no sabe como continuar.

―En Papúa, señora―espeta de repente el novio satisfecho.

― ¿En Papúa?― pregunta extrañada la madre manteniendo esa sonrisa perenne en su rostro― ¿Y a qué se dedica esa empresa?

El novio lanza una carcajada que corta en seguida cuando se da cuenta de que no es una broma.

―No, mamá. Papúa Nueva Guinea. Es un país y está en Oceanía. Cerca de Australia.

Silencio. La mano de la madre sigue en la rodilla del yerno. El padre le da una larga calada a su cigarrillo y la hija, con la mirada baja, empieza a jugar con su pulsera.

― ¿Australia?... Pero… pero… ―empieza la madre―eso está muy lejos, ¿verdad?―, el rostro le muta en un segundo. Los ojos que antes brillaban de alegría ahora están opacos, como dos piedritas en las cuencas de un pájaro de cristal. Sus manos empiezan a temblar y, cuando se da cuenta, retira de forma inconsciente la mano de la rodilla del novio.― ¿Es que ya no me quieres, hija? Que te vas tan lejos… ¿Es que ya no quieres ver a tu madre? Nos abandonas… hija.

― ¡Mamá!― dice la hija tímidamente―Mamá… pero si tú sabes que yo te quiero un montón… que eres muy importante para mi…

―No tan importante, hija―susurra la madre―… no tan importante…

La hija se coge las sienes y empieza a sollozar. Mira a su padre que le devuelve la mirada dulce de quien sí entiende. De quién sí acepta.

La madre llora desconsolada. El novio no sabe qué hacer y decide quedarse inmóvil, tieso, como una escultura de sal. De fondo, se empiezan a escuchar las campanadas de los cuartos. Los cuatro platitos con uvas quedan en la mesa y poco a poco se van secando con el calor de la chimenea.


Al escucharlas, la madre se levanta, corre hacia la mesa, agarra los cuatro platos de uvas y los reparte. Hija, novio, padre y madre, quedan sentados delante del televisor, en silencio. A cada campanada se tragan una de las uvas peladitas con un amor amargo en la garganta. 

Entre uva y uva la madre susurra dolida:  “Pues tendrás que arreglártelas sin mí... Tendrás que arreglártelas sin mi...”.




                                                                           Gracias a A.T. por la idea

lunes, 1 de agosto de 2016

SIETE HORAS




23:05

El Guapo ya está en la Portada. Con su pantalón blanco, su chaqueta gris y su camisa azul brillante. No lleva corbata. Este año no se llevan. El Guapo se sabe atractivo, locuaz, entusiasta y le gusta hacerlo notar. A todos y en todo momento. Sabe que la noche es suya.

Illo, llevo una hora esperándote. ¿Ande estabas, cabrón?―le grita su amigo mientras le saluda con el clásico toque en el hombro.

―Compadre, vestir a este cuerpo―se señala a sí mismo con la mano derecha y recorre el torso de cuello a cintura―requiere de tiempo y dedicación― sonríe pícaro.―Tú sí que estás hecho un prenda… ¡qué percha miarma! Y ¿cómo te ha dejado salir la parienta así por la puerta?

El Guapo lo coge por los hombros y con la otra mano le pega tres-cuatro golpes en el pecho. Es experto en hacer desaparecer reproches en un segundo.

―Vamos a triunfar esta noche, illo. Ya lo verás.

―No sé qué va a pasar, pero me voy a emborrachar. ―El amigo no sale desde hace mucho tiempo.

―Además, traigo un fajo recién salidito del horno del banco―, dice el Guapo mientras con la mano se da unos toquecitos en el bolsillo del pantalón.

Illo, caza mayor esta noche, ¿eh?―le espeta su amigo mientras le guiña un ojo y le pasa la jarra de rebujito.

 ―Son ellas las que me buscan, son ellas las que me persiguen a mí―dice entre risas con un fondo bullicioso de sevillanas. Echa un trago y se sube el cuello de la camisa. Porque el Guapo no se pierde una Feria desde el año en que le empezó a salir pelo en las patillas y su madre dejó de llamarle “príncipe mío”.


23:40

El Guapo y su amigo traspasan la portada y entran de lleno en el albero. Los oídos se les dislocan entre las guitarras de los grupos de música, las infinitas sevillanas en los altavoces, el tambor y la flauta rociera, las palmas por doquier y el relinche de los caballos. El amigo le sigue dos pasos atrás, está mandando whatsapps mientras el Guapo se retoca el pelo y mira a derecha e izquierda buscando. Porque el Guapo mira, mira mucho. Y quiere ser visto. Camina consciente, espalda recta. Y, sin que te des cuenta, acaba entrando en tu vida. Mantiene su mente activa, constantemente. Llena de actividades que anhela, experiencias positivas que sabe que disfrutará. Y no hay mejor disfrute que una noche de Feria, se convence a sí mismo mientras se enciende en cigarro.


00:45

La calle está abarrotada, como se espera en esta noche de Feria. Entre la marabunta y la jarana, un grupo de chavalines pasa corriendo por su lado y le dan en el hombro.

Illo, ¡iros por el otro laíto, que parecéis nuevos! ―les grita el Guapo por encima de los farolillos. Han derramado medio vaso de manzanilla en su chaqueta.

―Esos críos…―empieza su amigo a animarlo mientras se saca el pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se lo entrega.

―Nada… unos chavales―ya el Guapo vuelve a sonreír―, esto se seca en ná―. Y cada vez se limpia con más ahínco. Como si frotando esa mancha de alcohol de su traje se desquitara también de la mala leche que no sabe que tiene.―Esto es una buena señal, amigo… Tirarse las bebidas encima en Feria es tan típico como pisarse los pies hasta partirse las uñas, los tacones y los pies destrozados de las muchachas que no se traen alpargatas o que se te enganchen, bailando, los flecos de los mantoncillos en los botones de la chaqueta.

Y se cogen de los hombros. El Guapo se destroncha, mandíbula al cielo. Tan alto que si las bombillas de colores oyeran se girarían a escucharlo.


2:15

En la caseta de El Chorro ponen los Cantores y el Guapo ya está en la barra, medio recostado con un vaso de rebujito en la mano derecha. El amigo está en la puerta, habla por el móvil y mueve las manos arriba y abajo con gran alboroto. “Seguro que le está pasando cuentas a la mujer”, piensa.

― ¡Qué guapo estás, hijo!―le chala la camarera al Guapo; se conocen y no saben de qué.

―Como siempre, miarma… como siempre―responde él.

― ¿Qué ponemos, corazón? ¿Otra jarrita?

―Y un plato de caña de lomo y otro de gambas, anda, ha elfavor.

―Gambas no quedan―responde la chica mientras le sirve una jarra de cerveza bien fría a otro cliente y , con la otra mano, pasa la bayeta.

―¡¡Pero cómo no os quedan gambas, miarma!! Si la noche acaba de empezar… dile a tu jefe que vaya malaje… que no sabe hacerse los pedidos ni con la máquina automática―y se ríe estrepitosamente, buscando con la mirada la probación del compadre de la cerveza. Este asiente con la cabeza pero no dice nada.

Illo, ¿qué quieres?―responde ella a voz en grito: acaban de subir la música ― ¿Tú no te equivocas nunca?

―Yo nunca me equivoco. Bueno, solo una vez me he equivocado en mi vida. La vez que creí que estaba equivocado.―y vuelve a desternillarse. Se hace gracia a sí mismo. El compadre de la cerveza ha desaparecido así que no puede pedirle que le asienta o le ría el chiste.

―Venga, ponme esa cañita de lomo, entonces, corazón. Y unas papas aliñás―, ordena el Guapo mientras se gira y se peina la perilla con los dedos.

Coge su jarra fresca, los dos platos y sale en busca de su amigo.

―Ole, ¡qué guapas las mujeres de esta caseta!… olé, ¡qué maravilla!―va riendo mientras pasa por entre el griterío que baila intentando que no se le caiga ni un trocito de caña ni una pizca de hedonismo al suelo arenoso.


3:35

El amigo está bailando con una moza en traje flamenca. Vaso de rebujito en mano. El Guapo, apoyado en la columna de madera pintada de verde con flores, se lo mira y se ríe. Busca con la mirada ya borracha y encuentra a una muchacha con el escote en barca que le invita a sentarse a su lado.

―Me has gustado tanto que aunque no fueras el amor de mi vida…―le susurra al oído― lo dejaría pasar pa estar contigo―le espeta, así de golpe y con la boca pastosa a la muchacha.

Ella se ríe con los labios apretados y aparta la mirada.

― ¿A que te gusta mi personalidad?―. Se sabe seductor hasta borracho y sabe que tarde o temprano la muchacha caerá.

Ella se levanta, se recoge los bajos avolantados del traje y se pone a bailar.

El Guapo la sigue y le da tres vueltas a su moño, le susurra en cada pase al oído y la coge por la cintura. Terminan y ella se sienta al lado de un tipo calvo con la camisa sudada que le besa hasta el paladar.

El Guapo, receloso, busca a su amigo y le da un golpe en la espalda.

Illo, vámonos de aquí. Ya estoy aburrío de tanta Rocío Jurado.

―¿Ahora te quieres ir? Si acabamos de llegar…―suplica el colega mientras deja su vaso apoyado en una silla de mimbre y ya se está poniendo de nuevo la chaqueta. En el fondo sabe que da igual, que el Guapo no espera y que se cansa pronto.

―Necesito un tiro…

El amigo se encoje de hombros. Y niega con la cabeza.

―Pensaba que lo habías dejado, amigo―, le recuerda, cariñoso.

― Mañana será otro día, compadre.


4:55

El Guapo y su amigo arrastran los pies por la calle del Infierno, mirando y dejándose mirar. De tanto en tanto se paran en la puerta de alguna caseta tardía, hablan con el guardia jurado, le hacen bromas a las muchachas que están sentadas en el suelo, apoyadas en alguna farola, comiendo algodón de azúcar o repintándose los labios con muy poco atino. Aún les quedan energías para fumarse un par de puros y beberse un par de tintos.

Illo, ¡la noria!―grita el Guapo de repente, como si hubiera descubierto algo sustancialmente emocionante. Peligrosamente delicioso.

―¿Ahora quieres subirte a la puta noria, illo??―pregunta el amigo arrastrando las sílabas. Está agotado.

―Vamos… vamos… ¡Es fabuloso!―y lo coge por el codo, lo arrastra y se tropiezan con un adoquín mal puesto. Corre como si la vida le fuera en ello. Se apresura como si la noche se le escapara. Como si esa predisposición a excitarse tan fácilmente con el entorno le diera una intensidad de estímulos, una felicidad vital.


5:20

En la cola de la noria están plantados. El amigo calla. El Guapo masculla algo pero no se le entiende. Las manos le vibran, los labios le tiemblan. El Guapo no se calla, necesita de ese ruido mental, de ese ruido que no se encubre con los gritos de los feriantes, las músicas metálicas de las furgonetas de gofres ni el escándalo de la gitana que vende globos.


6:15

El Guapo saca las llaves del bolsillo de su chaqueta y, con mucha dificultad abre la puerta de su casa. Se tambalea y a penas atina a dejar la chaqueta colgada en la percha. Esta cae y él le da una patada. Se desabrocha los pantalones, se quita la camisa y se mira en el espejo del baño. Una especie de máscara de payaso triste le devuelve una imagen bizarra, grotesca. El Guapo le saca la lengua y se sienta en la taza del wáter. 

Alarga la mano y, entonces, recuerda, que esta semana tampoco fue a comprar papel higiénico. ¡Joder!, brama a los azulejos del baño solitario. ¡Joder!


Se agarra las sienes y se golpea los ojos. Se da con los nudillos como si quisiera entender, como si deseara sacarse esa defensiva impulsividad que todavía no acaba de ver. Como si quisiera acallar el sonido de su silencio interior. 



                                                                               Gracias a R. por la idea.




viernes, 29 de julio de 2016

ALGO MÁS DE SEIS MINUTOS








Otra vez tarde… ya llega tarde… siempre llega tarde… ¡Es que no lo soporto!… por estas cosas es por lo que estoy aquí plantado, a cuarenta grados de calor, en una esquina con las manos en los bolsillos y recontándome el por qué… porque sí, porque ya hace demasiado tiempo… Aunque, bien mirado ¿cuánto es demasiado tiempo? En nuestro caso, más de seis años… Vale, es que éramos muy jóvenes. Vale, al principio sí fue precioso, pero es que ahora… Me exaspera que deje las bragas tiradas por el suelo… Me irrita que no friegue los platos nada más terminar de comer… ¡Joder! Que luego vienen bichos y tengo que matarlos yo porque ella es muuuuy finnaaa para eso… Que pobres animalitos…que no los matemos pero qué asco me dan… ¡¡Claro!! Ya me lo dijo mi madre… Esta chica… esta chica no traerá nada bueno… pero tú mismo, Miguel, ya eres mayor para equivocarte solo… ¡¡Joder!!! 

¿Y si me estoy equivocando ahora? ¿Y si en realidad son mis miedos?... Mi miedo al compromiso que me dice: Miguel, corta con ella… Ya estás harto… Ya estás hasta los mismísimos… Que te torea… Que la moza te torea… Que seguro que ahora querrá tener hijos… Y yo que no sé… No sé si estoy preparado para ser padre… Todavía no…¡Joder! Pero si solo tengo treinta y dos...

Pero esas son mis voces… Y si, en realidad, ¿no es más que una mala racha? … Desde que me echaron no he vuelto a levantar cabeza… Está jodida la cosa… Me paso las mañanas en casa, navegando por la red y buscando curro… Y ella, claro, ella se levanta, se ducha, se viste, se repeina y se maquilla y sale tan estupenda por la puerta… Ella es la que puede salir a cenar con las amigas cada dos semanas… ¿Y yo? Yo que si me llega, me tomo una cerveza ¡y punto! 

Los colegas…que hemos pasado de salir de copas a comer pizzas en casa de Ramón… y porque tiene terraza…¡¡ joder!! Será eso... Será que estoy deprimido, ¿no? Le llaman así… Bueno eso lo sabrá mejor Samuel que es psicólogo…Un día de estos le pregunto… Aunque claro, quizás me diga que él no puede decirme, que somos muy amigos y que no puede ser imparcial… O, no. O quizás como me conoce mejor que nadie me puede ayudar…

Ya van cinco minutos… ¡¡cómo no aprendo!!! Si ya sé que siempre llega tarde, ¿por qué no llego yo tarde también?… Lo malo de ser puntual es que nadie puede apreciarlo… ¡ehh! ¡Qué frase más chula! Me la apunto en el móvil para recordarla… a ver si con ella me casco una nueva canción… Ay, qué de tiempo que no cojo la guitarra… ya ni eso, antes me pasaba horas y horas ensayando… Así nos conocimos… qué bonita estaba con sus trenzas negras cogidas en lo alto de la coronilla y esa camiseta de tirantes que le dejaba los hombros al aire… ¡Ay! Qué guapa, que nos esperaba a la salida del local… con su piruleta o su helado… porque empezó a fumar más tarde… Eso, ¿por qué empezaría! Si sabe que no le sienta nada bien… con lo que odio que le sepa el aliento a cenicero… Pero qué bonita estaba… ¡Tres años! Tres años me costó decirle nada… La invité yo, ¿verdad? Ya casi no me acuerdo… creo que sí. Que un día me aventuré, cogí fuerzas y le dije: Vámonos de aquí que te invito a una birra… Seis años han pasado ya… joder… 

¿Dónde tendré la guitarra guardada? ¿Por qué dejaría de tocar? Tengo que buscarla… en cuanto llegue a casa me pongo…

 A ver... ¿Cómo era la frase?… Ah, sí… (Teclea en su teléfono)…

¡Ea! Ya está… Y ese qué mira… lleva diez minutos en la puerta del chino mirándome… Seguro que piensa: pobre infeliz que lo han dejado plantado… ¡¡Gilipollas!! Soy yo el que la va a dejar… y más plantada que un ajo… 

Mira que te ha costado, Miguel, joder… decidirte… Creo que sí, que al final he tomado la mejor decisión… Vale, estoy en paro, no tengo un duro…no puedo viajar más pero ¡ya está!,… hasta aquí… la cosa hace meses que no marcha… a penas hablamos de nuestros sueños… apenas hablamos de nada… Bueno, ¡vale! qué confidencias habrá que decirse tras tantos años juntos…Bueno, algo habrá, ¿no? Mira a Lola y Mario, por ejemplo… más o menos llevan el mismo tiempo que nosotros y siempre se les ve tan felices, tan enamorados…¡¡¡ joder!!! 

Y a nosotros, ¿cómo se nos verá a nosotros desde afuera? Bueno, al Luismi siempre le hemos parecido algo siesos… el tío… Sieso tu padre, ¡¡cabrón!!... Que desde el día que te pillé mirándole las tetas te eché la cruz, cabronazo… Y desde ese día te tengo vigilado… VI-GI-LA-DO… Porque ella es mía… lo entiendes MI-A… Además, follamos como  animales…A-NI-MA-LES... el sexo sí... Eso sí, el sexo es fantástico… en eso sí que sí…

Vale, quince minutos tarde… ¿es mía?... ¿será que no lo tengo del todo claro

¿Realmente quiero dejarla? ¡¡Joder!! ¡¡Joder!!... Acabo de quedar con ella para dejarla y ahora empiezo a dudar… joder… Y si en realidad es esto:  una mala época… solo una mala racha… ella en el fondo siempre me ha dejado hacer la mía… nunca me ha recriminado nada… Que si un verano, el Camino de Santiago… no dijo nada… Que si un octubre, Argentina…pues me he ido… Que si he llegado a casa con tres vinilos acabados de comprar en la tienda de segunda mano… mira que me costaron caros, los jodidos… Tampoco me dijo nada… y en esas ella estaba en paro… Joder, soy un monstruo… si en el fondo ella me quiere, ¿verdad?... ¿Y si en el fondo soy yo?

¿Y yo? ¿Yo la quiero? Sí. La quiero... pero... Soy un monstruo… a la primera de cambio voy y me cago… pantalones abajo… joder…joder… ¿Qué hago? ¿Qué hago? 

Mírala, por ahí aparece… Joder, qué guapa está hoy… Ese vestido me gusta mucho… Seguro que no sabe ni que llega veinte minutos tarde…



―Hola cariño―le saluda ella con un beso en los morros y una sonrisa de helado de limón― ¿Llevas mucho esperando? Perdona, es que me han entretenido a la salida de la oficina y he parado a comprarme un helado―.Se coloca un mechón por detrás de la oreja― ¡Qué calor!, ¿no, cariño?

Él asiente con la cabeza, le devuelve el beso, la coge por la cintura y empiezan a caminar.


domingo, 24 de julio de 2016

CINCO PRENDAS




Cinco prendas de vestir tiene. Las dobla cuidadosamente y las guarda en la cajonera más alta. Por la humedad. Toca el piano, la flauta y la batería. Siempre a solas. No soporta que los vecinos le oigan cantar. Aunque lo hace bien. Él no hace turismo, viaja. Come solo cuando siente hambre. Y a veces se le olvida. Hay semanas que apenas sale de su estudio, componiendo e imaginando  sinfonías para la banda sonora de una nueva vida. Cinco prendas de vestir tiene. No más. 

Tanto por ofrecer. Y el miedo a perder lo acorrala.



DE UNO EN UNO






Los ojos del padre son duros. Fríos. Distantes. Baja a desayunar ya vestido con su traje gris y la corbata de los lunes. Un maletín con la piel gastada, muy vieja.

―Para qué comprar uno nuevo si aún sirve. Es un maletín de buena calidad. Buena piel. Como la de antes―, responde  cada vez que su mujer, solícita, le anima a cambiarlo.

El día que nace su  hijo, su único hijo, lo coge en brazos, lo mira a la cara y le dice: Tú llegarás a ser un gran hombre. Más de lo que nunca pude llegar a ser yo. Y sonríe afanoso a las enfermeras.

Y así se entrega los siguientes veinte años en instruirlo en casa, leen  juntos, le enseña a escribir y a crear, a buscar e investigar, a pensar con raciocinio. Como él. Porque el padre del traje gris es un hombre recto. La espalda tiesa y la nuca erguida. Como si hiciera muchos muchos años se hubiera tragado una vara de laurel y con las hojas, se hubiera tejido una corona de perfección.

―¿Has visto el dibujo que ha hecho tu hijo hoy en clase?―pregunta la madre un 19 de marzo.  Es noche cerrada y sirven el segundo plato.Todo silencio.

El hijo enmudece mientras mastica lentamente y sin hacer ruido, como debe ser, el pollo empanado con guisantes, temiendo la sentencia del capitán.

―Sí―, responde toscamente.

― ¿Y no le vas a decir nada? ― le guiña un ojo al niño prometiéndole un algo redentor. Este se mantiene gélido, helado. No osa mover una ceja mientras espera al gran veredicto. Tiene seis años y ya ha aprendido a callar y a esperar.

El padre, sin levantar la mirada, corta su pollo con diligencia, se mete un trozo en la boca y lo mastica veinte veces, como debe ser, hasta que lo traga sin problemas. Deja los cubiertos apoyados en el plato, nunca en el mantel: para no mancharlo. Cruza las manos y clava unos ojos gélidos en su hijo.

― Muy bonito.

El niño suspira tranquilo. La madre sonríe.

 ― Pero poco útil. Para entrar en la mejor universidad, los dibujos no sirven.

Y vuelve a su tarea deglutidora como si no hubiera dicho nada.

La nuca del pequeño se encoge hasta convertirse en un huesecito blandito, como de cereza recién roída. El niño, aterrado, asiente y pide permiso para levantarse. Corre a su habitación, cierra la puerta y llora en la ventana o se aferra a la colcha con las uñas hasta que desfallece.

―Cariño, no quieras empujar al río―,le insta la mujer al oír los llantos del niño tras la puerta.

―No soy yo el duro. Es la vida la que será dura con él si no se prepara correctamente. Y si no soy yo el que empuja al río, ¿quién lo hará? No se debe perder el tiempo, no hay que distraerse; sino centrarse en lo que hay que  hacer―, es su única respuesta. No hay más que callar.

El niño crece. El padre también. El hijo se matricula en la facultad de derecho pero nunca ejerce. El padre le recrimina. Las conversaciones de domingo acaban siempre con su sentencia mayor:

―Hijo, no hay libertad sino inflexibilidad. El amor un día termina y solo queda la  verdad. 

Y el hijo se marcha, lejos. Muy lejos. A la otra punta del mundo en busca de sueños más cálidos y quimeras de algodón que le ablanden las cervicales.

El padre del traje gris ya no lleva corbata y la madre ya no se tiñe de rubio platino. Hombre y mujer quedan solos; viejos y solos en una casa tremendamente grande y demasiado ordenada. Silenciosa. Cada vez más silenciosa. Como su corazón.

Descansan las tardes en sus mecedoras mirando por la ventana. El hombre ha perdido visión y no puede releer sus manuscritos o viejos manuales. Agota día tras día.

―Hoy tampoco llamó, ¿verdad?―le pregunta de tanto en tanto a su mujer.

―No. Hoy tampoco llamó.―Sentencia ella sin dejar de completar el crucigrama del periódico del día. ¿Por qué no le llamas tú?―le invita resignada.

El hombre gruñe una malapalabra y se hace el dormido.

Un día de octubre, con cierto temor y más dificultad, escribe una carta. Se ayuda de una gran lupa para poder ver bien cada palabra, no torcer ni una línea y encajar la firma titilante en la esquina inferior derecha. Firma con su nombre y apellidos y una  última sentencia: Me gusta como soy pero sé que me ha faltado mucha serenidad. Te quiero, hijo. 

Aún no la ha echado al buzón y la guarda , celoso, en el bolsillo de su batín.


En la otra punta del mundo, un hombre ya maduro se debate entre la duda de si llamar o no llamar a su padre anciano. Juego del teléfono roto; malabares emocionales en la lava de un volcán. Dos almas heridas que nunca volverán a reencontrarse. 

Porque, tristemente, así debe ser.