lunes, 15 de julio de 2013

NIÑERÍAS


El sol se pone como de costumbre tras las colinas doradas. La sombra de los cipreses se posa sobre el cementerio que hay junto a la iglesia. Una cigüeña despereza sus alas preparándose para acostarse en su viejo nido. Las campanas dan las ocho y los feligreses salen por la puerta principal. Una vieja enlutada se dirige hacia la tienda de comestibles, mientras las abombadas barrigas de varios terratenientes de la zona se agitan a causa de una risa exagerada. El humo de sus puros se pierde entre la apatía general. La puerta de la sacristía se cierra con un golpe seco y un niño en pantalón corto se arrodilla ante la sotana del cura del pueblo. Este le mira desde arriba, se santigua y le coge la cabecita. Entonces, suspira y se agita de placer.


jueves, 11 de julio de 2013

FUERZA INVERSA




El día que empecé a vivir de verdad llegó de forma sutil, casi difuminado. Años más tarde me daría cuenta del mazazo que supuso. Pero por aquellos días de mi treintena todavía no era consciente de lo que vendría.

En aquellos tiempos me sentía una pieza más del engranaje social: desarrollaba mi trabajo de forma eficiente. No me gustaba pero era un profesional y hacía bien mi trabajo. Pasaba muchas horas yendo de casa en casa vendiendo un nuevo perfume para perros, unas zapatillas con calefacción o cuchillos abrelatas. Una vez al mes me permitía salir a tomar unas copas al bar Topacio y charlar con la camarera que me escuchaba porque ella también era una profesional y hacía muy bien su trabajo. En el bar Topacio solía tocar una pequeña banda de jazz que, no por buena, sino por veterana, llenaba cada noche de viernes el local. El resto de los días me los pasaba en casa viendo la televisión o paseando a mi perro Kea. No sentía que mi vida fuera aburrida; simplemente enumeraba los días en el calendario. Uno tras otro.

Esa semana decidí ir a Topacio en domingo. No era habitual en mí pero las últimas jornadas habían sido muy cansadas en el trabajo y necesitaba algo de desconexión. Bebí y hablé algo más de lo habitual y, al llegar a casa, me tumbé en la cama con los zapatos puestos.

A la mañana siguiente, el despertador intentó levantarme de forma estridente. Aunque le costó algo más de veinte tonos finalmente me levanté y oriné. Me lavé la cara con agua muy fría porque era la única que me despegaría las pestañas. Palpé en la repisa buscando el cepillo de dientes pero no lo encontré. El tubo de dentífrico tampoco estaba. Me extrañó porque yo siempre he sido muy pulcro con la boca y nunca dejo que se me termine el tubo antes de ir al supermercado. Lastimoso, me desvestí, me duché y me volví a vestir. A penas me dio tiempo de tomar un café frío y me fui a trabajar. Ese día no vendí mucho: le preocupación por el aliento amargo ocupó mi mente durante todo el día.

Esa noche no cené. No porque no tuviera hambre sino porque al abrir el frigorífico no encontré los huevos que había comprado la semana anterior. Me apetecía como nunca una tortilla de queso y no ver los huevos me desanimó. También me extrañó. Estaba seguro de que esa mañana había visto los huevos. Me dejé ensimismar por una comedia romántica, di de comer a KEA y me acosté. Antes de cerrar los ojos repasé minuciosamente el día que había ido de compras. No llegué a recordar si al final había metido los huevos en el cesto.

El siguiente día, tras la ducha, no encontré la toalla colgada detrás de la puerta y tuve que secarme con una sábana vieja. En la cocina las sartenes habían desaparecido y el cuadro de flores secas que había pintado mi madre de joven ya no colgaba encima de la chimenea. No podía creer lo que parecía estar sucediendo en mi hogar. No quería creer lo que ya era inevitable. Me quedé bloqueado, inmóvil. Era imposible. ¿Sería cierto que me estaban despareciendo las cosas? Ese día también fue un vacío pozo en mi ranking de ventas y eso me empezó a preocupar. Si no conseguía vender nada en tres días me despedirían. A mediodía se lo comenté a mi jefe. « Tonterías», respondió.

Al llegar a casa, Kea no apareció para salir a pasear. Lo busqué debajo de la cama, detrás de las cortinas, en el armario de la ropa sucia y hasta en el congelador. Kea no estaba. No me lo podía creer. Empezaron a sudarme las manos y el corazón me latía en las sienes. Llegar a casa y no poder cepillarme los dientes era una cosa pero no encontrar a mi perro, que llevaba compartiendo mi vida algo más de siete años, era un choque que no podía soportar. Salí a la calle, vagué a derecha e izquierda. Llamé a la puerta de mi vecina. No habíamos hablado nunca. Bueno, sí. El día que me mudé le saludé con la cabeza mientras entraba las cajas. Titubeé al explicarle la desaparición de Kea.

―Lo siento, no puedo ayudarle―y cerró la puerta.

De nuevo en el salón llamé a la policía.

―Al llegar a casa mi perro ha desaparecido. No se ha perdido ni se ha escapado. Ha desaparecido―intenté explicar al teléfono.

―No podemos hacer nada hasta pasadas 72 horas, caballero. Le recomiendo que espere en casa. Los perros suelen volver al hogar por su propio pie.

―Pero… no lo entiende… Kea no es lo único que ha desaparecido en mi vida…― intenté explicarme atropelladamente y empecé a sollozar.

―Señor, lamento su pérdida pero ya le he explicado que no podemos hacer nada por ahora. si no vuelve en tres días, vuelva a llamar. Lo escucho intranquilo ¿Quiere que mandemos una ambulancia a su casa?―me preguntó condescendiente. Me di cuenta de que el policía no podía ayudarme y colgué.

Me llevé las manos a la cabeza y chillé como nunca lo había hecho. Estaba furioso. No sabía con quién o con qué lo estaba pero mi enfado ya me superaba. ¿Por qué yo? ¿Qué había hecho para merecer esta sutil desaparición de mi vida? Me tiré del pelo, me quité la camisa y di vueltas por la cocina. Al final decidí emborracharme y, sin quererlo, acabé roncando.

El tercer día me desperté en el suelo. La cama ya no estaba. Desaparecieron también las cortinas, el sofá y cuatro camisas. El papel de las paredes se había esfumado y el césped del jardín se había convertido en un lodazal de tierra y barro. Tampoco estaban las fotos de mi hermana ni los pocos libros de la estantería. Me senté en el suelo de la cocina y empecé a llorar como un niño. Era ese tipo de llanto agudo que sale de la garganta pero que apenas se oye desde fuera. Un llanto que duele dentro. Lloré una media hora. O quizás fueron dos horas. Me sentía triste y culpable a la vez. El paso del tiempo ya era algo superficial, algo  secundario. ¿Qué había hecho para llegar a ese punto? Era un fracaso. Un hombre-fracaso. ¿Es que no merecía disfrutar ya ni de un lugar para vivir? ¿En qué había fallado?

Levanté la barbilla al techo y le pregunté a la nada « ¿En qué he fallado?». Entonces me di cuenta de que el techo ya no estaba y unas nubes negras amenazaban con descargar en tres segundos. Y así lo hicieron. Me quedé inmóvil, paralizado, sentado en el suelo de mi cocina mientras el agua me mojaba los cabellos y los pegaba a mi frente. La nada me había respondido en forma de lluvia y eso era algo que no podía afrontar. Pasé el día tumbado en el suelo, abrazándome fuerte, balanceándome adelante y atrás y llorando mi rara desgracia. Lloré todo lo que no había llorado en los últimos años hasta que el cansancio me venció y terminé acostado al lado del cubo de la basura.

El calor del sol me despertó y, al levantar la nariz, me di cuenta de que de mi casa únicamente quedaba una pared, parte de la chimenea y una bolsa de viaje. Ya no podía llorarme más. Así que me levanté y cogí la bolsa. Noté el peso de algo de ropa en su interior. Simulé que abría la puerta invisible. Hice el movimiento de cerrarla con llave y bajé la calle. No me giré ni una sola vez.

NOCHE DE REYES



Era noche de Reyes y yo no podía dormir. Me acurrucaba bajo la manta con la esperanza que el cansancio acabaría venciendo y me despertaría a la mañana siguiente. Me imaginaba abriendo la puerta del comedor y descubriendo los regalos, los globos, las fotos y los zapatos repletos de caramelos.
Fue en la oscuridad de la madrugada cuando me sorprendí escuchando a mi madre montando la bicicleta y a mi padre envolviendo el telescopio. Sabía que no hablaríamos del tema durante el desayuno. Yo tampoco me atrevía a preguntar. Nadie durmió en la casa. En ese momento descubrí que mi Rey Baltasar no aparecería esa noche. Ni ninguna noche más.



sábado, 6 de julio de 2013

¿QUIÉN SE HA LLEVADO MI QUESO?


 
El repartidor de flores a domicilio iba a dejar el trabajo aquella misma noche. Su última entrega era en un apartamento del barrio viejo. Volvió a leer la dirección: Sra. de J., avenida Luz de las Estrellas. Pensó en la ironía del nombre en una ciudad invadida por las farolas, los neones y los carteles fluorescentes.

Llamó al timbre. Esperó. Las paredes chirriaban como las puertas en oxidación y la única bombilla que reinaba la escalera parpadeaba sin cesar. Llamó de nuevo. Volvió a esperar. Las margaritas comenzaban a marchitarse Tocó el timbre otra vez. Y otra. Y otra más. Por fin, la puerta se abrió y unos pezones avispados le recibieron transparentes.

A la luz del alba puso en marcha la moto, aún con la imagen de unos pechos exuberantes y el sabor a miel en los labios de una desconocida perfumada. Al pasar el tercer semáforo se convenció de una realidad incuestionable: “quizás será mejor continuar en el ramo de las flores, en esta época de crisis nunca se sabe qué hay más allá de una buena oferta de trabajo”.
 
 

FLORES DE NEÓN


 
Una noche, después de un concierto, de humos y luces, me dirigí en busca de algo más que alcohol. Tenía el alma seca y un par o tres de whiskies me ayudarían a olvidarlo todo. Y a todos.

Vagué por las calles oscuras sin saber a dónde dirigir mis pasos en aquella nueva ciudad. Detrás de una farola, un letrero luminoso llamó mi atención. Entré sin vacilar. Me senté en la barra y busqué entre la penumbra la mirada del camarero. Pedí y me sirvió.

A la cuarta copa me di cuenta del ambiente que rodeaba mi embriaguez. Delante, un espejo circular devolvía la imagen de un rostro cansado y demacrado empuñando un vaso emblanquecido. Tras mi cabeza vi reflejada una figura extraña; achiqué los ojos y descubrí una mujer joven de pelo largo, negro como la noche. Se tendía en un sofá de terciopelo azul con una manzana podrida en la mano derecha. A su lado, un hombre en pijama, dormía intranquilo y, de tanto en tanto, mascullaba rudas palabras. Más allá, unas letras de neón anunciaban algo más que un club de alterne y, tras una columna en espiral, un repartidor de flores a domicilio aguantaba un ramo marchito. A mi izquierda, también sentada en la barra de aquel siniestro antro, una vieja pelaba pipas a un niño mago.

Ante tal panorama, tan sólo quedaba pararme y apurar la última copa. Pagué y salí.

Bajo la luz de la temprana mañana me sentí acorralado: los personajes de mis cuentos empezaban a rebelarse, me perseguían a dónde fuera. Un turbio y grisáceo pensamiento, de repente, cruzó mi espesa cabeza alcoholizada: aunque quisiera, nunca podría dejar de sentirme escritor.


miércoles, 3 de julio de 2013

NO ME MIRES


 Cuando el médico le dijo que lo mejor para curar su dolencia era que no volviera a mirarse nunca más en un espejo, el hombre de barba blanca enmudeció y no supo qué responder. Nunca se había creído un hombre guapo ni acaso atractivo pero el espejo le había sido útil a lo largo de la vida. Para afeitarse por ejemplo. O para valorar su hombría. Sabía que lo echaría mucho de menos. Al llegar a casa pidió a su mujer que tirara todos los espejos de la casa incluyendo los espejitos pequeños de mano que guardaba en el tocador. Le hizo jurar que si algún día la tentación caía sobre él ella sabría lo que debía hacer.

Durante algún tiempo pudo esquivar la tentación de verse reflejado. Aunque para el viejo representaba un gran esfuerzo de voluntad conseguía girar la esquina sin verse en el escaparate de la perfumería, mantenerse firme ante los tentadores retrovisores de los coches aparcados o apartar la mirada cuando algún vecino en gafas de sol le paraba para saludarlo. Evitaba entrar en los baños públicos y si no había más remedio entraba con los ojos cerrados y, a tientas, buscaba, el lavabo más próximo a la puerta.

Su familia llegó a acostumbrarse a aquella vida sin reflejos. Y por supuesto actuaron en consecuencia. No le regalaban ya utensilios para el afeitado o corbatas nuevas. No servía de mucho cambiar a una camisa nueva por el simple hecho de verse más guapo. Su vida se volvió algo más cómoda y práctica. Poco a poco empezó a olvidarse de sus rasgos. Aunque su esposa fiel le describía cada mañana como estaban sus ojos y de qué color se habían despertado sus mejillas no llegaba a imaginar una imagen clara de su propia fisonomía. Ya se lo había advertido el médico: “Cuando te olvides, amigo, te encontrarás. Si te vuelves a mirar a los ojos no habrá vuelta atrás”.

El viejo vio crecer a los suyos, asistió a la boda de su hija y acompañó al pequeño a su graduación.

Unas navidades su hijo le presentó a su futura nuera. Una chica sencilla, de barrio, algo charlatana pero cariñosa. La vio entrar por la puerta cargada de unas bolsas enormes llenas de regalos y utensilios para el árbol. Y pasaron la mañana decorando el árbol de navidad, cantando villancicos y comiendo polvorones. Entre espumillón rojo y estrellitas doradas había unas bolas decorativas. Eran plateadas. Ese año se llevaban las bolas grandes muy grandes. El viejo se acercó a una de ellas y se encontró con una gran nariz deformada y unos ojos saltones en una cara desconocida. Un susto grande como el miedo se apoderó de su garganta. Desde entonces no puede parar de llorar.

Para que nadie los vea, su mujer ha tapiado la casa de negro y viven en la más tremenda oscuridad. Ella tampoco lo quiere mirar.