sábado, 21 de septiembre de 2013

LA ESCALERA



Después de tanto andar, por fin, llegas al tramo de la escalera. Levantas los ojos y un racimo infinito de peldaños te espera. No ves el final. ¿Acaso importa? Los que te has ido cruzando hasta el momento, se compadecen en silencio pero te dejan seguir. Ya estás allí y tu mochila es ligera. Las piernas no te pesan y la espalda por el momento se mantiene  vertical. Así que decides dar el primer paso. Subes un peldaño, y otro, y otro más.

Te lo tomas con calma, inspiras y exhalas  varias veces, lentamente. Acordarte de la canción de tu infancia te ayuda en la escalada: atempera tu respiración y los pies se mueven al ritmo.

El sol se alza y se esconde entre una bruma semi transparente. Parece que ambos juegan a perseguirse. Es precioso. Pero los escalones continúan ahí, te invitan a seguir. Y así lo haces.

Una mañana te cruzas con dos viejos que esperan. Te miran y levantan la barbilla a modo de saludo. Sus ojos transmiten cansancio y sus dedos se agarran con fuerza. Parecen frágiles espigas agarradas con fuerza en el aire. Tienes una extraña sensación de serenidad que te recorre el espinazo desde las pantorrillas. No te atreves a preguntarles si contemplan el paisaje o han desistido en su misión. Sigues tu camino.

Varias noches te sorprenden y los días te embrujan. Poco a poco tu mente se acostumbra al camino: árido y aburrido a ratos. Te cantas, te reís, en ocasiones brincas o aprietas el paso. Empiezas a contar los peldaños pero al llegar a mil novecientos setenta y ocho decides parar.

Un día te cruzas con dos amigas de la infancia; otro, con una vecina. Meses más tarde, te alcanza un viejo amigo.

―Te he visto desde lejos y he apretado el paso para saludarte ―te cuenta mientras compartía algo de comer.

Decidís andar juntos un tiempo, recordáis vuestras fiestas de juventud, o las noches de sexo sin compromiso. Pero, unas semanas más tarde, él decide quedarse a contemplar el sol. Tú sigues tu viaje.

Otros te acompañan en tu ascensión. Cada uno a su ritmo, como un baile solitario. Hay quien se esfuerza en apretar el paso y acaba por ahogarse. Muchos se detienen e intentan rehacer sus pasos. Es inútil.Otros se liberan poco a poco de objetos inútiles. Han sobrecargado su mochila y  les pesa. Te apiadas de ellos y  les ofreces tu mano para seguir. Muchos la desprecian, quizás por orgullo o afán de superación.

Solo uno te responde. Es un tipo algo más alto que tú, el pelo y las barbas largas, muy negras, parece que quisiera esconder su mirada. Te recuerda un gato triste. No lleva mochila, tan solo una funda de algodón a la espalda. Parece un estuche musical.

―Es mi clarinete ― dice.

―Parece algo importante ―te interesas. En tu bolsa apenas llevas un cuaderno y tres lápices.

―Lo es. Allá arriba daré mi mejor concierto.

Te enterneces al imaginar a ese tipo en la cumbre, abriendo lentamente la cremallera de su estuche, sacando el instrumento poco a poco y limpiando la boquilla. Todos esperando a que empiece. Miles de ojos pendientes de su inesperado concierto. Seguro que su canción empezaría lenta, algo triste, pensaste. Quizás se animaría después, con un trino de agudos y ritmos tangueros. Lo que te tiene realmente impresionada y a la vez curiosa es cómo lo haría. Es un hombre con ocho dedos: cinco en una mano y tres en la otra. No crees que eche en falta los dos que le faltan porque en ningún momento hace el amago de esconder su mano izquierda. Como no se presenta decides bautizarlo C.

C. y tú decidís, de algún modo, subir juntos un trecho. A veces os miráis y os sonreís para daros ánimos. No habláis mucho. Vuestro respirar parece haberse acompasado y te sientes cómoda a ese ritmo. C. te cae bien desde el primer minuto. Parece un hombre con las ideas claras. No es guapo pero algo en sus ojos irradia un brillo honesto, como cuando el sol se despereza tras las montañas de tu hogar. A veces te señala una nube con forma de lirio. Otras, se pone a bailar. Así de repente. Y tú te ríes.

Un día os sorprende una marea de gente que baja. O al menos lo intenta. Mueven los pies, corren y saltan como si quisieran bajar por una escalera mecánica que sube. No pueden pero se esfuerzan. Cientos de personas os cruzan con prisas, algunos se atropellan y decidís apartaros del camino. Una chica de pelo largo y ojos azul cristalino empuja a C. y éste cae al suelo. Como una pelota de tenis en la arena. Le alargas la mano y C. la rechaza. Tiene la cabeza gacha y oyes que empieza a sollozar. Tras varias jornadas de camino le has cogido cariño y te arrodillas a su altura.

― ¿Te has herido?

―Me duelen las cosas ―responde entrecortado. Esconde los ojos tras el flequillo y sus hombros se bambolean.

―No te conozco a penas, pero siento como si ese empujón te hubiera dinamitado algún cimiento ―, le respondes con sincera preocupación.

―La chica que corría hacia abajo. La que me empujó... Hace un tiempo me amaba, dijo que me quería. Dijo que era el hombre de su vida ―. Se mira las uñas, parece buscar un universo entre el espacio de sus tres dedos solitarios.― Ni siquiera me ha visto ― explica con dificultad. Se traga sus lágrimas y rompe a llorar.

―Entiendo ―le dices. Decides sentarte a su lado. No hay más opción: responder sería inútil. Le acompañas en ese momento, a veces le aprietas el hombro o simplemente esperas a su lado.

Pasáis tres días en ese lugar. C. sigue triste pero ya no llora tan a menudo. Sus ojos se esconden  tras una tela gris que no se ve pero que ensombrece al mirarlos. Lo notas. Piensas que C. no se moverá de ese lugar en mucho tiempo. Te apena verlo tirado en el suelo. Duerme mucho y cuando despierta, está como ausente. Pruebas a hablarle de ti. Le cuentas que hace unos meses, te encontraste con un antiguo amor. Él también subía. Una bella mujer y tres niños le acompañaban en la ascensión. Iban lentos, al ritmo del pequeño. Os saludasteis e intercambiasteis viejas anécdotas. Pero no podías quedarte con ellos. Debías seguir tu camino. Y así lo hiciste.

―Al despedirnos, sentí como si mil agujitas se clavaran en el espacio que queda entre los pulmones y el corazón.

C. te mira y asiente.

―Pero él ha rehecho su vida y yo también. Nuestro amor fue y lo llevo siempre dentro. A veces es lo que me ayuda a seguir subiendo ―.Te sinceras―Pero no es lo único que me motiva. Si ahora sigo es por mí. Ni por él, ni por ti, ni por nadie. El amor está en mí. Por eso sigo subiendo.

C. menea la cabeza de derecha a izquierda. Está claro que no comparte tus ideas y vuelve a llorar.

Tres días más tarde, te levantas. Le das un beso en la frente y recoges tu mochila.

―Me encantaría escucharte en tu última canción ― te despides y continuas tu camino.

Curiosamente a  cada paso te sientes más ligera. Sigues andando. No importa el destino.
 

viernes, 13 de septiembre de 2013

VOLVER A EMPEZAR


Aún con los ojos cerrados siento una punzada en la ceja derecha. Intento abrirlos pero una luz blanca me ciega. Mi cabeza está abotardada. No oigo nada. Tan solo el zumbido de la electricidad corriendo por algún cable. Me vuelvo a dormir.

Vuelvo en mí y no sé cuánto tiempo ha pasado. Ya no me siento pesada y puedo mover las pestañas sin dolor. Me incorporo en un camastro de colchón fino. ¿Estoy en un camarote? No siento oleaje ni vaivén. A mi izquierda hay una litera y delante un armario sin puertas. Noto los pantalones mojados. Quizás me he meado mientras dormía. Salgo y me encuentro con varias mesas de picnic de madera, bajo unos árboles frondosos. Los cubiertos están puestos. También los platos y los vasos. Todo es de plástico. De ese más resistente. Duro. No recuerdo como he llegado hasta este lugar, ni qué estoy haciendo en esta especie de campamento para adultos.

Hay más personas, algunas ya están sentadas esperando la comida. Otras deambulan sin rumbo fijo. Unas pocas están sentadas sobre una gran roca y fuman compulsivamente. Ninguna sonríe. De repente, nos llaman y todos formamos una fila de a tres. Me uno al grupo. El temor a ser diferente es más fuerte que mi desconcierto. Supongo que son los mecanismos de supervivencia.

Nos llevan a una especie de atracción de feria. Cada dos subimos a una especie de coche de tracción, sin ruedas. Va a raíles y está a ras de suelo. Me cuesta encajar las piernas y las rodillas me tocan la barbilla. Todo se pone en marcha y nos echan agua a la cara. Unas  ráfagas de luz blanca y amarilla me impiden ver el recorrido. Al terminar, ya tenemos preparadas las ropas nuevas. Me siento bien con las bragas limpias. Pero necesito ir al baño.

Los baños son enormes, como los de un camping internacional. Hay dos puertas de entrada y una de salida. Las paredes están alicatadas con piezas blancas. Una señalética me indica que las duchas están separadas para hombres y mujeres. Los inodoros, no. Están a la vista, en medio de la estancia. Hay, eso sí, que subir un par de escalones para sentarse. Me siento y parece que estoy en un trono.  Las gentes me miran y algunos me hacen muecas. Dos o tres me sacan la lengua de forma lasciva. Solo hay un chico, uno alto y medio rubio que me sonríe forzado. Me sorprende y pienso que quizás también él se siente acorralado.

No me gusta este lugar. Quiero volver a mi casa. ¿Pero dónde está mi hogar? No lo recuerdo. Solo recuerdo un césped verde y una brisa que me despeina. Algo me dice que tengo que huir. ¿Estoy en un manicomio? ¿Es un campo de concentración? No quiero ni puedo pensar en los por qué. Solo tengo una misión: escapar cuanto antes de este extraño lugar.

Por la noche oigo ruidos en el camarote de al lado. Entreabro la puerta y veo como el vecino se está follando a una japonesa. Antes lo he visto con otra mujer más joven. Parecía su esposa. La japonesa gime muy fuerte. Parece que se queja pero no entiendo el japonés. Tengo miedo y, esa noche, me cuesta coger el sueño.

La alarma del desayuno me despierta de golpe. De camino a la zona de picnic, me cruzo con el rubio y le sonrío. Intento decirle con la mirada que esto no me gusta, que me voy. Hoy mismo. Espero que me haya entendido porque sus ojos también claman algo de libertad. Aprieto el paso hacia los baños. Los paso y sigo por el camino de grava. Un grupo de unas seis personas se cruzan en dirección contraria. Yo sigo por el camino bosqueado. Al poco descubro que hay dos que me siguen y miran a los lados con miedo.  Uno es un tipo gordo y parece que le cuesta apretar el paso. Me pregunto si llegado el momento podrá echar a correr. Lo dudo. El otro es el tipo alto y rubio. A pesar de la distancia que nos separa consigo ver una etiqueta en su camisa: “A. Propita”. El apellido me suena a rumano. Así que decido bautizarlo Alex.

El gordo, Alex y yo nos hemos juntado y bajamos el camino que ahora hace pendiente. Llegamos a un cruce con una carretera asfaltada. Al otro lado de la carretera un grupo de vigilantes bebe y fuma despreocupados.

―¡Eh! ¡Alto ahí! No pueden pasar la línea roja ―grita uno al vernos bajar por el camino.

El gordo y yo bajamos la mirada a la vez. Efectivamente, en el suelo, hay pintada una línea roja de unos cuatro dedos de ancho. Al final está la frase “Línea roja”. Supongo que a los daltónicos les va bien el mensaje escrito.

Los vigilantes se levantan. El gordo se asusta y hace el amago de escapar, se tropieza y cae. Mis sospechas se confirman. Tres de los vigilantes lo agarran con fuerza y le llevan las manos a la espalda. El cuarto vigilante nos ve avanzar y saltar la línea roja. Alex y yo apretamos el paso y bajamos la carretera asfaltada. Pasan tres coches y varios ciclistas. Estamos a la vista por lo que el vigilante que nos sigue debe disimular. Ahora entiendo que, de algún modo, nos tenían escondidos.

―Por aquí ―me indica Alex y nos metemos en un túnel. A la entrada del túnel  hay una maleta abierta. Cojo un par de relojes de pulsera y cinco billetes. Le lanzo un reloj a Alex y éste lo recoge con elegancia. Se lo pone y me señala una motocicleta.

―No nos da tiempo. Sigamos corriendo ―me dice.

Al entrar, las luces del túnel se apagan. Me giro y en la boca veo al vigilante que se monta en la motocicleta. Parece que le cuesta arrancarla y eso nos da cierta ventaja.

A lo lejos veo un polígono y humo que sale de dos chimeneas gigantes. La civilización, suspiro.  Alex señala.

―La estación ― grito y empiezo a reír. Alex asiente y me sonríe de nuevo. Ahora me doy cuenta del brillo de sus pupilas azules. Y del hoyuelo que se le forma en la barbilla al sonreír. Me gusta.

Vemos el ascensor que está a punto de llegar. A lo lejos, oigo el motor de la moto que ruge con dificultad pero que consigue avanzar.

Alex me coge de la mano y entramos en el ascensor circular. Es como las puertas giratorias de esos viejos hoteles de antaño pero sin salida directa. En el ascensor circular solo caben siete personas. Alex y yo conseguimos entrar los últimos. Las puertas se cierran y nos apretamos con el resto de pasajeros. El olor a sudor y agrio es muy fuerte. No recordaba que estábamos en verano. Pero me alegro que de alguna forma hayamos ganado ventaja al vigilante que nos persigue con la motocicleta.

El ascensor circular, que se parece a un teleférico, baja dando vueltas sobre sí mismo y llegamos, por fin, al andén principal. Controlo el mareo mirando fijamente el reloj de Alex en su muñeca.

El andén está lleno de gentes y eso me alivia. Alex me indica con la mirada que mire detrás de nosotros.

―Mierda, la moto ―. Está aparcada en la entrada. Busco pero no veo al vigilante. No verlo pero saber que nos está buscando, de alguna forma, me asusta todavía más.

El tren estaciona en la vía cinco. Alex me coge de la mano y saltamos a la vía. Es más rápido que correr por el paso subterráneo. La vía está llena de piedras medianas que me hacen tropezar. Alex, al tener las piernas más largas, llega antes al andén. Sube y se gira. Yo me tropiezo. El vigilante parece que nos ha encontrado porque Alex me pide que corra, que el vigilante está cerca. Las piernas me pesan y me cuesta subir al andén. Alex alarga la mano y me sube con fuerza. Yo lo miro, le sonrío y le doy un beso. En los labios. Me lo devuelve.

El pitido de salida del tren nos devuelve  al momento y, de un salto, nos metemos en el último vagón. Vemos el vigilante que entra en el andén. Camina muy rápido, se acerca al vagón. Al tercer pitido, las puertas del tren se cierran con un golpe seco. El vigilante se ha quedado fuera. Podemos ver sus muelas maldiciéndonos y la rabia en la comisura de sus labios, babeando. El tren arranca con nosotros dentro.

Respiro hondo. Alex me aparta un mechón de pelo y le sonrío. Con las uñas, yo le arranco la etiqueta de la camisa.

domingo, 1 de septiembre de 2013

HAMBRE Y JUEGO



Hay ocasiones en las que me sorprendo en un punto fijo. El mundo desaparece a mi alrededor y bailo con el viento. Me quito la ropa. Toda. No importan los gritos, ni la lluvia. No importa el sofoco ni el hambre, el llanto o la risa. Solo me fijo en ese hilo que nos une cuando bailamos. Así, lentamente. Como si masticáramos el mismo sol.

domingo, 18 de agosto de 2013

LECCIONES


Llegado el momento en que le mires a los ojos y no sientas compasión, será una buena decisión el plantearse perder a tu amigo. Empieza por distanciar el contacto. Toma tú primero la iniciativa. No dejes que se te adelante o te dolerá más. Llama solo una vez a la semana y luego ve distanciando tus comunicaciones: cada quince días y luego una vez al mes. Si es él quien te llama, deja que el teléfono suene y no descuelgues. Tu orgullo es superior al suyo. Responde tres días más tarde y excúsate por tu gran vida interior. Él seguirá invitándote a cenas aburridas, o a fiestas de cumpleaños, seguirá insistiendo para ir al cine o pasear en tardes de otoño. Accede dos o tres veces pero plantéatelo como un mero trámite en tu estrategia. Si el enemigo se cansa la batalla estará ganada. Cuando te cuente que la novia lo dejó o que su madre está enferma asiente levemente, tócate la barbilla simulando interés pero cambia de tema en cuanto tengas ocasión. Habla de tus conquistas, expláyate con tu nuevo trabajo y cuéntale cada insignificante cosa que hagas por las tardes. Si te pide prestado un libro o te pregunta si le puedes dejar una corbata dile que no. Sin explicaciones. No dejes que vaya a tu casa y nunca, nunca, paséis unas vacaciones juntos. Compartir más de dos horas de confesiones podría arruinar tu imagen de persona autosuficiente. No vayas a su boda y olvida su cumpleaños. Recuerda que al cabo de unos meses, un año a lo sumo, ese gran amigo se convertirá en un conocido más. Un día os cruzaréis por la calle y simplemente os saludaréis con un  leve movimiento de cabeza. Sigue caminando, no mires atrás y felicítate por el éxito conseguido.
 
 
 

sábado, 10 de agosto de 2013

TIZAS Y CANICAS



Una mañana, mamá me dio un beso rápido en la mejilla y me metió el batido de chocolate en la bolsita de tela.

―Te vendrá a buscar Julieta, que hoy tengo mucho trabajo, cariño. Cuando llegue a casa te contaré un cuento; el que tú quieras ―se despidió mi madre en la puerta de la escuela.

La señorita  nos dio una ficha del número tres para colorear y luego hicimos barquitos con pasta de modelar. Susana hizo una barcaza, era enorme. Susana siempre era la mejor moldeando y la señorita siempre le decía lo bien que lo hacía. Susana y yo somos amigos desde la guardería. Nuestras madres se hicieron amigas en el parque y siempre celebramos los cumpleaños juntos. Ella sopla mis velas y yo soplo las suyas. Me gusta mucho el pelo de Susana. Es de color naranja y su madre siempre le peina una coleta muy alta. Me gusta jugar con Susana: ella siempre quiere hacer de profe y yo la dejo. El otro día vino con un peluche nuevo: era amarillo y tenía una flor en el cuello. Cuando llegó a clase se lo enseñó a todos: a María, a Marco, a Pepe…Me dejó cogerlo y lanzarlo al aire.

El timbre sonó, Susana me cogió de la mano y los dos corrimos hacia el patio. Ese día olía a yogur de fresa. Cerré los ojos y me dejé llevar.

―Mira ― y abrió la mano delante de mis ojos. Era la canica más grande y más azul que había visto nunca. Mi madre no me compraba nunca canicas y las que tenía las había ganado en las horas del recreo del último curso. Alargué mis dedos para tocarla pero Susana cerró la mano de repente. Le miré a los ojos y le supliqué con la mirada que me la dejara tocar. A veces Susana podía ser muy misteriosa. Y eso me encantaba.

―Cuidado, que se puede perder. Marco nos está mirando y no quiero que la vea ―susurró  mientras se escondía esa bolita de cristal en el bolsillo del baby.

Entonces me dio un beso en la mejilla y dijo  “vamos a la fuente”. Me quedé quieto y las orejas se me pusieron rojas rojas. Creo que la cara también se me puso colorada, como cuando el año pasado tuve paperas y mi madre me ató una bufanda en la cara. Susana nunca me había dado un beso en la mejilla. Llevaba tres semanas soñando que yo le daba un beso a ella. Esos días había vuelto a mojar la cama. A mamá no le gusta que a mi edad me siga haciendo pis en la cama. Me acordé y me toqué los pantalones.

Cuando llegamos a la fuente, nos mojamos las manos, la cara y nos hinchamos las mejillas con agua para explotarlas, luego, con las palmas de la mano. Hacía tres días que nos gustaba jugar a hacer fuentes con la boca para ver quien llegaba más lejos. Ella siempre me ganaba. Sus mofletes se llenaban totalmente de agua y parecía que se le iban a salir los ojos. Me gustaba ver que las pecas se hacían un poco más grandes y eso me hacía reír.

Escupió el agua, se secó los labios con la manga y se fue gritando como una sirena. Corría alrededor de Marshila tocándole la barriga y tirándole de las trenzas. Pobre Marshila. Hacía poco que había llegado al colegio, aún no entendía cuando la señorita le preguntaba y nadie quería jugar con ella. Mi madre me decía que me acercara yo, que le preguntara de donde venía. Pero me daba mucha vergüenza.” ¿Y si me decía que no con la cabeza?”

Yo quería seguir con el juego de la fuente y bajé la cabeza. “¿Por qué no quiere seguir jugando conmigo?” Me metí las manos en los bolsillos y saqué una tiza de color rojo. Me senté el suelo y empecé a dibujar sobre las baldosas grises. Quería hacerle un regalo especial a Susana. Dibujaría un corazón rojo y pondría nuestras letras dentro. S y M. “Seguro que le gusta y me da otro beso.” La profe dice que dibujo muy bien.

Apreté con fuerza y la tiza se rompió en tres pedazos. Marco me estaba mirando y empezó a reírse. Me señalaba y se reía. “Odio a Marco. Siempre se está riendo de todo el mundo”. Apreté uno de los trocitos con la yema del dedo y ésta se deshizo hasta convertirse en un polvito, como de azúcar. “Seguro que Marco se ríe de mi medio corazón en el suelo. No quiero que lo vea”. Sin levantar la cabeza y todavía de rodillas, empecé a llorar. Mis lágrimas se mezclaban con el polvo rojo en el suelo. Susana se había olvidado de Marshila y estaba en el columpio de cocodrilo. Es nuestro favorito. La miré balanceándose; adelante, atrás, adelante, atrás.

Restregué la pinturita con la mano y el dibujo se quedó borroso. Me levanté. Corrí escondiéndome la cara con las manos y me escondí debajo del tobogán.

Cuando el timbre volvió a sonar yo seguía escondido. Me cogí las rodillas con las manos y escondí la cara en medio. Por la rendija del suelo vi muchos pies que corrían camino de la clase. También vi a Lorenzo, que se tropezó y cayó sobre la gravilla. Lorenzo siempre se está cayendo y su madre le ha puesto unos zapatos muy grandes y feos.

No quería volver a clase para que Marco se riera de mi otra vez. Seguro que se lo había contado a Susana y le había enseñado mi medio corazón borroso. En el último timbrazo vi una mano que se asomaba por debajo del tobogán. No podía ser la mano de la señorita porque tenía las uñas un poco largas y de color rosa. Bajé la cabeza y la saqué un poco. El sol me picó en los ojos y me tapé con la mano. La mano seguí ahí y me indicaba que saliera. Poco a poco, me arrastré y conseguí salir de debajo del tobogán. Y ahí estaba Marshila. Estaba muy quieta, de pie y las trenzas negras le caían por encima de los hombros. Me alargó la mano y me ayudó a salir. Me sonrió y yo le dije gracias muy bajito. Entonces sentí que las mejillas me ardían y bajé los ojos al suelo. Empecé a restregar la punta de mis zapatillas haciendo pequeños círculos en la arena. “¿Qué le podía decir a Marshilla si no me entendía?

Ella me miró con unos ojos muy grandes y metió su mano en el bolsillo de su chaqueta. Todavía no tenía un baby y siempre traía una chaquetita de lana. Sacó la mano y la abrió. En la palma de su mano había una tiza de color amarillo. Parecía nueva porque era muy grande. Y estaba muy lisa. Alargó el brazo y me la puso delante de la nariz. Me dio cosquillas y me empecé a reír. Marshila también empezó a reír. Cogí la tiza y me la guardé en el bolsillo del pantalón. La escondí muy al fondo para que ni Susana ni Marco la vieran al entrar a clase. Entonces Marshila me cogió de la mano y corrimos hacia la clase. Ya era tarde.

Al entrar en la clase, estaban todos ya sentados en las sillas y la señorita estaba a punto de explicar un cuento. Me acordé del cuento que mamá me explicaría por la noche. Yo también le contaría que hoy he hecho algo nuevo.
 
 

jueves, 1 de agosto de 2013

NUEVOS RECUERDOS



Voy a contar mi historia. Aunque no me acuerdo de muchas cosas. Y precisamente por eso prefiero sentarme y recopilar todo lo que en los últimos meses he oído, me han contado o he inferido de viejas fotografías.

No pretendo reconstruir mi vida; eso sería algo imposible dado el inevitable paso del tiempo cronológico. No podemos volver a construir algo que ya está construido. Deberíamos demolerlo para, con las piezas resultantes, volver a montar de una forma más creativa. No, eso es imposible. Tengo más una necesidad de interpretar esa vida, como un sueño que, al despertar, queremos recordar a toda costa. Pero que cuando más nos esforzamos en recordar más se desvanece en nuestra cabeza. Como un jabón que resbala irremediablemente entre nuestros dedos.

Así es como me sentía, como esa pastilla de jabón que se va resbalando y, al mismo tiempo, como esos dedos que no pueden retenerla. Es una imagen graciosa y patética a la vez. Graciosa, precisamente, por lo patética.

Cuando desperté en la cama del hospital, el médico me dijo que había tenido una conmoción cerebral y que me sentiría algo extrañado durante un tiempo. Que la pérdida de memoria era un síntoma habitual en este tipo de accidentes. “Este tipo de accidentes”. Aquellas palabras me sonaban como si fueran una canción conocida por todos pero sobre la que yo no había tenido noticia nunca antes. Como si perder la memoria en un accidente fuera algo tan habitual que la gente ya ni habla sobre ello. Se sobreentiende. Así decidí sobreentender todas y cada una de las cosas que a partir de entonces se sucederían. Aunque no las entendiera.

La que decían era mi mujer solo vino una vez a verme. Era una mujer menuda, con los cabellos cortos y pantalones parcheados, como si doscientas treinta y tres ratas los hubieran estado royendo con sus diminutos dientes afilados. Tenía un aire melancólico. Los ojos se le quedaban medio cerrados y siempre miraba al suelo. No, melancólicos no eran. Eran tristes, unos ojos tristes. Verla por primera vez, de nuevo, me entristeció también. Pero suspiré por dentro y me dije que quizás sí, que quizás mi mujer era una mujer triste y yo era un marido triste. Más tarde me enteré de que yo no era un tipo triste. De hecho no tenía trabajo pero siempre estaba muy activo. Nunca estaba en casa.

―¿Te alegras de verme vivo? ―le pregunté  el día que vino a verme al hospital. Era una pregunta sencilla y compleja al mismo tiempo. Para mí y, supongo que también, para ella.

―Sí,… bueno…―titubeó y bajó la mirada.

Entonces alargué mi mano izquierda para tocar la suya. Una enfermera me había dicho que el olfato y el tacto eran los sentidos que mejor ayudan a recuperar la memoria perdida en el fondo del inconsciente. Entonces yo me imaginé dos grandes imanes en forma de U situados dentro de mi nariz o debajo de la palma de mis manos, pendientes de conectar cualquier sensación olfativa o táctil con viejos recuerdos perdidos.

Cuando mis dedos tocaron los suyos ella apartó la mano con rapidez. De golpe. Luego las juntó y entrelazó los dedos. El imán no funcionaba. Tuve la extraña sensación entonces de que, de alguna forma, ella me tenía miedo.

La que sí venía a verme cada día a todas horas, era una señora de unos cincuenta. Era algo más grande que yo. Y no digo alta ni gorda. Digo grande. Porque así la veía tumbado en la cama. Su cabeza era grande y llevaba un peinado crepado que agrandaba aún más su cabeza. Sus manos eran más grandes que las mías y de cada dedo asomaba un gigantesco anillo dorado. A decir verdad, esa mujer me intimidaba. Dijo que era mi hermana. Hablaba muy rápido y conseguí entender que hacía muchos años que había dejado de hablarme tras varias discusiones y que no había vuelto a mi casa por ciertas discrepancias. Pero que al enterarse de mi accidente una ola de arrepentimiento le azotó por dentro, como un huracán inesperado que te coge por sorpresa, te eleva por el aire y que no puedes controlar.

―Te he traído varias fotografías a ver si te ayudan a recordar ―dijo la que decía ser mi hermana. No tenía mucha esperanza en que eso funcionara pero la dejé hacer. Para ser más preciso debería decir que la dejé hablar.

Entonces de su gran bolso sacó varias fotografías. La gran mayoría eran fotografías en blanco y negro. Me contó que eran imágenes de nuestra infancia. En ellas salían nuestros padres, abuelos, tíos y primos. Eran escenas en el campo, en ríos o playas, en salones navideños e incluso una dentro de una furgoneta grasienta. Ninguna de ellas me evocaba ningún recuerdo. De hecho, al verlas no me interesaron lo más mínimo ni las personas que en ellas salían ni las historias que había detrás de ellas. Es curioso pero las personas nos pasamos la vida intentando recoger la mayor cantidad de recuerdos en imágenes fijas, como si fuera la única forma de detener el tiempo en nuestra memoria. Pero, en realidad, lo que recogemos son las historias que hay detrás de esas imágenes. Las anécdotas que se recuerdan y que conforman el catálogo de historia familiar. Y yo no tenía ningún catálogo de recuerdos ni anécdotas al que echar mano. Esas fotos no me decían nada.

Solo una de las fotografías me llamó la atención. No era tan vieja como las anteriores. Se trataba de una imagen a color, pero era un color amarillento, tibio. Como si le hubieran puesto algún filtro o mosquitera delante.

―¿Quién es este hombre? Parece joven. Se le ve feliz. Y la mujer que hay al lado también parece feliz. Los dos sonríen ampliamente ―pregunté con sincera curiosidad.

―Es la foto de tu boda. Hace más de quince años. Estos sois tú y Soledad ―contestó entornando la mirada hacia el suelo.―Esa fue vuestra mejor época ―carraspeó un par de veces―. Después… Soledad se fue apagando poco a poco.

―Ya veo ―. Fue lo único que pude contestar. Algo se me clavó en el pecho muy fuerte y empezó a empujar. Como un torniquete que va apretando poco a poco a cada nueva vuelta.

A partir de ese día (y estuve varios más en el hospital) me pasaba los días mirando por la ventana. Pensaba en Soledad. Me preguntaba si esa mujer que me había retirado la mano de repente alguna vez había llegado a ser de verdad la mujer tan bella y sonriente que había visto en aquella fotografía. Pensaba en las palabras de mi hermana y me preguntaba qué había hecho para que Soledad se hubiera apagado, así de pronto. O quizás no fuera de pronto sino lentamente, tan disimuladamente que el día a día no permitió que me diera cuenta de que se iba marchitando. Cuando las enfermeras se marchaban y mi hermana había bajado a comer algo a la cafetería, me sentía extrañamente culpable. Tenía que recuperar algo que, en ese momento, tampoco sentía mío, pero que anhelaba profundamente.

El día que el médico me mandó a casa mi mujer no me esperaba. Y debería decir llegar, y no volver, porque no tenía la imagen de haber estado allí nunca antes. La casa se me antojaba algo vieja y desanimada. Me aposenté en un butacón orejero y éste me abrazó con los apoyabrazos para no dejarme ir.

A los quince minutos me levanté con cierta dificultad (todavía me sentía débil y la cabeza me dolía de tanto en tanto) y vagué por la casa. Descubriéndola por primera vez como un niño que entra en una nueva tienda de juguetes e inspecciona todas y cada una de las estanterías. Me dirigí al dormitorio. Al entrar vi una gran cama de matrimonio, una cómoda con espejo en una pared lateral y un gran armario empotrado. Abrí las dos puertas del armario y me encontré con dos partes bien diferenciadas. La derecha debía ser mi parte: pantalones, chaquetas de pana, algún abrigo y dos o tres corbatas. En el suelo había cinco pares de zapatos. A la izquierda había varias blusas colgadas de perchas metálicas. Todas ellas eran la misma blusa repetida varias veces, con el mismo cuello y los mismos botones. Había unas cuatro faldas largas y dos pares de zapatos sin tacón. Ver esa ropa que me resultaba impersonal, me empequeñeció la garganta y, por un segundo, dejé de respirar. Era todo tan triste y desolador.

Bajé la mirada y, de repente, detrás de mis desconocidos zapatos descubrí dos botellas de whisky. Cogí una de las botellas. Estaba medio vacía. Pensé que quizás Soledad se sentía vacía como esa botella de whisky: ebria y turbia. Sin etiqueta. Una amargura me empezó a subir por el esófago y me llegó a la lengua un sabor a agrio y una rabia mezclada con llanto descontrolado. Cogí las dos botellas y las vacié en el inodoro. Las tiré de inmediato a la basura.

Entonces me quité el pijama y me vestí con unos pantalones de pana. Encontré varias monedas en un bote de cristal encima del frigorífico y salí a la calle. No sabía a dónde me dirigía. Mis pasos me llevaban pero no sabía hacia dónde. Me sentía furioso. Furioso por esas faldas largas tan anodinas, por esas paredes desconchadas que no sentía mías y por la manta parcheada del viejo butacón que me había raspado la piel. Pero por encima de todo me sentía furioso por esas botellas de alcohol que me abofetearon de golpe en el estómago. Como si hubiera descubierto un viejo tesoro, un tesoro que todos ocultan celosamente. Pero en esta ocasión no era un tesoro dorado. Se trataba de un recuerdo doloroso, que me rasgaba las entrañas.

Me senté en un banco de la calle y empecé a llorar. No podía creerme que esa fuera mi vida. No podía creerme que esa fuera la rutina que me esperaba a partir de ahora. No quería que aquella que decía ser mi esposa siguiera con la mirada baja. No podía soportar que me hubiera retirado la mano. Deseaba reencontrarme con aquella chica joven de la foto, sonriente y feliz. Y con aquel chico alto, que transmitía cierta esperanza. Ese era yo. Yo, hacía quince años. Deseaba sentirme como aquel muchacho de la fotografía. No lo recordaba pero deseaba ser él.

Por delante del banco en el que estaba sentado pasó una madre con un niño de unos cinco años. Lamía un helado de vainilla y tenía toda la cara devorada por la crema. Se reía muy fuerte y señalaba ensimismado las farolas, las palomas, una lagartija que se escondía bajo un coche y los colores de las baldosas. Está construyendo sus futuros recuerdos, pensé. Suspiré y sentí nostalgia de algo desconocido. Entonces me levanté, di media vuelta y me encontré con el escaparate de una gran floristería.

Entré y compré tres rosas rojas. Por algo debía empezar.