viernes, 1 de noviembre de 2013

CUANDO MAC GYVER NO ESTÁ AL ACECHO


 
Cuando abrió los ojos, la chica mona se vio deslumbrada por la luz del mediodía. Sintió un olor a sudor y calcetines sucios que le taponó las fosas nasales. Notó las sábanas frías en sus muslos por lo que llegó a la conclusión de que se encontraba desnuda en esa cama que no era la suya. Nunca hubiera puesto sábanas de lino en pleno mes de noviembre. Si acaso, a finales de junio o ya entrado agosto. Levantó levemente la barbilla y se encontró en una habitación extraña. El color verde pistacho de las paredes no era el color de su habitación y había ropa tirada por todo el suelo. Reconoció su falda de cuero y un zapato de tacón. Lo había comprado hacía poco y le encantó la cremallera del talón. También vio una camisa de flores y unos pantalones de pana rosa. No eran suyos, eso estaba claro.

A su derecha, encima de una mesita de noche, había un despertador. Marcaba las 12:45. También había una caja de preservativos de látex. Había cuatro envoltorios abiertos, rasgados con poco cuidado. Se espantó. Varias imágenes difusas aparecieron delante de su nariz, como una exposición en movimiento envuelta en una burbuja de humo. Copas de tequila, fogonazos de luz roja y una música estridente. También recordó vagamente unas manos que le quitaban la blusa y unos dedos sudorosos que le acariciaban los cabellos. Empezó a encajar algunas piezas y se giró a su izquierda.

Efectivamente, un chico gordo estaba durmiendo plácidamente sobre su brazo izquierdo. De su nariz salían unos pitidos enlatados, ahora más estridentes, ahora más metálicos. La papada le subía y bajaba a cada nuevo ronquido y unos dedos gordos como calabacines se movían de vez en cuando. Estaba desnudo también. Al menos de cintura para arriba ya que se había deshecho de la sábana en su sueño profundo. Parecía una cría de hipopótamo descansando tras un largo viaje en busca de agua.

La chica de la falda de cuero se sentía atrapada. Literalmente por el peso del gordo de torso desnudo y figuradamente por una situación incómoda a la que no recordaba haber llegado por su propio pie. Entonces buscó con la mirada su bolso tirado en el suelo. Sacó la pierna de debajo de las mantas y alargó el pie hasta tocar con la punta del dedo gordo el asa de polipiel. Se estiró y consiguió enlazarlo en su tobillo. Con un movimiento de bailarina lo elevó y acabó cayendo sobre su pecho. Sonó algo pesado y recordó el bote de colonia que siempre llevaba consigo. Con la mano que no tenía atrapada empezó a buscar algo que la liberara. Sacó la pequeña botellita de perfume, tres horquillas, unas llaves y un pequeño monedero. Por un instante deseó haber visto toda la seria completa de Mac Gyver y recordar algún truco infalible en este tipo de situaciones. Pero no pudo; sus padres siempre la mandaban a dormir en cuanto empezaba el capítulo semanal.

Empezó a impacientarse y a hiperventilar. No podía seguir secuestrada bajo esa tonelada de grasa sudorosa ni un segundo más. No quería seguir en esa cama deshecha y deseaba olvidar aquella noche que apenas recordaba. Era algo visceral que le subía del estómago hasta la garganta. La respiración entrecortada le hizo sudar y, sin pensarlo, cogió con fuerza el bote de perfume. Por suerte, andaba todavía medio lleno y pesaba como dos paquetes de arroz integral. Alzó la mano y lo dejó caer en la cara de su compañero. Dos, tres, cuatro golpes bastaron para dejarlo inconsciente. Con el otro brazo y las piernas empujó su cuerpo pesado y al final consiguió apartarlo levemente. Inconsciente, el gordo era algo más que un peso muerto. Cuando, finalmente, consiguió arrastrar su brazo por debajo de las axilas blanquitas del gordo, salió de la cama. Tropezó con una botella de whisky y casi se tuerce el tobillo. Trastabilló con su otro zapato, recogió la falda, la blusa, las braguitas y se colgó el bolso del cuello. La idea de salir de esa casa era su único objetivo y, con las prisas, se olvidó de las braguitas que estaban tiradas en el pasillo a la cocina. Se fue medio vistiendo en el ascensor y llegó, por fin a la calle.

Llovía. El agua le mojó los cabellos y le acabo de descorrer el poco maquillaje que le quedaba. Empezó a caminar deprisa, los zapatos colgaban de sus dedos y sintió como el frío de los charcos le subía por las pantorrillas, como cuando, cada mañana, acababa su ducha con un chorro de agua fría. Pero hoy la ducha era más triste.

domingo, 27 de octubre de 2013

VALIDEZ


Mi transformación fue lenta pero constante. El día llegó casi sin darme cuenta. Él sigue buscando.

Mario y yo nos conocimos en una época convulsa para ambos. Y nuestras convulsiones coincidieron irremediablemente. Él acababa de salir de una operación a corazón abierto y sus padres se estaban separando. Yo, simplemente, vivía en una fantasía constante. Todavía me ensoñaba con mi último romance: un chico más joven que yo; algo inmaduro no solo en edad.

Mario y yo nos cruzamos en la sala de espera del cardiólogo. Yo acompañaba a mi tía, una mujer que siempre comía por el carrillo izquierdo y pelaba todas las frutas. Él leía una revista de motor a la que le faltaba la portada.; Sentada a su lado, su madre: una mujer de unos sesenta, con la mirada perdida y que usaba la coletilla “vale” cada tres frases. Repiqueteaba las uñas sobre las rodillas mientras tarareaba un viejo bolero.

Volvimos a coincidir en el bar del hospital y, tras el intercambio de unas sonrisas, un par de comentarios irónicos sobre el pastel de queso y dos cafés, nos dimos los números de teléfono. Dos cines, una cena, varios paseos y un fin de semana en la playa nos llevaron a compartir piso. Acostumbrarme a sus bostezos a media tarde fue fácil y a él le gustaba como freía los huevos: un poco requemados por los bordes. Solía llamar a su madre dos veces por semana. Mario me decía que le caía bien. Y eso le gustaba.

― Mi Mario te quiere mucho, ¿vale? ―decía muy seria antes de colgar.

Una tarde, mientras leía por tercera vez el catálogo de ropa a domicilio, él me soltó de repente:

―Te miro y, a veces, veo a mi madre. Te quiero como si fueras ella.

Me lo tomé como una demostración de su amor. Me quería como su madre. No pretendía substituir a su progenitora, ni mucho menos, pero esa muestra de afecto espontáneo me llegó al corazón. Le lancé un besó al aire que recogió y guardó en el bolsillo del pijama.

Una tarde llegó a casa con un bolso de mercadillo: de polipiel algo gastada y demasiadas tachuelas.

―Es un regalo de mi madre. No podrá venir a tu cumpleaños pero se acuerda de ti ―, y lo dejó encima de la cama, envuelto en papel de celofán. Me acostumbré a llevarlo los domingos que pasábamos tomando café y pastelillos de crema en casa de su madre. No quería que me vieran como una desagradecida.

Un día, al llegar del trabajo, me miré en el espejo y me di cuenta de que me habían salido un par de canas en la frente.

―Me gustan. No te tiñas ―me espetó de repente agarrándome por la cintura. Y me besó. Esa noche hicimos el amor dos veces. A partir de ese día decidió que no debía ir más al gimnasio y que cada vez le gustaban más y más mi cuerpo curvilíneo.

Él trabajaba en casa y yo volvía a media tarde, me tumbaba en el sofá o limpiaba el baño. Hicimos un par de viajes al extranjero y, unos meses más tarde, ya conseguía hacer el potaje que tanto le gustaba a Mario.

―Solo le falta un punto de sal, pero es casi tan bueno como el de mi casa ―me decía con sincero agradecimiento.

Un día me sorprendí en chándal y cantando boleros mientras limpiaba la cocina y él se volvió loco de pasión. Me revolcó por la alfombra y acabamos encima de la lavadora. Tanta pasión me tenía enganchada. Pero algo no me acababa de cuadrar. De los colores naranjas y rojos, mi ropero fue transformándose poco a poco a tonos más terrosos, marrones, grises y mucho negro. Ya no me peinaba y simplemente me recogía el pelo con un par de horquillas. Un año más tarde él empezó a hablar de hijos pero, de alguna forma, yo todavía no estaba preparada.

―A mi madre le encantaría ser abuela. Y yo ya tengo vista una sillita para la bici estupenda. Es muy resistente ―, me soltó una noche. No respondí. Ya había aprendido a no enzarzarme en conversaciones de este tipo. No es que me molestara, simplemente no me apetecía hablar del tema. Me tapé con la manta y repiqueteé las uñas sobre mis rodillas.

―Cariño, hay que bajar la basura, ¿vale? ―le pedí una noche de otoño. Mientras lo veía bajar las escaleras, me di cuenta. Así, de repente, como si hubieran encendido el botón de mi consciencia. Rebusqué en el altillo, me puse mi vestido de flores amarillas, me peiné la raya al lado, me puse los únicos zapatos de tacón que no había tirado y bajé a la calle. Cerré la puerta. No eché la llave.

Ese día empecé a ser yo misma otra vez. Ahora me tiño cada mes, escucho rock cada noche y nunca, nunca compro en mercadillos. Ah, y tengo una cosa clara: no quiero ser madre de nuevo.

 

domingo, 20 de octubre de 2013

LA LITERA


Los sábados por la mañana nuestra madre cogía el carrito de ruedas y cuadros escoceses y se iba al mercado a hacer la compra de la semana. Aunque en el barrio había un mercado municipal, decía que el pescado no estaba lo suficientemente fresco ni había suficientes paradas de verduras. Así que se enfundaba un abrigo de pana gorda de color azul, algo gastado; se cruzaba un pequeño bolso de mercadillo con muchas cremalleras y arrastraba el carrito escaleras abajo. Sabíamos que luego debía coger el metro y trasbordar de la línea azul a la roja.

―¿ A qué hora volverás? ―le preguntábamos sin mucho interés porque aún no conseguíamos descifrar el código de un reloj. Ella se acercaba al mueble del comedor, levantaba una mano y señalaba en el tercer estante.

―Cuando la aguja pequeña esté en el uno y la aguja grande en el seis ―, respondía. Entonces nos daba un beso en la mejilla. ―No contestéis si llaman al timbre y nunca abráis la puerta a nadie. Y, cuando vuelva, quiero verlo todo ordenado.

En aquella época nuestro padre tenía un segundo trabajo los fines de semana así que mi hermana y yo sabíamos que teníamos algo más de tres horas para jugar. Normalmente nos gustaba jugar a disfrazarnos con la ropa de nuestra madre, probarnos sus zapatos de tacón, las sandalias de tiras rojas o el batín de satén gris con florecitas amarillas que olía a su colonia. Pero un día, fue un día gris de lluvia chispeante, nos quedamos en la habitación. Mi hermana y yo dormíamos en unas literas de madera clara. Yo, que era la mayor, dormía por supuesto en la litera de arriba. Para subir debía descalzarme e ir por una escalera metálica pintada de amarillo clara de huevo. Sentir el frío del metal en mis pies no era nada comparado con doler cada escalón, punzantes como cactus, que se me clavaban en la delicada planta del pie de mis siete, ocho y nueve años. Para bajar, empecé a perfeccionar la técnica del salto.

―¿Jugamos a cabañas? ―le propuse a mi hermana pequeña.

―Vale. Pero luego jugamos con la Chavel y los Pin y Pon ―. Mi hermana y yo teníamos gustos muy diferentes en los juegos y, aunque no me gustaba jugar con muñecas de ningún tipo, acababa aceptando. De alguna forma, siempre he sido una niña obediente y las palabras de nuestro padre me resonaban cuando tenía algún pensamiento egoísta.

Entonces empezamos a imaginar. Estábamos en una selva africana, o mejor, en un bosque encantado. La habitación se llenó de lianas, troncos gruesos que se elevaban por encima de nuestras cabezas y ruidos misteriosos. Caminamos descalzas, claro, para sentir la arcilla mojada y las miles de hojas húmedas en nuestros pies. El suelo de nuestra habitación se llenó, entonces, de libretas, folios pintados y calcetines. Así, cansadas del viaje, nos alcanzó la noche y cerramos la luz de la habitación. Del cajón del armario sacamos una linterna de pilas y la encendimos para movernos mejor en ese bosque embrujado. La luz de la linterna era amarillenta, algo mortecina, pero nunca nos acordábamos de cambiarle las pilas. Sólo una vez al año cuando preparábamos la mochila para los campamentos de verano. Con una goma del pelo hicimos una cincha para colgar la linterna de una de las tablas del somier de la cama de arriba. Pasamos la sábana por entre el resto de tablillas y la dejamos caer del otro lado, como una cortina en nuestra ventana inventada. Una de las mantas (en esa época, las camas se hacían con tres o cuatro mantas muy finas y deshilachadas) la estiramos, metimos una parte por debajo de mi colchón y la dejamos caer por la parte central de la litera, por encima de la escalera metálica, como una puerta de tienda de campaña. Las dos almohadas se convirtieron en asientos de nuestra cabaña. Del bosque encantado saltamos a una isla desierta. Nuestra cabaña subió a lo alto de un gran árbol y las paredes eran las ramas más altas. Del tronco vacío caía una escalera de cuerda que usamos para llegar a las habitaciones. Y de un tronco más fino, hueco por dentro, el agua corría para lavarnos las caras dormidas y cocinar unas frutas desconocidas que sabían a chocolate con leche. Nos bautizamos las Robinsonas.  Entonces, el timbre sonó  unas cuatro veces. Nos asustamos.

―¿ Será el cartero? ―preguntó mi hermana mirándome con ojos abiertos, que en la oscuridad le brillaban como dos velitas de cumpleaños.

―No ―contesté― Es el barco del horizonte, un barco pirata. ¿No ves la bandera negra con la calavera y los huesos cruzados? Vamos, escondámonos. Que no nos vean ―.Entonces, la cogí de la mano, y la despeiné para que se olvidara del susto. Cerramos la manta-puerta y apagamos la linterna.

El timbre volvió a sonar. Tres veces. Insistente.

―¿Y si mamá se ha olvidado las llaves? No podrá entrar ―, mi hermana me miraba con preocupación, con esa mirada que siempre ponía cuando quería que yo tomara una decisión por ambas. Como cuando la regañaban y esperaba que la defendiera o como los domingos en casa del abuelo, quería que fuera yo la que pidiera levantarnos de la mesa e ir a jugar al patio.

―Quizás se ha dejado las llaves, sí. Y ahora está esperando que le abramos ―contesté no muy convencida―, pero nos ha dejado claro que no abriéramos a nadie. A nadie.

El timbre sonó de nuevo. Cuatro, cinco, seis estridentes veces.

Nos quedamos calladas, muy quietas, como las figuritas sorpresa del roscón de Reyes cuando te las encuentras debajo de un trozo de naranja escarchada. El miedo y la respiración entrecortada nos agotaron y acabamos abrazadas, una entre la otra, las almohadas en nuestras barrigas, y los pelos alborotados eran ortigas en un campo salvaje.

Cuando nuestra madre llegó, sudando y refunfuñando como siempre, encendió la luz de la habitación. Arrancó la manta que hacía de puerta y la tiró al suelo. Se quitó el abrigo y nos despertó tirándonos del pijama.

―Venga, niñas. Ya está bien de juegos. A ordenar la habitación. Y no salgáis hasta que esté todo limpio.

―Mamá ―empezó mi hermana tímida―, han llamado al timbre muchas veces y no hemos abierto.

―Sí, pensábamos que era el cartero pero no le hemos abierto ―respondí haciéndome la valiente.

Entonces, mi madre levantó la ceja derecha. Eso solo podía significar dos cosas: que nos iba a dar una lección de la vida, nos castigaría de por vida sin bollería los sábados, o podía significar que nos estaba a punto de revelar algo importante. Como cuando nos compraba de sorpresa alguna piruleta y la tenía escondida detrás de la espalda. Sentía la intriga en los hombros de mi hermana. Yo me esperaba lo peor pero la dejamos hablar.

―Era yo quien llamaba. Y habéis hecho lo que teníais que hacer: no abrir a nadie ―, bajó la ceja y sonrió socarrona. Recogió el abrigo y se fue a la cocina.

―Y limpiarlo todo ―, escuchamos que decía desde la cocina.

Mi hermana y yo nos miramos, levantamos los hombros y empezamos a reír. Las carcajadas se oían desde el quinto.

sábado, 21 de septiembre de 2013

LA ESCALERA



Después de tanto andar, por fin, llegas al tramo de la escalera. Levantas los ojos y un racimo infinito de peldaños te espera. No ves el final. ¿Acaso importa? Los que te has ido cruzando hasta el momento, se compadecen en silencio pero te dejan seguir. Ya estás allí y tu mochila es ligera. Las piernas no te pesan y la espalda por el momento se mantiene  vertical. Así que decides dar el primer paso. Subes un peldaño, y otro, y otro más.

Te lo tomas con calma, inspiras y exhalas  varias veces, lentamente. Acordarte de la canción de tu infancia te ayuda en la escalada: atempera tu respiración y los pies se mueven al ritmo.

El sol se alza y se esconde entre una bruma semi transparente. Parece que ambos juegan a perseguirse. Es precioso. Pero los escalones continúan ahí, te invitan a seguir. Y así lo haces.

Una mañana te cruzas con dos viejos que esperan. Te miran y levantan la barbilla a modo de saludo. Sus ojos transmiten cansancio y sus dedos se agarran con fuerza. Parecen frágiles espigas agarradas con fuerza en el aire. Tienes una extraña sensación de serenidad que te recorre el espinazo desde las pantorrillas. No te atreves a preguntarles si contemplan el paisaje o han desistido en su misión. Sigues tu camino.

Varias noches te sorprenden y los días te embrujan. Poco a poco tu mente se acostumbra al camino: árido y aburrido a ratos. Te cantas, te reís, en ocasiones brincas o aprietas el paso. Empiezas a contar los peldaños pero al llegar a mil novecientos setenta y ocho decides parar.

Un día te cruzas con dos amigas de la infancia; otro, con una vecina. Meses más tarde, te alcanza un viejo amigo.

―Te he visto desde lejos y he apretado el paso para saludarte ―te cuenta mientras compartía algo de comer.

Decidís andar juntos un tiempo, recordáis vuestras fiestas de juventud, o las noches de sexo sin compromiso. Pero, unas semanas más tarde, él decide quedarse a contemplar el sol. Tú sigues tu viaje.

Otros te acompañan en tu ascensión. Cada uno a su ritmo, como un baile solitario. Hay quien se esfuerza en apretar el paso y acaba por ahogarse. Muchos se detienen e intentan rehacer sus pasos. Es inútil.Otros se liberan poco a poco de objetos inútiles. Han sobrecargado su mochila y  les pesa. Te apiadas de ellos y  les ofreces tu mano para seguir. Muchos la desprecian, quizás por orgullo o afán de superación.

Solo uno te responde. Es un tipo algo más alto que tú, el pelo y las barbas largas, muy negras, parece que quisiera esconder su mirada. Te recuerda un gato triste. No lleva mochila, tan solo una funda de algodón a la espalda. Parece un estuche musical.

―Es mi clarinete ― dice.

―Parece algo importante ―te interesas. En tu bolsa apenas llevas un cuaderno y tres lápices.

―Lo es. Allá arriba daré mi mejor concierto.

Te enterneces al imaginar a ese tipo en la cumbre, abriendo lentamente la cremallera de su estuche, sacando el instrumento poco a poco y limpiando la boquilla. Todos esperando a que empiece. Miles de ojos pendientes de su inesperado concierto. Seguro que su canción empezaría lenta, algo triste, pensaste. Quizás se animaría después, con un trino de agudos y ritmos tangueros. Lo que te tiene realmente impresionada y a la vez curiosa es cómo lo haría. Es un hombre con ocho dedos: cinco en una mano y tres en la otra. No crees que eche en falta los dos que le faltan porque en ningún momento hace el amago de esconder su mano izquierda. Como no se presenta decides bautizarlo C.

C. y tú decidís, de algún modo, subir juntos un trecho. A veces os miráis y os sonreís para daros ánimos. No habláis mucho. Vuestro respirar parece haberse acompasado y te sientes cómoda a ese ritmo. C. te cae bien desde el primer minuto. Parece un hombre con las ideas claras. No es guapo pero algo en sus ojos irradia un brillo honesto, como cuando el sol se despereza tras las montañas de tu hogar. A veces te señala una nube con forma de lirio. Otras, se pone a bailar. Así de repente. Y tú te ríes.

Un día os sorprende una marea de gente que baja. O al menos lo intenta. Mueven los pies, corren y saltan como si quisieran bajar por una escalera mecánica que sube. No pueden pero se esfuerzan. Cientos de personas os cruzan con prisas, algunos se atropellan y decidís apartaros del camino. Una chica de pelo largo y ojos azul cristalino empuja a C. y éste cae al suelo. Como una pelota de tenis en la arena. Le alargas la mano y C. la rechaza. Tiene la cabeza gacha y oyes que empieza a sollozar. Tras varias jornadas de camino le has cogido cariño y te arrodillas a su altura.

― ¿Te has herido?

―Me duelen las cosas ―responde entrecortado. Esconde los ojos tras el flequillo y sus hombros se bambolean.

―No te conozco a penas, pero siento como si ese empujón te hubiera dinamitado algún cimiento ―, le respondes con sincera preocupación.

―La chica que corría hacia abajo. La que me empujó... Hace un tiempo me amaba, dijo que me quería. Dijo que era el hombre de su vida ―. Se mira las uñas, parece buscar un universo entre el espacio de sus tres dedos solitarios.― Ni siquiera me ha visto ― explica con dificultad. Se traga sus lágrimas y rompe a llorar.

―Entiendo ―le dices. Decides sentarte a su lado. No hay más opción: responder sería inútil. Le acompañas en ese momento, a veces le aprietas el hombro o simplemente esperas a su lado.

Pasáis tres días en ese lugar. C. sigue triste pero ya no llora tan a menudo. Sus ojos se esconden  tras una tela gris que no se ve pero que ensombrece al mirarlos. Lo notas. Piensas que C. no se moverá de ese lugar en mucho tiempo. Te apena verlo tirado en el suelo. Duerme mucho y cuando despierta, está como ausente. Pruebas a hablarle de ti. Le cuentas que hace unos meses, te encontraste con un antiguo amor. Él también subía. Una bella mujer y tres niños le acompañaban en la ascensión. Iban lentos, al ritmo del pequeño. Os saludasteis e intercambiasteis viejas anécdotas. Pero no podías quedarte con ellos. Debías seguir tu camino. Y así lo hiciste.

―Al despedirnos, sentí como si mil agujitas se clavaran en el espacio que queda entre los pulmones y el corazón.

C. te mira y asiente.

―Pero él ha rehecho su vida y yo también. Nuestro amor fue y lo llevo siempre dentro. A veces es lo que me ayuda a seguir subiendo ―.Te sinceras―Pero no es lo único que me motiva. Si ahora sigo es por mí. Ni por él, ni por ti, ni por nadie. El amor está en mí. Por eso sigo subiendo.

C. menea la cabeza de derecha a izquierda. Está claro que no comparte tus ideas y vuelve a llorar.

Tres días más tarde, te levantas. Le das un beso en la frente y recoges tu mochila.

―Me encantaría escucharte en tu última canción ― te despides y continuas tu camino.

Curiosamente a  cada paso te sientes más ligera. Sigues andando. No importa el destino.
 

viernes, 13 de septiembre de 2013

VOLVER A EMPEZAR


Aún con los ojos cerrados siento una punzada en la ceja derecha. Intento abrirlos pero una luz blanca me ciega. Mi cabeza está abotardada. No oigo nada. Tan solo el zumbido de la electricidad corriendo por algún cable. Me vuelvo a dormir.

Vuelvo en mí y no sé cuánto tiempo ha pasado. Ya no me siento pesada y puedo mover las pestañas sin dolor. Me incorporo en un camastro de colchón fino. ¿Estoy en un camarote? No siento oleaje ni vaivén. A mi izquierda hay una litera y delante un armario sin puertas. Noto los pantalones mojados. Quizás me he meado mientras dormía. Salgo y me encuentro con varias mesas de picnic de madera, bajo unos árboles frondosos. Los cubiertos están puestos. También los platos y los vasos. Todo es de plástico. De ese más resistente. Duro. No recuerdo como he llegado hasta este lugar, ni qué estoy haciendo en esta especie de campamento para adultos.

Hay más personas, algunas ya están sentadas esperando la comida. Otras deambulan sin rumbo fijo. Unas pocas están sentadas sobre una gran roca y fuman compulsivamente. Ninguna sonríe. De repente, nos llaman y todos formamos una fila de a tres. Me uno al grupo. El temor a ser diferente es más fuerte que mi desconcierto. Supongo que son los mecanismos de supervivencia.

Nos llevan a una especie de atracción de feria. Cada dos subimos a una especie de coche de tracción, sin ruedas. Va a raíles y está a ras de suelo. Me cuesta encajar las piernas y las rodillas me tocan la barbilla. Todo se pone en marcha y nos echan agua a la cara. Unas  ráfagas de luz blanca y amarilla me impiden ver el recorrido. Al terminar, ya tenemos preparadas las ropas nuevas. Me siento bien con las bragas limpias. Pero necesito ir al baño.

Los baños son enormes, como los de un camping internacional. Hay dos puertas de entrada y una de salida. Las paredes están alicatadas con piezas blancas. Una señalética me indica que las duchas están separadas para hombres y mujeres. Los inodoros, no. Están a la vista, en medio de la estancia. Hay, eso sí, que subir un par de escalones para sentarse. Me siento y parece que estoy en un trono.  Las gentes me miran y algunos me hacen muecas. Dos o tres me sacan la lengua de forma lasciva. Solo hay un chico, uno alto y medio rubio que me sonríe forzado. Me sorprende y pienso que quizás también él se siente acorralado.

No me gusta este lugar. Quiero volver a mi casa. ¿Pero dónde está mi hogar? No lo recuerdo. Solo recuerdo un césped verde y una brisa que me despeina. Algo me dice que tengo que huir. ¿Estoy en un manicomio? ¿Es un campo de concentración? No quiero ni puedo pensar en los por qué. Solo tengo una misión: escapar cuanto antes de este extraño lugar.

Por la noche oigo ruidos en el camarote de al lado. Entreabro la puerta y veo como el vecino se está follando a una japonesa. Antes lo he visto con otra mujer más joven. Parecía su esposa. La japonesa gime muy fuerte. Parece que se queja pero no entiendo el japonés. Tengo miedo y, esa noche, me cuesta coger el sueño.

La alarma del desayuno me despierta de golpe. De camino a la zona de picnic, me cruzo con el rubio y le sonrío. Intento decirle con la mirada que esto no me gusta, que me voy. Hoy mismo. Espero que me haya entendido porque sus ojos también claman algo de libertad. Aprieto el paso hacia los baños. Los paso y sigo por el camino de grava. Un grupo de unas seis personas se cruzan en dirección contraria. Yo sigo por el camino bosqueado. Al poco descubro que hay dos que me siguen y miran a los lados con miedo.  Uno es un tipo gordo y parece que le cuesta apretar el paso. Me pregunto si llegado el momento podrá echar a correr. Lo dudo. El otro es el tipo alto y rubio. A pesar de la distancia que nos separa consigo ver una etiqueta en su camisa: “A. Propita”. El apellido me suena a rumano. Así que decido bautizarlo Alex.

El gordo, Alex y yo nos hemos juntado y bajamos el camino que ahora hace pendiente. Llegamos a un cruce con una carretera asfaltada. Al otro lado de la carretera un grupo de vigilantes bebe y fuma despreocupados.

―¡Eh! ¡Alto ahí! No pueden pasar la línea roja ―grita uno al vernos bajar por el camino.

El gordo y yo bajamos la mirada a la vez. Efectivamente, en el suelo, hay pintada una línea roja de unos cuatro dedos de ancho. Al final está la frase “Línea roja”. Supongo que a los daltónicos les va bien el mensaje escrito.

Los vigilantes se levantan. El gordo se asusta y hace el amago de escapar, se tropieza y cae. Mis sospechas se confirman. Tres de los vigilantes lo agarran con fuerza y le llevan las manos a la espalda. El cuarto vigilante nos ve avanzar y saltar la línea roja. Alex y yo apretamos el paso y bajamos la carretera asfaltada. Pasan tres coches y varios ciclistas. Estamos a la vista por lo que el vigilante que nos sigue debe disimular. Ahora entiendo que, de algún modo, nos tenían escondidos.

―Por aquí ―me indica Alex y nos metemos en un túnel. A la entrada del túnel  hay una maleta abierta. Cojo un par de relojes de pulsera y cinco billetes. Le lanzo un reloj a Alex y éste lo recoge con elegancia. Se lo pone y me señala una motocicleta.

―No nos da tiempo. Sigamos corriendo ―me dice.

Al entrar, las luces del túnel se apagan. Me giro y en la boca veo al vigilante que se monta en la motocicleta. Parece que le cuesta arrancarla y eso nos da cierta ventaja.

A lo lejos veo un polígono y humo que sale de dos chimeneas gigantes. La civilización, suspiro.  Alex señala.

―La estación ― grito y empiezo a reír. Alex asiente y me sonríe de nuevo. Ahora me doy cuenta del brillo de sus pupilas azules. Y del hoyuelo que se le forma en la barbilla al sonreír. Me gusta.

Vemos el ascensor que está a punto de llegar. A lo lejos, oigo el motor de la moto que ruge con dificultad pero que consigue avanzar.

Alex me coge de la mano y entramos en el ascensor circular. Es como las puertas giratorias de esos viejos hoteles de antaño pero sin salida directa. En el ascensor circular solo caben siete personas. Alex y yo conseguimos entrar los últimos. Las puertas se cierran y nos apretamos con el resto de pasajeros. El olor a sudor y agrio es muy fuerte. No recordaba que estábamos en verano. Pero me alegro que de alguna forma hayamos ganado ventaja al vigilante que nos persigue con la motocicleta.

El ascensor circular, que se parece a un teleférico, baja dando vueltas sobre sí mismo y llegamos, por fin, al andén principal. Controlo el mareo mirando fijamente el reloj de Alex en su muñeca.

El andén está lleno de gentes y eso me alivia. Alex me indica con la mirada que mire detrás de nosotros.

―Mierda, la moto ―. Está aparcada en la entrada. Busco pero no veo al vigilante. No verlo pero saber que nos está buscando, de alguna forma, me asusta todavía más.

El tren estaciona en la vía cinco. Alex me coge de la mano y saltamos a la vía. Es más rápido que correr por el paso subterráneo. La vía está llena de piedras medianas que me hacen tropezar. Alex, al tener las piernas más largas, llega antes al andén. Sube y se gira. Yo me tropiezo. El vigilante parece que nos ha encontrado porque Alex me pide que corra, que el vigilante está cerca. Las piernas me pesan y me cuesta subir al andén. Alex alarga la mano y me sube con fuerza. Yo lo miro, le sonrío y le doy un beso. En los labios. Me lo devuelve.

El pitido de salida del tren nos devuelve  al momento y, de un salto, nos metemos en el último vagón. Vemos el vigilante que entra en el andén. Camina muy rápido, se acerca al vagón. Al tercer pitido, las puertas del tren se cierran con un golpe seco. El vigilante se ha quedado fuera. Podemos ver sus muelas maldiciéndonos y la rabia en la comisura de sus labios, babeando. El tren arranca con nosotros dentro.

Respiro hondo. Alex me aparta un mechón de pelo y le sonrío. Con las uñas, yo le arranco la etiqueta de la camisa.

domingo, 1 de septiembre de 2013

HAMBRE Y JUEGO



Hay ocasiones en las que me sorprendo en un punto fijo. El mundo desaparece a mi alrededor y bailo con el viento. Me quito la ropa. Toda. No importan los gritos, ni la lluvia. No importa el sofoco ni el hambre, el llanto o la risa. Solo me fijo en ese hilo que nos une cuando bailamos. Así, lentamente. Como si masticáramos el mismo sol.