domingo, 10 de julio de 2016

RENDICIÓN Y LIBERTAD





A menudo piensas. Recompones el pasado en frases y sentencias. Reeditas tus ideas en un álbum de certezas imaginadas. Y te dices que esto es: te reafirmas en la razón. La que tienes. La que buscas.

Y la anhelas fuera, en las letras, en las normas, en ese otro que te confirma que a menudo piensas. Y piensas bien. Y piensas mal. ¡Qué más da! No hay nadie. En el fondo nadie te confirma en qué mar te encuentras. Buscas y buscas fuera de ti esa boya a la que agarrarte en el vaivén de la vida.

Y tienes miedo a equivocarte. Y tienes miedo de acertar. La vida siempre te ha servido el postre incierto. Ebrio. Desbocado. Desbordante. Vas y vienes. Vienes y vas.

Te hundes y flotas. Navegas a la deriva. Necesitas agarrarte fuerte a tus palabras. Y sabes cómo hacerlo. Te agarras con fuerza.

Tanta, que los nudillos te sangran. Tanta, que las manos te tiemblan. Tanta, que ya no estás seguro de si agarrarte es mejor que soltar.

Y sueltas. Con miedo. Te desprendes del anclaje. Te desprendes del deber. Te desprendes y empiezas a bailar.

Rendición sin música. Empiezas a bailar, a rodar y rodar. Caes y te levantas. Ruedas y saltas. Brincas y te mareas.


Ay, qué lindos, tus pies en movimiento. Ay, la belleza de verte, por fin, en libertad. 




jueves, 7 de julio de 2016

TARDE DE DOMINGO




No quiero que termine esta tarde de domingo. Donde los árboles susurran caricias a los pájaros y el calor se pega como una calcomanía en nuestros cuerpos. 

No quiero que termine esta tarde de domingo;  que siga nuestro café humeante. Y la luz de tu sonrisa. Me invitas a un helado y nos gastamos una  broma.

Reímos.

No quiero que termine esta tarde de domingo. La quiero eterna. Laxa. No quiero pensar en palabras complejas, como controvertido o displicencia. Me quedo con la comisura de tus labios, tu mirada y un qué tal.


No quiero que termine esta tarde de domingo. Déjame que bese ese lunar que tienes en la mejilla izquierda o  busque tus ojos en mi nuca cuando abres el portal. Y sonreírnos los dos. Déjame que te llene el pecho de granitos de ternura. Hagamos que nuestras manos se fundan en un reloj de arena infinito, tocándonos a ciegas. Sintiéndonos el paladar. 

Brillándonos el alma. 



martes, 5 de julio de 2016

FONDOS Y FIGURAS







A  R.P.Y. con mucho humor.


La mujer ya no conserva ni una sombra de lo guapa que fue . Su marido, tampoco. Ella se obliga a teñirse cada tres semanas y le han salido tres pelos en la barbilla. Tiene la mirada perdida y le gusta morderse los pellejos de las uñas. El hombre dejó de fumar hace unos años y se volcó con la cerveza. Ya no se afeita cada día y tampoco necesita cinturón en los pantalones. A veces  salen a pasear y se toman un bitter kas a la sombra. No se cogen de la mano casi nunca y hay días en que apenas se cruzan dos palabras.

― ¿Dónde llevamos a tu madre hoy?―pregunta el hombre mientras se enfunda la bandolera al hombro.
―Al paseo marítimo. Se entretendrá con la gente pasar―responde la mujer mientras cierra todas las puertas de la casa para que el fresco no se escape.

Madre e hija tienen los mismos ojos. Duros. Las cejas de la vieja son tan gruesas que parecen de otro mundo. Las caderas anchas, muy anchas y los vestidos con flores, con muchas flores. Camina con las piernas arqueadas y cada mañana, en ayunas y a escondidas, se toma una copita de anís. No usa gafas aunque las necesitaría y odia a su yerno. Pero su hija, de eso, no sabe nada, por supuesto.

Ya llevan una hora sentados en la terraza de un bar del paseo marítimo. En la mesa, dos bitter y una gaseosa. Los hielos se derriten lentamente. Como el tiempo. O la conversación. Inexistente, lánguida.

―Hace calor― gime la vieja mirando al horizonte. Y deja salir una tos seca. Nadie contesta. Es evidente: hace calor.

El yerno levanta el dedo y el camarero les trae otra ronda y una cestita de patatas fritas. La vieja se bebe de un trago su gaseosa y coge una patata. Crec crec crec. La mujer echa el bitter en el vaso de tubo pero espera a que los hielos lo refresquen. El hombre se queda quieto y de tanto en tanto se rasca la entrepierna.

No se miran. No se hablan. Ni el tintineo de sus vasos al apoyarse en la mesa les devuelve a la realidad. ¿Qué estarán pensando? Únicamente comparten la dirección de su mirada perdida. Los tres miran al mismo horizonte, allá en el paseo.  El reflejo lejano del azul del mar parece que les recuerda que su futuro sigue lejos. Como su presente; tan lejos, tan lejos. Tres figuras en un mismo plano y tan en perspectiva al mismo tiempo. Como un cuadro costumbrista donde los colores  importan más que los trazos. Y los trazos son vagos. Sin vida. Como tres fantasmas sentados en sus sillas de plástico blanco, bajo la sombrilla de marca y bebiendo para amortiguar el calor. En espera de algo que no llega.

Una paloma empieza a picotear las migas de debajo de la mesa. La vieja sigue comiendo patatas. Coge una con dos dedos y se la mete entera en la boca. Su masticar es duro, lento.  El matrimonio ni se inmuta. Siguen con la mirada perdida. Y coge otra patata, y otra. Crec crec crec. En el horizonte hay un velero quieto.

Se acaban las patatas y la vieja se sacude las migas de la falda. Tres palomas corren a sus pies para pelear por las últimas que caen. Arrullan y picotean esas migajas del silencio. 

Entonces la vieja da un golpe en la mesa y se levanta. Hombre y mujer se miran sorprendidos.

―Vamos―espeta la vieja contundente. Su hija la coge del brazo y baja la mirada. El yerno paga y las sigue.

Los tres marchan paseo abajo. La vieja y su hija delante. El hombre, un par de pasos por detrás. Las manos cogidas a la espalda. 

Tres figuras y un fondo sin vida como vértices de un sol que ya amortece tras el horizonte. Sabiéndose poco. O nada.

domingo, 26 de junio de 2016

EDADES POLARES

La vieja parece más vieja de lo que es. Tiene la mirada perdida y las manos parecen ramitas de cerezo sin florecer. Va en silla de ruedas y hoy lleva un vestido gris de mangas largas aunque alguien se las ha remangado a la altura de los codos.
La niña es pequeña, muy pequeña. Le acaban de salir dos dientes y tiene el pelo rubio oscuro. Se sostiene los rizos rebeldes con un coletero en forma de flor. Balbucea de tanto en tanto y los carillos se le hinchan cuando muestra alegría o interés por algo. Está amarrada al cinturón de su carrito y no lleva calcetines.

La vieja y la niña comparten velador para desayunar. La vieja acompaña a sus hijas y la niña, a sus padres. Cada familia en una mesa dándose la espalda. Como las puntas lejanas de una larga  madeja de lana. La vieja ya no recuerda como masticar y se entretiene con una cuchara de metal dándole vueltas a su compota de pera. La cuchara ya estaba en su casa cuando su madre se casó. Es de las buenas, de las de  plata.
La niña no come ni bebe. A veces se entretiene con los botones de su vestido blanco o levanta la mirada al escuchar el arrullo de una paloma. Es inquieta y mira a su alrededor como si cada movimiento fuera algo sorprendente; como si cada sonido fuera una melodía por descubrir, como si nada fuera conocido. Y no lo es.

La vieja que no parece tan vieja alarga la cuchara hacia la niña. La niña, que se da cuenta del propósito, alarga su brazo hacia la vieja. No llega. La vieja tampoco. No se dicen nada. La niña porque aún no sabe hablar. La vieja, porque ya olvidó cómo se hacía y tampoco tendría nada que decir a estas alturas. Apenas diez centímetros separan la cuchara de plata de la manita rechoncha de la niña que la mira con deleite. Apenas diez centímetros y más de ochenta años. Una vida las separa. Y las une al mismo tiempo. Unidas por esa cuchara de plata que alimenta a la una y desea alimentar a la otra. La vieja en su silla de ruedas, la niña en su carro. Ochenta años de diferencia y tantas cosas en común.

A los cinco minutos, las manos de cerezo de la vieja ya no pueden sostener la cuchara de plata y la dejan caer al suelo. Los carrillos de la niña se hinchan y saca la lengua al escuchar el estrépito. Se ríe y patalea. Entonces las hijas de la vieja se giran, recogen la cuchara del suelo y, mientras la limpian con una servilleta de papel, le espetan a la cara: “Pórtate bien o nos volvemos a casa. Hoy ya te quedas sin postre”. Y resoplan cansadas.

Los ojos de la vieja parece que no entienden, menea la cabeza de un lado al otro y el pie derecho le empieza a temblar. Su brazo sigue alargándose más y más hacia la niña. Las hijas de la vieja, entonces, se levantan y, mientras una paga en la barra, la otra coge la silla de ruedas y le da la vuelta. Se van. Lo que nadie ve es que justo al pasar por detrás de una de las sillas, los dedos acartonados de la vieja consiguen entretejerse levemente en los rizos de la niña. La niña patalea  y mueve sus manitas. No consigo verlo bien, pero sospecho que la vieja sonríe triunfante.


lunes, 20 de junio de 2016

EL GATO NEGRO




Hay un gato negro en el techo de mi salón. Se pasea y contornea sus caderas con esa actitud que suelen tener los gatos negros que se pasean por los techos de los salones. A veces corre de la lámpara al foco y del foco a la máquina de aire acondicionado. O toca con sus patas el raíl de la cortina. Pero nunca hace el amago de bajarse. Al principio fue una sorpresa: entrar en casa y, de repente, encontrarme con el gato negro en el techo. Boca abajo. Me miraba con cara de mal amigo. Yo no lo conocía y, por la forma en que sus orejas se erizaban hacia abajo, yo tampoco le resultaba familiar. Intenté bajarlo sacudiéndolo con la escoba, enchufándole con el aspirador o asustándole con el abanico de cuero que me traje de mi último viaje a Bali. Nada. El  gato negro ni se inmutaba. Se aposentaba aún más cómodo en el techo y meneaba la cola espantando las moscas del principio del verano. A la quinta semana me resigné a dejarlo ahí arriba.


Hay un gato negro en el techo de mi salón y ya no me lo quiero quitar de encima. Hay noches que lo oigo maullar a la luna o responder a un búho que parece saludarnos antes de irnos a dormir. He intentado darle de comer con seis tenedores unidos uno al otro con cinta de embalar. Parece que no le gustan mis tortillas ni mi lubina al horno. Eso sí, lo vuelven loco los tortellini a la carbonara : abre la boca asomando los colmillos con la cabeza boca abajo y con la pata se agarra el trozo de pasta y se lo traga sin masticar.  

Parece que él se ha acostumbrado a mi manía de bailar locamente mientras limpio el suelo porque a veces lo he pillado riéndose por encima de los bigotes. Y yo, poco a poco, me voy acostumbrando a su pose de falsa modestia, su mirada de envidia malsana y su plácido estar.

viernes, 17 de junio de 2016

TÚ NO SABES NADA









No sabes nada. No sabes que a veces me quedo embobada mirando a la gente pasar e imagino escenas surrealistas de su vida cotidiana. No sabes que hay días en que me despierto a media noche y escribo mis sueños. No tienes ni idea. Ni que algunas mañanas me exprimo tres naranjas del tirón para un vaso y medio de zumo porque el primero me da más sed. No sabes que las cosquillas las tengo en los pies, por detrás de las rodillas y en la punta de la nariz. No conoces el número de lunares que tengo en la espalda. Nada. No sabes nada. Tampoco  tienes ni idea de lo cobarde que me siento a veces; o de lo que me cuesta enfadarme. Ni de lo fácil que es hacerme reír. No sabes lo que me cuesta cuando me presentan a alguien por primera vez ni que me encanta el té con hielo. No sabes que odio las habas ni cómo me emociona ver  un hombre llorar. Tampoco sabes que me encanta bailar mientras limpio. Que me encanta bailar sin excusas. No sabes que mi dedo preferido es el pulgar izquierdo. Ni que me muerdo el labio inferior cuando me siento nerviosa. No. Tú de todo esto no sabes nada.