domingo, 29 de diciembre de 2013
¿BAILAS?
Cuando un amigo te mira y te dice que la selva está en ti, que bailas como echando raíces en un continente más africano, que ya nada importa porque todo está en ti... ya solo te queda respirar, buscar un punto fijo y seguir bailando.
martes, 17 de diciembre de 2013
(NO SIEMPRE) BASADO EN HECHOS REALES
Me acuerdo del color azul de las escaleras que subían a mi
clase, en la guardería.
Me acuerdo del sabor aterciopelado del zumo de melocotón en
lata pequeña que mi madre me metía en la bolsita de tela cuando iba a párvulos.
Recuerdo que solo podía comer bollería los sábados por la
mañana: bollycaos, donuts, phoskitos o tarzanitos.
Recuerdo que nunca me gustó la pantera rosa, ni la película
ni los pastelitos.
Recuerdo las noches de Robinson en los campamentos de
verano: en grupos de cinco o seis nos dejaban vagabundear por el campo,
construir cabañas con palos y los plásticos de nuestros chubasqueros, una bolsa
con escasa comida y una cantimplora. No podíamos volver antes de 36 horas.
Recuerdo que hubo una época en que me gustaba jugar a hacer
la maleta e irme de casa. Sacaba la ropa del armario, la volvía a doblar, la
metía cuidadosamente en una cesta de mimbre ( de esas que se llevaban a la
playa), la cogía por el asa, abría la puerta y me despedía de mi madre, que me
miraba impasible desde la cocina. A los cuatro segundos le daba al timbre; ya
estaba en casa de nuevo.
Me acuerdo que a mediados de octubre ya pensaba en qué
postal de navidad le haría a todos mis amigos esas navidades. Poner o no poner
purpurina dependía de si ese mes me tocaba paga o no.
Me acuerdo que mi otro abuelo nos llevaba al otro lado del
puerto a comer altramuces. Cogíamos las golondrinas que había delante de la
estatua de Colón, nos compraba un cucurucho de altramuces ( o garrapiñadas o
pipas de calabaza), mirábamos los pescadores y volvíamos a la hora de comer.
Me acuerdo que yo siempre prefería el frigo pie, porque era
de fresa y me recordaba a un yogur helado. Más tarde aparecieron los yogures
helados y me pasé a los cornetos de vainilla.
Recuerdo que en las cenas siempre apartaba las habitas de
los potajes. Sigo haciéndolo.
Me acuerdo que los domingos siempre había para comer o
paella o pollo asado. Me encantaba como crujían las patatas fritas de la
churrería de la esquina. Eran las más grandes que había visto.
Recuerdo que de pequeña quería vivir en un árbol. En clase
de dibujo libre siempre pintaba un gran árbol con una cabaña en lo alto de su
copa.
Me acuerdo de los juegos de disfraces con mi hermana. El
batín japonés de mi madre lo ha heredado mi hermana. Hay ocasiones en que
todavía se lo pone para estar por casa.
Recuerdo que no me gustaba nada ir a la peluquería. Durante
tres veranos mi madre ordenaba cortarme el pelo, corto como un chico.
Me acuerdo de mi primer beso, en París. En las escaleras
rojas del hotel de carretera en que nos alojamos en el viaje de fin de curso. Los
profesores nos dejaron quedarnos hasta más tarde, solo a nosotros dos. Se veía
venir.
Recuerdo la papelería de la esquina de mi calle. Me gustaba
comprar pegamento y robar chucherías cuando la dueña se giraba para buscar una
libreta que no necesitaba.
Recuerdo el día que mi abuelo dejó a su segunda esposa y se
alojó en la nuestra. Las cuatro primeras noches durmió en el plegatín pero
luego le dimos una habitación y mi hermana y yo volvimos a compartir literas.
Murió diez años más tarde.
Recuerdo que el día de mi comunión me levanté con el ojo
hinchado: me había picado un mosquito. No me gustó nada ese día; de hecho yo no
quería hacer la comunión, mi abuelo cambió la iglesia un mes antes y la hice
tres semanas más tarde que el resto de mis amigos. No conocía a nadie. Y además
era la más alta. En todas las fotos salgo de perfil.
Recuerdo la primera vez que me afeité el pubis. Me picó
durante una semana y no se lo conté a nadie.
Me acuerdo que en el instituto me estiraba las mangas de las
camisetas para tapar mis manos. El profesor de matemáticas siempre me echaba la
bronca y yo le decía que no quería salir a la pizarra.
Recuerdo que un año me disfracé de sandía. Las pepitas se me
cayeron antes de llegar al colegio.
Me acuerdo de las fotos polaroid que los Reyes magos dejaban
en la mesa del comedor para que viésemos como habían dejado los regalos aquella
noche.
Me acuerdo de todos los chicos con los que me he acostado.
Algunos no se acordarán de mi.
Me acuerdo que mi primer relato lo escribí el día que me
cambiaron de colegio: empezaba segundo de EGB en una nueva escuela y a mi
protagonista le daba miedo conocer gente nueva.
jueves, 28 de noviembre de 2013
UN CAFÉ, SOLO
HOMBRE y MUJER en la quinta planta de un centro comercial. La mujer
espera en la entrada del cine y el hombre, delante de un café. Momento de
espera. No se ven. El HOMBRE mira su reloj de tanto en tanto y se coloca unos
cascabeles en el pelo. La MUJER da cortos pasitos arrastrando los zapatos por
el suelo, atada a la cintura lleva una caja de madera. Las caras mutan
lentamente.
Finalmente se
encuentran.
HOMBRE: ¿Dónde
estabas? Habíamos quedado en el café.
MUJER: ¿En el café?
Nada de eso; dijimos en la puerta del cine.
HOMBRE: Sí, sí…
tienes razón. Tú siempre tienes razón… ¡Quedamos en el café hace unos días!
Estábamos en ese mismo café y dijimos de volver a vernos ahí.
MUJER: Pero… si ese
día quedamos en el parque… ¿cómo podías estar tomándote un café?
HOMBRE: Tú estabas
ahí, conmigo.
MUJER: ¿No estarías
con otra y me confundes? Hace tiempo que no tomamos nada juntos, ni un triste
vaso de agua.
HOMBRE: ve, y
pregúntale al camarero. Seguro que te recuerda. Cuando te levantaste hacia el
baño me comentó sobre tus piernas.
MUJER: ¿En serio?
HOMBRE: Sí. Y fue
entonces cuando le tiré la taza en la cara.
MUJER: Ahora
entiendo lo de camilleros…
Se
sientan en una mesa del café. Pausa. Pausa.
HOMBRE: … el parque.
MUJER: sí… recuerdo
unas plantas que te de irían de perlas para el jardín…
HOMBRE: ¿Caras?
MUJER: No sé. Pero,
eran muy… lilas.
HOMBRE: El lila
hace juego con el color de tus ojos.
MUJER: sí.
Silencio. Aparece
el camarero bailando cumbia. Toma nota.
HOMBRE: Un cortado.
Con la leche fría.
MUJER: Un café con
leche. Muy caliente, por favor.
Silencio. Silencio.
HOMBRE: … pero el
lila es un color muy caro, ¿no?
MUJER: más caro
resulta escuchar el corazón de las personas.
HOMBRE: Recuerdo a
mi tío. Le sonaba muy fuerte el corazón. Tanto, que no nos dejaba ver la
televisión por las noches. Bum… bum… bum…
MUJER: A veces
ocurre.
HOMBRE: Entonces,
subíamos el volumen. Y su corazón latía cada vez más fuerte. Bum… buum.. Una
mañana encontramos su corazón enganchado al techo.
MUJER: ¿Y la tele?
HOMBRE: Mi tía
decidió pegarla en el techo también. Para tapar la mancha roja de sangre.
MUJER: Cuando le
coges cariño a algo, no lo puedes soltar.
HOMBRE: Y al revés,
ocurre lo mismo.
Silencio. Silencio.
Silencio. Silencio.
Una gitana malasia
interrumpe con un ramo de rosas. La MUJER niega con la cabeza.
HOMBRE: No,
gracias. Lo estamos dejando.
MUJER: ¿Sí?
HOMBRE: Sí.
domingo, 17 de noviembre de 2013
LOS CHICOS
Cualquier cambio puede darse en la gran ciudad o en un
pueblo rodeado de campos de centeno. Qué más da el escenario cuando lo que
cuenta son las palabras no dichas, los diálogos ocultos y las miradas esquivas.
Y más, cuando se trata de un grupo de chiquillos, una chica llamada Mariló y
unos Perlas que iban en moto.
Los chicos nos encontrábamos cada verano corriendo por las
calles de Villatilos. Mario, Marcial, Marcos y yo sabíamos que debíamos vernos
en la fuente de la pequeña plaza nada más llegar de la ciudad. Un año de
estudios se volatilizaba de repente al vernos y la excitación de tres largos
meses nos entusiasmaba a la hora de hacer planes.
―Vamos a tirarle piedras al cerdo de los Pérez― proponía
Marcial con su pícara mirada tras unas gafas de metal que se le resbalaban
nariz abajo.
―He traído mis canicas, podemos hacer una competición ―decía
Marcos con los ojos gachos, mientras abría una pequeña bolsa de cuero y nos
enseñaba las bolas relucientes. Los dedos le temblaban.
Mario nunca proponía nada interesante pero se unía a
cualquier plan. Era el más rápido dando excusas y escapando de cualquier
problema.
Aquel verano fue el más lento que recordamos. El calor nos
obligaba a pasar las mañanas en el río, buscando renacuajos o ranitas bajo las
piedras, y las tardes en el campo, bajo las sombras de cualquier pino. Porque
en Villatilos ya no había tilos. Los viejos nos contaban que sí, que hubo un
tiempo en que el pueblo tenía un nombre realista, verdadero, fiel. Nuestros
padres se pasaban los días en el bar, lanzando piezas de dominó a un viejo
tapete verde o ayudando a los cuñados en el campo. Nuestras madres se sentaban
en los patios, pelando cebollas y ocultando las razones de sus lágrimas.
Siempre había algún familiar al que recordar a la hora de la cena. Así nos
pasaban los días, lánguidos y pesados.
Una tarde nos paró el guardia. Perseguíamos a los perros,
les echábamos una cuerda al cuello y los colgábamos de las farolas.
―Los soltaríamos en una hora, señor. No queríamos hacerles
daño ―, Mario fue el único que supo qué decir.
―Buscaros otros entretenimientos, chicos. ¿Por qué no os
juntáis con los Perlas?
Los Perlas eran el otro grupo del pueblo: cinco o seis
chicos algo mayores que nosotros. Algunos ya se afeitaban el bigote y dos o
tres iban en ciclomotor. Eso los hacía atractivos y muchas chicas les reían los
chistes. Tuvieran o no tuvieran gracia. Nos miramos todos y levantamos los
hombros. Así que lo intentamos. Nos acercamos al puente. En el puente se
juntaban los Perlas. Se llevaban sus motos y cestas llenas de comida para pasar
el día en la orilla del río. No estábamos muy convencidos de hablarles pero nos
daba curiosidad imaginarlos en bañador, con las piernas peludas. Nos escondimos
tras unas rocas y vimos a los Perlas rodeados de cuatro chicas. Dos iban en
bañador y llevaban sombreros de paja para resguardarse del sol o esconder su
tontería. Solo una nos eclipsó. Vestía una falda corta de color morado y una
camisa de flores medio transparente. El pelo recogido en una gran coleta, larga
y fina que le volteaba a derecha e izquierda cuando caminaba.
―Creo que se llama Mariló ― rompió el silencio Marcial―. Mi
madre dice que es la sobrina del fontanero. No viene mucho por aquí; cada dos o
tres años.
Ninguno de nosotros la recordaba de los veranos anteriores
pero nos enamoró inmediatamente. Nunca lo llegamosa confesar, nunca nadie
planteó su amor a Mariló pero, a partir de ese día, nuestros juegos empezaron a
cambiar. Empezamos a escondernos tras los arbustos, perseguíamos a los Perlas a
donde fueran o los esperábamos agazapados tras la fuente, al caer la tarde.
―Estos Perlas son unos maestros. ¿Habéis visto que siempre
llevan los cascos limpios y relucientes? Ni el viento los despeinan.¡ Y
nosotros tenemos que compartir la bicicleta de Marcial!―, se quejaba Marcos.
Como él, todos sentíamos una cierta admiración por esos chicos mayores,
rodeados de rubitas y que andaban motorizados. Escondíamos nuestro amor por
Mariló tras una admiración bien construida. Nos quedamos callados, con la
mirada ensombrecida y sabíamos que ese era el momento que más nos unía. Pensamos
en Mariló: Mariló en falda, Mariló en bañador, Mariló bajando la calle
removiendo las caderas, Mariló sorbiendo limonada, chasqueando los labios o
humedeciéndoselos ante cualquiera de los Perlas.
Unas semanas más tarde la feria llegó y todo el pueblo se
volvió loco. Las mujeres se peinaron y las viejas empezaron a beber. Los
hombres dejaron de cosechar o de jugar al dominó y se preocupaban por hacerse
la raya bien recta en medio de sus cabezas. Un día entramos en el bar y Marcos
le pidió tres monedas a su padre para los autos de choque.
―La feria es lo más esperado del año, señores. El bar se
llena como nunca. Las mujeres son más bellas y las niñas se hacen mujeres en
una tarde ―, escuchamos que resoplaba el camarero mientras limpiaba unos vasos
y rellenaba la nevera con botellines de cerveza barata.
Lo entendimos esa misma noche. Mariló llegó a las
atracciones del brazo del Perla mayor. Apareció como una reina alumbrada por el
color de los farolillos. Sus ojos rasgados, más grandes y más negros que nunca,
las uñas rojas y los labios también. La melena suelta y peinada a lo casco de
astronauta le daba un aire como de muñeca de porcelana. La vimos pasear por los
puestos de churros, cogida del brazo del muchacho, se sonreía al caminar y los
zapatos de tacón le daban una pose algo más esbelta. El resto de los muchachos
le silbaban al pasar y el Perla mayor les devolvía una mirada asesina o levantaba
el puño y les señalaba la nariz. Entonces, algunos se daban la vuelta y seguían
con el tiro al plato.
Los chicos y yo disfrutamos esa feria como nunca. Nos
zampamos todo el algodón de azúcar que quisimos porque el tío de Mario era el
propietario del carrito de dulces y nos invitaba. También subimos a la noria
con las tres monedas de Marcos y nos imaginamos aves rapaces o espías
americanos. Desde arriba vimos a Mariló que bebía de una botella de cerveza y
bailaba alrededor del hombre de los globos. El Perla Mayor le tiraba del brazo
y le decía algo al oído mientras la subía al Tren Embrujado. Por aquel entonces
todavía no sabíamos que el Tren Embrujado era el lugar preferido de los amores
de verano.
―Vayamos a ver como saltan el aro de fuego ―propuso Marcial,
siempre tan atrevido. Llegamos al descampado y cientos de personas estaban
sentadas en las gradas desmontables. Tres motoristas esperaban en la línea de
salida. Parecían fantasmas negros y no se les veía ni las pestañas con el traje
y el casco. Eran las motos más grandes y potentes que jamás habíamos visto. El
rugir del motor predecía una carrera emocionante. Y ninguno de ellos
decepcionó. Aceleraron y se elevaron por una rampa que terminaba en un aro
prendido en fuego. Entonces, el público enmudeció como aguantando el aliento y
soltó un aaahhh tras el salto del motorista.
―Algún día seré piloto de aviones― dijo Marcos categórico. Y
todos sabíamos que no lo conseguiría si no se volvía más valiente. De lejos se
escuchaba la música estridente de los autos de choque y los gritos de los
vendedores de cervezas y palomitas de maíz.
Excitados, nos dirigimos a la carpa, donde había una
orquesta de verano y todos ya bailaban. Al entrar vimos a Mariló sin los
pendientes y que se tambaleaba a un lado y otro mientras el Perla mayor le
cogía por la cintura y le besaba el cuello, las orejas y le metía la mano por
debajo de la falda. No nos gustó verla con el Perla manos-largas y nos fuimos a
pedir una naranjada a la barra. Bailamos todos. Cada uno a su ritmo, saltando,
brincando, moviendo los pies o dando vueltas. Nos reímos de los mozos
engominados y de las viejas que, sentadas en unas sillas plegables, observaban
a la nuera de turno. Al acabar la música salimos muy contentos, alguien hizo
algún chiste sobre el cantante y todos nos echamos a reír.
Detrás de la carpa, cerca de los baños públicos, nos la
encontramos. Mariló estaba tirada en el suelo con la falda rasgada y la camisa
entreabierta. El pintalabios se le había corrido y el pelo lo tenía muy
alborotado. Murmuraba algo en lo bajo y apenas pudimos entender qué era. Nos
miramos asombrados y, al fin, Marcial preguntó:
― ¿Estás bien, Mariló? ¿Dónde está el Perla?
―No sé… bailábamos…la música… su mano…―balbuceaba.
― ¿Te acompañamos a casa?―se atrevió a preguntar Marcos.
Marcial, Mario y yo nos quedamos inmóviles. No sabíamos que hacer.
―Ay, mocosos… chicos mocosos que me quieren ayudar…―dijo
Mariló mientras intentaba levantarse y se apoyaba en el hombro de Marcos―… no
os hagáis mayores nunca…no os hagáis mayores nunca…
Mariló resbaló y se le rompió el tacón de uno de los
zapatos. Aunque era algo más alta que nosotros, no pesaba y, medio dormida, la
arrastramos como pudimos. La dejamos en la puerta de casa de su tío.
Aquella noche ninguno de nosotros durmió bien. Lo supimos al
vernos la mañana siguiente. Nadie dijo nada. No hacía falta. Aquel día ya no
fuimos a buscar renacuajos ni lagartijas y, aunque a ninguno nos había salido
el bigote, de alguna forma nos sentíamos algo mayores.
viernes, 8 de noviembre de 2013
EL JUEGO DEL SOLITARIO
Cuando llegué a la isla desierta, nunca me imaginé que me convertiría en un caníbal.
La primera noche la pasé en vilo, con los ojos tan abiertos
como los del búho que no dejó de cantar, cada tres minutos durante ocho horas
seguidas. De la fuerza del mar tan solo me quedó una camisa de algodón muy fina
y unos pantalones con las perneras rasgadas, así que me pasé las horas
temblando, con unos movimientos espasmódicos que empezaron por los hombros y se
fueron transmitiendo por el pecho, la cintura y hasta la punta de los pies. El
búho y yo parecíamos un concierto a dos voces, de esos que se hacían en las
noches de verano en mi Bruselas natal. Él con ese ritmo diatónico, ululando
ahora dos veces ahora tres, pero siempre manteniendo el pulso de tres por
cuatro. Y yo, esforzándome por cerrar los ojos y retorciéndome bajo una hoja de
palmera, parecía que mi cuerpo le respondía con dos espasmos como corcheas mal
diseñadas.
Una semana más tarde ya había construido una especie de
cabaña que me resguardaba de las lluvias sorpresa. De hecho no se trataba más
que de tres palos ensartados en la arena y varias hojas entrelazadas entre sí y
puestas encima como una manta deshilachada. Así que casi todas las noches
dormía bajo un colador de goteras que me despertaban húmedo como la boca de una
cabaretera.
Una mañana, aburrido, empecé a desquebrajarme las uñas de
los pies. Tiré de una pequeña astilla de la uña del dedo gordo y seguí con las
del resto de los dedos. Pasé al otro pie y en el dedo corazón se me fue el
ímpetu y acabé por arrancarme la uña entera. Como empecé a sangrar me acerqué a
la orilla para limpiar mi herida y fue cuando lo encontré. Medio enterrado en la
arena gris un cangrejo se escondía. Solo la punta de sus tenacillas sobresalían
tímidas como saludando al sol. Me agaché y le toqué el caparazón. Él , o ella ,
me clavó las pinzas en la mano y volví
sangrar. Después de limpiarme la herida comprobé que el cangrejo no se
había ido y, con la ayuda de dos palos, lo acerqué a mi cabaña. Debía estar
algo aturdido como yo porque se pasó tres horas dando vueltas en círculo a dos
piedras, caminando de lado arrastrando sus diminutas patas y aplaudiendo con
sus pinzas al aire. Me entretuvo toda la tarde y acabé riéndome yo solo. Hacía
tiempo que no me reía con tantas ganas, como si la risa saliera como un vómito
ácido que me subía por la garganta para salir a chorros de mi boca abierta. Le
cogí cariño.
A los dos días decidí bautizarlo Lucy. Lucy era un nombre de
chica, lo sé, pero como el cangrejo nunca me dijo si era él o ella, pensé que
no le importaría responder a partir de ese momento a un nombre femenino.
Misteriosamente Lucy me seguí a donde fuera. Si yo me levantaba para orinar a
media noche, Lucy arrastraba sus antenitas y se quedaba a mis pies mirándome.
Si decidía ir a por más raíces o trozos de corteza para picar, Lucy me seguía,
caminando a mi lado. A veces me preguntaba cómo podía seguirme con tanta
rapidez caminando de lado. Empecé a admirar su elegancia al andar y me
encantaba descifrar el movimiento de sus pinzas al aire. Tres toques, saludo.
Dos toques, cansancio. Si me picaba en el pie ya sabía que no debía molestarla.
Cada vez pasábamos más horas juntos. Éramos como una pareja de novios de hace
muchos siglos: yo le hablaba y ella me respondía con un silencio y dos o tres
toques en los tobillos. Nunca me llevaba la contraria y yo le agradecía que me
acompañara siempre. Le empecé a coger tal cariño que decidí casarme con ella.
La ceremonia fue corta y sencilla y lo celebramos bañándonos en la orilla del
mar al atardecer. Los ojos de Lucy brillaban con el rojo del sol poniente.
Mientras tanto la comida iba menguando en ese islote
perdido. Ya me había zampado todas las
raíces y eso había impedido que nuevas plantas crecieran. Los troncos parecían
el lomo de una rata de alcantarilla, tan lisos y blancos, pues me había comido toda su corteza.
El sol quemaba mi piel y en los brazos morenos empezaron a
salirme una especie de ronchas rojizas que me picaban. Dormido, por las noches,
me las rascaba sin darme cuenta y al despertarme me descubría en un charco de
sangre. Lucy se acercaba y sorbía un poquito de mi sangre. En el fondo, yo
sabía que me acariciaba con amor.
Una de esas mañanas
me desperté moribundo, muy sediento, con la boca seca como un saco de serrín y
Lucy yacía a mi lado. Un rayo de sol le rebotaba en el caparazón y me pareció
ver un arcoíris saliendo de su cuerpecito reluciente. No tuve piedad. Le
arranqué la pata derecha y me la comí.
viernes, 1 de noviembre de 2013
CUANDO MAC GYVER NO ESTÁ AL ACECHO
A su derecha, encima de una mesita de noche, había un
despertador. Marcaba las 12:45. También había una caja de preservativos de látex.
Había cuatro envoltorios abiertos, rasgados con poco cuidado. Se espantó.
Varias imágenes difusas aparecieron delante de su nariz, como una exposición en
movimiento envuelta en una burbuja de humo. Copas de tequila, fogonazos de luz
roja y una música estridente. También recordó vagamente unas manos que le
quitaban la blusa y unos dedos sudorosos que le acariciaban los cabellos. Empezó
a encajar algunas piezas y se giró a su izquierda.
Efectivamente, un chico gordo estaba durmiendo plácidamente
sobre su brazo izquierdo. De su nariz salían unos pitidos enlatados, ahora más estridentes,
ahora más metálicos. La papada le subía y bajaba a cada nuevo ronquido y unos
dedos gordos como calabacines se movían de vez en cuando. Estaba desnudo
también. Al menos de cintura para arriba ya que se había deshecho de la sábana
en su sueño profundo. Parecía una cría de hipopótamo descansando tras un largo
viaje en busca de agua.
La chica de la falda de cuero se sentía atrapada. Literalmente
por el peso del gordo de torso desnudo y figuradamente por una situación
incómoda a la que no recordaba haber llegado por su propio pie. Entonces buscó
con la mirada su bolso tirado en el suelo. Sacó la pierna de debajo
de las mantas y alargó el pie hasta tocar con la punta del dedo gordo el asa de
polipiel. Se estiró y consiguió enlazarlo en su tobillo. Con un movimiento de
bailarina lo elevó y acabó cayendo sobre su pecho. Sonó algo pesado y recordó
el bote de colonia que siempre llevaba consigo. Con la mano que no tenía
atrapada empezó a buscar algo que la liberara. Sacó la pequeña botellita de
perfume, tres horquillas, unas llaves y un pequeño monedero. Por un instante
deseó haber visto toda la seria completa de Mac Gyver y recordar algún truco
infalible en este tipo de situaciones. Pero no pudo; sus padres siempre la
mandaban a dormir en cuanto empezaba el capítulo semanal.
Empezó a impacientarse y a hiperventilar. No podía seguir
secuestrada bajo esa tonelada de grasa sudorosa ni un segundo más. No quería
seguir en esa cama deshecha y deseaba olvidar aquella noche que apenas
recordaba. Era algo visceral que le subía del estómago hasta la garganta. La
respiración entrecortada le hizo sudar y, sin pensarlo, cogió con fuerza el
bote de perfume. Por suerte, andaba todavía medio lleno y pesaba como dos
paquetes de arroz integral. Alzó la mano y lo dejó caer en la cara de su
compañero. Dos, tres, cuatro golpes bastaron para dejarlo inconsciente. Con el
otro brazo y las piernas empujó su cuerpo pesado y al final consiguió apartarlo
levemente. Inconsciente, el gordo era algo más que un peso muerto. Cuando,
finalmente, consiguió arrastrar su brazo por debajo de las axilas blanquitas
del gordo, salió de la cama. Tropezó con una botella de whisky y casi se tuerce
el tobillo. Trastabilló con su otro zapato, recogió la falda, la blusa, las
braguitas y se colgó el bolso del cuello. La idea de salir de esa casa era su
único objetivo y, con las prisas, se olvidó de las braguitas que estaban
tiradas en el pasillo a la cocina. Se fue medio vistiendo en el ascensor y
llegó, por fin a la calle.
Llovía. El agua le mojó los cabellos y le acabo de descorrer
el poco maquillaje que le quedaba. Empezó a caminar deprisa, los zapatos
colgaban de sus dedos y sintió como el frío de los charcos le subía por las
pantorrillas, como cuando, cada mañana, acababa su ducha con un chorro de agua
fría. Pero hoy la ducha era más triste.
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