viernes, 30 de mayo de 2014

COMPETENCIA



Siempre he tenido la sensación de que el día que nací mi padre me cogió en brazos y me miró como quien mira un trofeo: brillante, prometedor. Frío. Duro. Mi madre nunca supo cómo acunarme y decidió enmascararse tras una imagen de exigencia y normativas varias. Por la búsqueda de su mano en mis mejillas decidí, sin saber cómo, convertirme en una niña obediente. Sólo el día de mi octavo cumpleaños comprendí que esa sería mi estrategia para sobrevivir a partir de entonces.

 A mi madre le gustaba decorar la casa con cientos de globos de colores. “Así tus amigos verán cómo celebramos los cumpleaños en casa”, solía decir. Esa tarde se derrochaba en pasteles de nata, bebidas de colores y confeti que caía del tejado. Me encantaban mis fiestas de cumpleaños. Semanas antes ya fantaseaba con esa tarde, preparaba cuidadosamente las tarjetas de invitación que decoraba con purpurinas brillantes y firmaba yo misma. A penas conseguía dormir la noche anterior. Un acto más del éxito social de mi familia: como una eterna obra de teatro, en un continuo pre-estreno esperando la mejor crítica en el semanario teatral. Aunque, por aquel entonces, yo no era consciente de ese objetivo. Lo que más me gustaba era quedarme quieta al pie de las escaleras, con las manos a la espalda y recibiendo, uno a uno, a todos los invitados. Adivinar el regalo que traían en esas cajas de colores con cintas de seda me aceleraba el corazón, como la piel de algún antílope de un tambor africano.

El día que cumplí ocho años mi madre andaba atareada con las vecinas, decorando el recibidor y acabando de untar decenas de bocadillos con paté o chocolate. Los colocaban en bandejas diferentes. Nunca mezclados. En el ambiente se respiraba cierta excitación y me parecía que todo era de color naranja. Mi color favorito. “Este año vamos a montar una gran sorpresa para todos tus amigos”, había dicho mi padre dos días antes. Y  andaba nerviosa por descubrir cuál sería aquella sorpresa. Nadie me quería decir nada. Ni siquiera mi tía, que siempre se había mostrado tan dulce y amorosa conmigo. Solía darme alguna galleta a escondidas justo después de cenar. “Que no se entere tu madre”, y me guiñaba un ojo cómplice.

Mi padre, que se había pasado la tarde sentado en el porche al lado de la mesa de bebidas, se levantó por fin y atrajo a todos los invitados. “Acercaos, todos. Los niños delante”. Me sentía terriblemente emocionada y expectante que no podía ni reír. El momento de la sorpresa estaba cerca. Cuando todos nos habíamos sentado en el suelo mi padre contó que el juego final era una búsqueda del tesoro. “En algún lugar del jardín hay escondido un tesoro muy especial. El primero que lo encuentre se lo queda y además recibirá un trofeo”, explicó muy serio, con la voz de  profesor de química sexagenario. “¿Un tesoro?”, pensé. “¡Qué emocionante!”. No había nada que me motivara más que una competición. Quería ser la primera que descubriera el tesoro. Y me esforzaría por conseguirlo.

Al toque de silbato todos los niños salieron corriendo en todas direcciones. Los más pequeños tardaron en reaccionar y sus padres les cogieron de las manos y, juntos, miraban entre los setos o debajo del mantel. Otros trepaban a los árboles y se dejaban caer de la primera rama. Yo me quedé quieta. Pensaba en la mejor estrategia y cerré los ojos para imaginarme una posible solución al enigma. En ese momento fue cuando sentí la mano de mi madre que me apartaba de las escaleras. Sin soltarme del codo, acercó su cara a la mía y me dijo dónde estaba guardado el tesoro. Luego sonrió maliciosa y me guiñó un ojo. Entonces, me soltó y me empujó hacia delante. Me quedé bloqueada, atrapada entre la tentación de ganar, la compulsión de obedecer a mi madre y la abrumadora, intolerable y vergonzosa sensación de engañar a todos. No dejándome la oportunidad de participar limpiamente, mi madre me había envenenado la espontaneidad; la inocencia. No supe confrontarme y me quedé helada.

Entonces vi a los otros niños riendo y saltando, embriagados por la excitación de la búsqueda del tesoro. Respiré y me tragué el orgullo. Di un par de pasos e hice como que buscaba al azar. Rebusqué tímidamente por detrás de los cubos de basura, levanté un par de hojas secas y abrí la olla del ponche disimulando entre el resto de mis compañeros.

Al cabo de un rato me dirigí sigilosamente al lugar donde estaba el tesoro escondido. Lo vi envuelto en papel de celofana naranja con un lacito rosa. Alargué la mano, lo cogí y aguanté el aire bajo el diafragma. Levanté la mano triunfante mientras en mi cara se dibujaba una sonrisa exagerada. Busqué la mirada de mi madre en la distancia. Estaba de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza muy erguida y taconeaba el pie derecho. Creo que sonreía. Yo también sonreí pero esa sonrisa me dolió como si una aguja de tejer se me clavara en el pulmón.

Todos los niños corrieron a mi lado y me felicitaron tocándome la espalda. A lo lejos creí escuchar el susurro de la madre de uno de los invitados que le decía a otra, “ siempre ganan los mismos”.

domingo, 27 de abril de 2014

MÚSICAS



La noche que Enrique Martín llega a la puerta de la sala de conciertos para revender dos entradas del concierto de moda, su ánimo anda decaído y echa de menos algo que nunca sucederá. El sol tímido empieza a acostarse, como cansado de un día más, y un aire fresco tamborilea las copas de los árboles. Tres hojas secas caen en un baile de jazz. Los zapatos de Enrique Martín se arrastran lentos siguiendo los adoquines no encajables de la acera. A su derecha los automóviles rugen desesperados por llegar antes que nadie al siguiente semáforo. Como él, que corre y corre a una nueva parada. Son irremediables las prisas por llegar a ninguna parte. Varias personas esperan en la puerta cerrada. Se topa con dos amigas de Lucía que, contentas se muerden las uñas mientras se sonríen en la cola.

―¿Hoy tampoco ha querido venir?―pregunta una de ellas extrañada al ver al chico solo.

―Se ha echado para atrás.

― Ya…El amor es como los mecheros: simplemente pasa de mano en mano―asiente la segunda con la cabeza y se despiden con un par de besos al aire. A Enrique se le cierra la gola  como la puerta de un bunker.

Los grandes focos del rótulo se encienden de golpe y ciegan a Enrique por unos segundos. Solo una letra solitaria de la rotulación parece que queda en penumbra. Cierra los ojos y en su cabeza ve a la Lucía del día anterior.

― Claro que me encantaría ir, Quique. ¡Qué ilusión!

Intenta esconder una leve sonrisa. No está seguro de si es sonrisa de ilusión o de resignación.

Lucía y Enrique se conocieron en la oficina de atención al usuario del servicio de asistencia social del ayuntamiento. Él era un traslado y ella controlaba al equipo de cuatro educadores y cinco asistentes sociales. Pronto Enrique demostró habilidad en limpiar las eternas bases de datos y hacer descender las pilas de informes pendientes del distrito. Poco a poco Lucía se fijó en su eficiencia y rapidez. Empezaron con un café, siguió una cena y en dos meses ya vivían juntos. A Enrique lo despidieron al cabo de seis.

―Cariño, pronto vas a encontrar algo―le decía ella constantemente. Pero, en el fondo, Enrique no lo creía. Sentía que esa complacencia era, de alguna forma, falsa.

Así, Enrique se convirtió en el ama de casa perfecta, limpiaba y cocinaba, planchaba y cepillaba al gato. Necesitaba sentirse reconocido por ella. El espejo no le devolvía su imagen sino los ojos de Lucía cuando él se esforzaba por esa relación. Y eso le hacía sentirse útil, querido. Lucía prefería salir, bailar por la noche o apoyar manifestaciones como mareas de gentes. Él prefería sentarse en la terraza a ver pasar las gentes, leer algún libro o simplemente dejar vagar la mente.

Enrique se levanta la solapa de la chaqueta y mete las manos en los bolsillos del pantalón buscando un pañuelo o algo con que enjugarse las lágrimas que se quedan bloqueadas en la garganta. Están vacíos. Se acerca lento a una pareja que parece que espera.

―Tengo un par de entradas. Os las dejo a precio de web―.La pareja se mira y levanta los hombros.

―Unos amigos nos las traen. Están a punto de llegar.

Otra negativa. Otra más. Enrique está acostumbrado a escuchar varios noes últimamente. Levanta los hombros y se aleja a la farola de la otra punta. La luz parpadea como anunciando que pronto va a brillar. Pero , todavía, no. En sus oídos parece oír la voz de Lucía:

―Tú nunca propones nada. Siempre soy yo la que nos empuja a salir―, solía quejarse con los brazos cruzados.

― Es que… yo…―, nunca supo decirle que no. Sobre todo cuando Lucía tenía razón. Incluso el día que decidió dejarlo.

Desde aquel día Enrique se propuso recuperarla, costara lo que costara. Hizo alguna entrevista de trabajo, se compró varios pantalones nuevos y empezó a ir al gimnasio. Cuando ya se sentía fuerte decidió tomar las riendas de la recuperación. Compró las entradas por internet nada más colgar el teléfono y quedaron en verse media hora antes para tomarse unos vinos. Tras la segunda copa y un plato vacío de huesos de aceitunas picantes, Enrique recibió un mensaje de texto de Lucía: “Hoy ha sido un día intenso en el trabajo. Estoy muy cansada. Lo siento”.

El concierto ha empezado y ya nadie espera en la puerta. Una joven sale a liarse un cigarrillo y el portero la repasa de arriba abajo. La luna se esconde entre un par de nubes como si esa noche no fuera con ella. Enrique hace una bola con las entradas y las echa en una papelera. Ésta la escupe y la bola de papel cae al suelo. Un ciclista solitario cruza su camino. Enrique se arrastra con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. De lejos la música se amortigua bajo el silencio de la noche.

 

domingo, 23 de marzo de 2014

LA GRAN BELLEZA. UNA VERSIÓN.



La fiesta del fin del verano se celebra en una finca palacio del siglo XVII. Unas columnas blancas, muy altas y que parecen muy antiguas, le dan a uno la bienvenida a un jardín de setos trasquilados, algunas adelfas de flores rosas y dos o tres pinos muy altos. Un camino de grava, perfilado con antorchas de aceite, dirige a la explanada donde los marqueses ofrecen el cóctel de medianoche. Porque la alta sociedad de Roma suele reunirse a finales de agosto para ver y hacerse ver. Mujeres  estilizadas como una pluma desfilan en vestidos  tan largos como la noche que les espera; algunos hombres en esmoquin y con pajarita sorben de sus copas de cristal mientras otros siguen la moda y llevan desabrochados los tres primeros botones de sus camisas y muestran orgullosos una pelusilla negra que esconde alguna cadena de oro macizo. Unas pocas jóvenes desenfadadas se atreven con escotes generosos decorados con una gargantilla o un colgante de plata. Pelos blancos, grandes rizos, melenas al aire, algún tocado minúsculo y varios peluquines se encuentran de nuevo para comer algo, beber mucho y criticar demasiado.

Muchos conocen a los anfitriones, un matrimonio en sus sesenta que solo se deja ver en alguna salida en velero durante los meses de junio y julio y que nadie vuelve a saber de ellos hasta que reciben la invitación para la gran fiesta del fin de verano que se celebra en su palacio desde hace más de treinta años. Él es un reputado abogado que ha sacado de varios embrollos fiscales a muchas de las familias que allí se congregan, y ella es conocida por su labor filantrópica: invierte grandes cantidades en nuevas promesas del arte moderno.

Esta noche quiere deleitar a sus invitados con un nuevo descubrimiento.

La anfitriona se acerca a una joven pareja que hace apenas dos años que vive en la ciudad. Algunos dicen que son americanos, otros,  australianos. En el fondo nadie los conoce muy bien. Ella es una mujer de mediana estatura, con el pelo cardado al estilo de los años cincuenta y lleva un traje chaqueta de color gris marengo con los zapatos de tacón medio. Parece mayor de lo que es y camina erguida. Su marido es un hombre alto, con los hombros anchos y las manos grandes. Parece que le gusta peinarse porque tiene la raya muy bien definida y el pelo negro le brilla bajo los focos del jardín. Los dos sonríen enseñando los dientes blancos y no se atreven a beber de las copas que sostienen suavemente entre sus dedos.
- Están todos expectantes, hoy- les sonríen la anfitriona. La pareja asiente nerviosa.
Un camarero  susurra algo al oído de la señora del pelo cardado y el matrimonio camina rápido hacia el interior del palacio.

En el pasillo que da a los baños y a la biblioteca hay tres niños jugando a cartas  en el suelo.  Dos niñas de entre diez y doce años visten vestidos rosas, con muchas puntillas, bordados en los calcetines y zapatos planos con lacitos en la punta. El niño es algo mayor, debe tener unos trece, y viste pantalones de raya, cinturón de piel y un polo azul. También va muy bien peinado. El pasillo huele a hortensias y las paredes están forradas de pinturas y esculturas carísimas.

― Adela, hija, ha llegado la hora― le dice la señora del traje chaqueta a una de las niñas. Y levanta una ceja muy seria.

―Ahora estoy cenando. Que se esperen un poco― responde la niña sin levantar los ojos del suelo y echa una carta al improvisado mantel de juegos. Los otros niños se quedan callados y miran la escena como si no fuera con ellos.

― Vamos, cariño; todos esperan en el jardín― le espeta el padre mientras le coge del hombro para levantarla del suelo y fuerza una sonrisa. La niña se suelta y las cartas se caen. La madre se atusa el pelo, suspira y chasquea la lengua un par de veces.

―Adela, ya sabes que nos jugamos mucho con esta función. No seas niña y levántate―. La madre se muerde el labio inferior y  se alisa la falda: parece que está punto de perder los nervios.

―Sí, soy una niña. Y a estas horas debería estar durmiendo como cualquier niña― le grita a sus padres mientras los mira directamente a los ojos ―. Y en cambio estoy aquí, porque para vosotros es muy im-por-tan-te que esté aquí, en lugar que en casa, en pijama y acolchada en mi cama―. La niña se cruza de brazos y baja la cabeza. Arruga las cejas y aprieta la mandíbula.

―Ya estoy harta de tanta tontería―, grita la madre. La coge con las dos manos, la levanta y la arrastra hacia el jardín. Los otros niños siguen su juego y apuran sus cenas. No se giran a ver como la arrastran por el codo y ella se resiste pataleando.

En el jardín todos los invitados aguardan en semicírculo, sostienen sus copas y a veces le piden a los camareros que se las rellenen. Un gran lienzo cuelga de un  muro. Es un lienzo blanco de unos seis metros de largo por dos de alto. El suelo está protegido con plástico transparente y delante hay, simétricamente colocados, seis cubos de pintura: roja, azul, amarilla, naranja, blanca y negra.

Un silencio se adueña de repente de la fiesta, el pianista deja de tocar, la cantante se calla de repente y hasta los grillos parece que se tapan la boca. Todos los ojos están puestos en el lienzo, en los cubos de pintura, en el plástico que protege el suelo y en la niña que está de pie, delante del lienzo. Los brazos le cuelgan y los ojos se clavan en la tela blanca, inmaculada. Nadie se atreve a decir nada. Los padres se colocan en segunda fila. El hombre le pasa un brazo por encima del hombro a su esposa.

Entonces, la niña coge el cubo de pintura amarilla y corre hacia el lienzo. Con fuerza echa medio bote y una gran mancha amarilla se dibuja en un lateral de la tela. Una mancha considerable con forma ovalada ocupa tres cuartas partes del lienzo. La tela ya no está inmaculada. Se oye un “ oohh” de detrás de las columnas. Alguien hace el amago de aplaudir pero en el momento de juntar las manos se para, absorto por el trabajo de la artista.

Adela mete las manos en el cubo de pintura roja y las restriega  por encima de la pintura amarilla. Mueve los brazos arriba y abajo, a derecha e izquierda mezclando  los colores.

―¡Fantástico! ¡Extraordinario!―se oye entre los invitados.

―¿De dónde sacará una niña tanto ingenio?―le pregunta una vieja enjoyada a un joven bronceado.

―Dicen que pinta desde los dos años―le responde mientras se peina la media melena con los dedos.

Vuelve a los cubos, escoge el azul, imprime varios manotazos, echa el cubo de naranja en el otro lateral, tira un poco de negro, pincela con los dedos algo de blanco encima o derrama parte de la mezcla a los pies de la tela.

―Esto es lo que se lleva ahora en arte contemporáneo. Ha recibido cuatro premios internacionales y el Guggenheim de Nueva York la tiene en exposición permanente―susurra la anfitriona orgullosa. La madre lo oye, mira a su marido y ambos se sonríen.

A cada nuevo pincelazo sin pincel Adela grita fuerte, chilla, corre, le pega a la tela, le da puñetazos o deja su cara marcada en la pintura. Es como ver a un animal enjaulado luchando por escapar, o un saltamontes que  huye de una lagartija.

―Pues yo no le veo la gracia. No es más que una niña con las manos manchadas de pintura―le dice al oído una estirada mujer de pelo corto y largos pendientes a un hombre de pelo blanco que fuma un puro y se sonríe sarcásticamente.

―Pues ya sabes, querida. Este otoño  puedes empezar con una nueva afición. Cómprate quilos de botes y piensa en modernizar tu estudio―, le responde el viejo y le da una calada a su puro. La mujer del pelo corto se gira, lo mira fríamente y sorbe de su copa de champagne. De fondo se siguen oyendo los gritos de la niña, sus carreras de un lado a otro de la tela y el chapoteo de sus pies desnudos en la pintura que ya inunda el plástico como un charco de lodo.

Al cabo de unos veinte minutos, la niña parece que ha terminado. Su pelo está lleno de pintura, su vestido rosa está negro y marrón, y las manos y las piernas, los pies y la cara, entre las uñas. Parece que haya salido de un baño de barro. La niña está de pie, quieta delante de su obra. Goterones de pintura le chorrean del pelo al suelo. Se gira, mira a su público. Éste estalla en aplausos, gritos y silbidos de aprobación. La obra es magnífica, un collage impresionista que atrapa todos los sentidos. El pianista da unos compases de jazz y los camareros vuelven a ofrecer sus bandejas con cócteles de colores. Los padres, orgullosos, reciben abrazos, besos y aplausos de los invitados que se encuentran a su alrededor. La niña los mira muy seria, frunce el cejo y sale corriendo.

La anfitriona se pasea rodeada de decenas de nuevos inversores; todos quieren comprar este lienzo único.

viernes, 7 de marzo de 2014

EL MONSTRUO


Hay un monstruo en mi ropero. No lo he visto nunca. Sé que está ahí. Siempre ha estado ahí. Me da miedo cuando me lo imagino por la noche pensando en mí. Me da miedo cuando me lo imagino rechinando las muelas y relamiéndose los labios. No se lo he contado nunca a nadie: ni a mis amigos, ni a mis padres, ni si quiera a mi hermana. Ay, mi hermana, si lo supiera se reiría de mi. Se le rompería la mandíbula y se le desencajaría la barriga de tanto reír. No, no puedo contarlo. No , no puedo decirle a nadie que hay un monstruo en mi ropero.

A veces me llama. Oigo tres toques en la puerta. Sé que es él; me reclama. No sé qué quiere. No sé qué ha venido a hacer. Tengo miedo de que salga y me devore. Tengo miedo de que salga y me mire a los ojos. Ya no duermo por las noches. El monstruo no me deja. Lo oigo cantar. Canta muy mal. Su voz es como papel de lija. Me chirrían los oídos y no puedo dormir. Creo que quiere algo de mi. Lo tengo que esconder. Nadie debe saber que tengo un monstruo en mi ropero.

He dejado de ir a trabajar. He dejado de salir a pasear. Debo esconderlo. Con todas mis fuerzas. Me imagino que tiene poderes, que me mira y me hipnotiza. Y entonces ya estoy atrapado. El monstruo de mi ropero me retiene. No puedo salir. No puedo comer. No puedo dormir.

Hace unos días mi hermana entró y me preguntó. No pasa nada, le dije. Ella hizo un silencio, levantó una ceja y me dijo que todos tenemos secretos. Ella también. ¿Ella también? ¿Sabrá lo de mi monstruo? Seguro que no dice nada para no herir mis sentimientos. Ella sospecha que tengo algo en mi ropero.  Seguro. A veces me pregunto si ella también tendrá un monstruo en el suyo. Me imagino que todos tenemos monstruos en nuestros roperos: mis padres, mis amigos, mi jefe de estudios, la cajera, el médico… Todos tienen monstruos en sus roperos pero nadie dice nada. No seré yo el primero.

Hoy tampoco me he vestido. Ya no salgo de mi habitación. Debo vigilar al monstruo del ropero. ¿Y si un día sale? ¿Y si me descubre desprotegido? ¿Y si se adueña de mi espacio, de mi vida? Debo quedarme y vigilar. Sueño despierto en que un día todos los monstruos de los roperos saldrán en un desfile por las calles de la ciudad. ¿Qué harán entonces las gentes, descubiertas por fin, desnudas ante la evidencia de que en sus roperos también había monstruos?

Esta tarde , muy cansado, he tomado una decisión. No puedo seguir así. Debo coger fuerzas y enfrentarme al monstruo del ropero. Me ha parecido que la puerta se entreabría levemente y un miedo pequeño pero intenso me estrujaba las entrañas. He cogido el trofeo de atletismo. Pesa mucho. Con la otra mano he tocado el tirador. Estaba frío. No oía nada desde dentro del ropero. ¿Seguirá mi monstruo dentro? No me puedo fiar. He cogido valor. Por fin me desharé del monstruo del ropero. Y nadie lo sabrá nunca.

Tiro con suavidad y abro lentamente la puerta. El ropero está oscuro dentro. El trofeo me pesa en la otra mano pero estoy preparado para atacar. Susurro algo. Nada. Pruebo con silbar. Tres veces. El monstruo me devuelve otro silbido. Entonces veo dos puntitos rojos. Parece que me miran. Y siento miedo. Mucho miedo. Pánico. El trofeo se me cae y mil cristales rotos inundan el suelo bajo mis pies.

El monstruo sale del ropero. Abre la boca. Parece que va a decir algo. No puedo escuchar. Siento miedo en la nuca, siento miedo en las cejas. Miedo en mis rodillas y miedo en mi espalda. Corro y me meto en el ropero.

Hay un monstruo en mi habitación. No puedo salir. Seguro que sigue ahí.

 

sábado, 15 de febrero de 2014

POR CONVICCIÓN



4 de abril

Señor:

Respondo a su petición de hace unas semanas en la que me demanda una reseña de su investigación con esta carta. De hecho, no sé cómo encabezarla. He estado dándole vueltas al asunto y considero que dirigirme a usted en un tono más cercano, usando, por ejemplo, un Estimado , sería algo totalmente fuera de lugar dada la cuestión de que no nos conocemos personalmente. No entro en consideraciones más emocionales, como un Querido o un Amigo ya que, aunque no descarto esta consideración en un futuro próximo, todavía considero pronto el usarla en estas líneas.

Como ya le habrán informado, me veo en la imposibilidad de acontecer a su petición. Aunque en el círculo médico-periodístico soy bien considerado, como usted ya me hizo saber en su última misiva y como avalan las decenas de premios a la investigación que cuento en mi carrera, debo declinar la petición de escribir una crítica de su última investigación. Como bien sabe soy especialista en artículos médicos particulares como la odontología general, el diagnóstico para la imagen y la urología. Además, los contactos con los que trato en la revista científica Patterns of modern scientific no son íntimos ni familiares y me pedirían más de una y más de cien explicaciones de por qué les hago llegar una reseña tan desvinculada de mi especialidad como la que usted demanda. Comprenderá usted que la urticaria genética en los chimpancés de Madagascar no sea un tema de mi especialidad y no cuento con suficientes avales para recomendar una reseña como esta.

Ruego disculpe mi negativa; no considero que no tenga usted la máxima calidad, pero no me veo en la situación de argumentar un trabajo de estas características a los directivos y responsables de la revista antes mencionada.

Mis más sinceros respetos. Atentamente,

 

M.H.S

 20 de junio

Estimado compañero:

Entiendo su malestar cuando me dice que su investigación sobre la urticaria genética en simios primitivos no puede ser rechazada con una simple nota de quince líneas. Ruego disculpe mi torpeza pero respondí a su demanda durante un viaje en tren a Praga y entenderá que el traqueteo no permitía extenderme mucho en la misma.

Agradezco de nuevo su insistencia puesto que me cerciora de su entusiasmo por el campo de estudio que está en sus manos. No dudo, tal y como me cuenta en su respuesta, que este estudio le ha llevado más de veinte años de investigación y que en ese período habrá pasado, como todo investigador, por altibajos intelectuales, emocionales, y, por supuesto, económicos. Sepa bien que le entiendo.

Debo agradecerle también el envío de las tres botellas de Borgoña que acompañaron la quinta carta. Aunque soy abstemio desde hace más de catorce años desde mi último ataque al corazón, le prometo que las guardaré en mi bodega particular y las ofreceré a mis invitados cuando la ocasión lo requiera. Sin embargo, debo advertirle que si utilizó usted ese envío como estrategia de ablandarme, lamento decirle que no obtuvo su resultado.

Lamentablemente, tal y como le comenté en mi anterior misiva me es totalmente imposible hacer una reseña de su investigación tal y como usted demanda. Le animo a que se ponga en contacto usted directamente con los responsables de la revista Patterns of modern scientific y que sean ellos, a través de su comisión de evaluación trimestral, los que valoren la posibilidad de su publicación.

Reciba un cordial saludo.

M.H.S.

8 de octubre

Caballero:

Debo confesarle que su insistencia semanal me tiene impresionado pero si esta vez he decidido responderle ha sido por una cuestión que ya ha sobrepasado lo que yo creo son los límites de la buena educación. Agradecí el envío de las tres botellas de vino, alabé su motivación intrínseca y nunca puse en duda su labor investigadora pero mandar a su mujer a mi despacho considero que fue un acto de cobardía suprema.

Afortunadamente, ese día me encontraba en un congreso de Tenesse y fue, Rosa, mi asistente personal, la que se encontró con la visita inesperada de una mujer que, según su descripción literal, le asustó sobremanera. Rosa me contó que su esposa se sentó en el butacón de mi despacho y le dijo que no se movería de ahí hasta que yo apareciera. Que, según ella, no era posible que un profesional de mi estatus hubiera rechazado de esa forma a su marido, que llevaba tantos años inmerso en una investigación tan importante y que no iba a permitir irse de mi despacho sin una respuesta por mi parte. Considero a Rosa como una persona muy discreta, tranquila de ánimo y muy educada pero cuando, tras cinco horas de espera, vio que su señora no levantaba un pie del butacón, la invitó a marcharse con la promesa de dejarme nota expresa de su visita. Y, sí, lo hizo. Junto con la dicha nota también me dejó una carta de su médico recomendándole unas semanas de reposo mental. No me trasladó literalmente las palabras que su señora esposa le trasladó pero debo intuir que no fueron muy agradables.

Vistos los acontecimientos, y que además me he quedado sin asistente personal durante unas semanas, debo rogarle que cese en su petición y considere muy seriamente que otro profesional escriba su reseña.

Sin más, me despido.

M.H.

29 de diciembre

Permita que me dirija a usted sin encabezamiento previo. Considero que ya nuestra relación, si alguna vez la hubo, no merece de tal consideración. Debo confesarle que tras la última carta que le remití hará cosa de un mes creí que usted hubiera aceptado mi negativa y nuestra correspondencia cesaría. Así fue cuando en tres semanas no recibí ninguna epístola por su parte.

Lamentablemente mi tranquilidad duró muy poco cuando un día mi mujer volvió a casa tras cerrar la farmacia y me contó el encuentro no fortuito con su esposa. Debo confesarle que no me escondo ante la opinión pública de que mientras he dedicado toda mi vida, o gran parte de ella, a la redacción de artículos e investigaciones para varias revistas científico-periodísticas y universidades varias, he podido mantener un estatus de vida que algunos considerarían alto gracias al negocio familiar de mi esposa. Su familia regenta una farmacia desde hace más de cuatro generaciones y eso nos ha permitido seguir adelante con nuestra vida mientras yo me dedicaba a mis quehaceres literarios. Si le cuento todo esto, muy señor mío, no es para vanagloriarme de mi suerte o de mi estado social. Bien sabe que nunca me he querido esconder de mi condición. Más bien se lo cuento para que comprenda que, a pesar de parecer que mi familia y yo estamos envueltos en un halo de vanidad y grandes lujos, nunca me he escondido de vivir del sueldo del negocio de la familia de mi esposa. Es por ello que, no teniendo ella ningún conocimiento de nuestra correspondencia, comprenderá que, al ver aparecer a su señora en la farmacia y preguntar por mí de forma insistente ( sin dar ninguna explicación más que la repetitiva frase de “debo ver urgentemente al señor M.), la mía empezara a sospechar de forma clara. Debo decirle que la descripción que me hizo mi señora de la suya fue tan detallada que dudo de que en algún momento yo me hubiera fijado en sus grandes manos o sus ojos escrutadores. Esté usted tranquilo que no me daría la vuelta si la viera pasear por la acera de enfrente. Pero ese infortunio ha hecho que mi esposa empezara a preguntarse si entre tanto viaje y tanta investigación no me estuviera yo viendo con alguna otra mujer, como la suya.

Como entenderá no tengo que entrar en detalles de mi vida personal pero, ya que usted parece no tener escrúpulos al mostrar la suya enviando a su mujer a amenazar a cuantas mujeres rodean mi vida personal y familiar, debo contarle que mi esposa ha decidido tomarse un “permiso matrimonial” (así lo definió ella) y volverse al pueblo durante una temporada. Así, ve, caballero, mi situación se ve afectada, no solo por la marcha de mi esposa sino porque la farmacia ha cerrado sus puertas y me veo sin ingresos periódicos para hacer frente a mis necesidades diarias. No, no he hecho uso de un buen ahorro en los últimos años. Siempre nos ha gustado vivir en los máximos placeres a mi mujer y a mí.

No me cabe duda ya de que toda esta amenaza a través de su mujer forma parte de una nueva forma de chantaje para que acceda a escribir su reseña científica para la revista Patterns of modern scientific. Llegados a este punto solo me cabe apelar a mi sinceridad y negarle mi ayuda. No es que no haya actuado con honestidad en las anteriores cartas pero me he visto obligado al buen honor y la buena educación. Ahora, sin embargo, debo confesarle que no solo no puedo redactar esta reseña por mi desconocimiento del tema dérmico en los primitivos simios en Madagascar. Además debo decirle que la calidad literaria de su investigación está a la altura de la redacción de un pre-púber no escolarizado y que ninguna de las conclusiones a las que llega usted  se basan en refutaciones científicas. Dudo, muy señor  mío, que ninguna revista quisiera publicar esa investigación suya que más se parece a un puchero de pedazos recortados y repegados de otras investigaciones.

Sin más que añadir, ruego usted siga su vida y deje de fastidiar la mía que ya bastante ha hecho. Apelo a su conmiseración teniendo en cuenta las fechas en las que nos encontramos

M.

5 de marzo

He tomado prestados un plumín y varios papeles para dirigirme a usted tras varios meses sin recibir noticias suyas. Desconozco si usted no habrá intentado ponerse en contacto conmigo en alguna ocasión pero desgraciadamente desde la última carta que le remití me he visto envuelto en una serie de acontecimientos que han desencadenado el verme viviendo en una pensión de las afueras y sin un centavo en mi bolsillo.

Mi mujer no volvió del pueblo y, tras mi última carta supongo que usted se dirigió al colegio oficial de redactores científicos. Si lo intuyo es porque unos diez días después de echar el sobre en el buzón me encontré con un telegrama urgente del colegio en donde me indicaban que “ por injurias y desatender su deber y obligación profesional nos vemos en la obligación de darle de baja del colectivo”. Entenderá que sin el aval del colegio profesional mi trabajo en la revista cesó inmediatamente así como cualquier posibilidad de realizar ninguna ponencia en ninguna de las universidades del país y parte del extranjero.  Sin ingresos habituales tuve que dejar mi despacho y despedir a Rosa, mi asistente, quien aprovechó para denunciarme por despedirla estando ella de baja por descanso mental. Los padres de mi esposa decidieron mandar a la policía para echarme de la casa al no poder pagar los recibos varios de mantenimiento y han decidido convertir la mansión en una pensión de lujo para doctores y congresistas. Así pues, con una maleta de mano me he visto en las últimas semanas vagando de hotel en hotel hasta que he acabado en una pensión oscura y húmeda.

No le escribo todas mis miserias por hacerle sentir mal porque en el fondo usted contribuyó a esta situación. Si me dirijo a usted es para hacerle saber que antes de ayer vi, en un quisco del barrio, la portada de la revista Patterns of modern scientific en la que había una fotografía de un chimpancé y un título que me resultó familiar. Efectivamente, muy señor mío, vi que su reseña había sido publicada. Me apiado de la frágil alma del crítico al que habrá chantajeado para llegar a publicar su investigación pero es mi obligación y deber felicitarlo por su insistencia, constancia y firme creencia en sí mismo y su trabajo. Sigo pensando que su trabajo no vale un penique pero le mando mis más sinceras felicitaciones por no cesar en su objetivo.

Mis más sinceros reconocimientos.

Atentamente,

M.

jueves, 6 de febrero de 2014

VÍCTIMAS


Debería sentirme afortunada y solo tengo ganas de llorar, de tirarme de los pelos y, si tuvieras, de tirártelos a ti también hasta hacerte sangrar. Pero entonces te pondrías a llorar como un puercoespín al que están degollando. No pararías de berrear, como si la vida te fuera en ello. Aunque sí, la vida te va en ello, porque de tus lloros y de tus gritos depende que yo te dé el pecho o te meta el dedo en la boca. Debería mecerte entre mis brazos cuando empiezas a llorar desconsolado. Para eso, para consolarte. Pero quien me tendría que consolar es tu padre, ese torturador del trabajo bien hecho, ese solucionador de todo, en todo momento y como- yo -lo –digo- es mejor. Asco. Te mataría. O, mejor, me mataría. Sería mucho más cruel. Lo sé.

Debería estirar las comisuras de mis labios hasta formar una mueca de felicidad pero tú te cagas, te meas, te lloras y te quedas dormido sin avisar. Eres un surtidor de excrementos y babas y líquidos viscosos y gritos a mil trescientos decibelios. Y yo debería adivinar esas señales que todavía no atino a comprender. Y que no me dejan dormir. Debería llamarte en diminutivo de alguna fruta tropical, como melocotoncito, o confiturita de piña, pero me entran náuseas al imaginarte pringoso, resbaladizo en tu cuna, y entre mis manos cuando te baño. Porque debo limpiarte con cuidado, que la herida del cordón aún anda tierna, dicen. Y yo, que solo pienso en tirarte de la pielcita esa y darle vueltas, enroscarla entre mis uñas y estirar, primero suave, pero luego con fuerza. Hasta arrancarte la costra, como una calcomanía, y se quedaría enganchada y yo tiraría más y más fuerte...

Porque debería sentir un halo de amor y solo me acuerdo de los abuelos víctimas de la ya no tan reciente soltería de su hija, abuelos que amenazan con la boca pequeña: egoístas de la maternidad ajena. Porque la suya les salió vomitiva ahora quieren redimirse contigo. Y conmigo. ¡Hijos de la gran cagada universal! ¡Tirad ya de la cadena y dejad que me escurra cañería abajo!

Dicen que esto dura muy poco, que mi deseo de arrancar el papel de las paredes a mordiscos irá aminorando a medida que nos vayamos conociendo. Puré de papel te haría con ese chisme que tus tías te compraron antes de nacer. Y te lo haría tragar de golpe, sin dejarte respirar, para que por una vez, una sola vez te callaras y me dejaras en paz.

Debería vestirme cuando vienen amigas, y hacerles café y ponerles las pastas y sonreír agradecida de los consejos que me dan, porque ellas ya lo son, a veces por duplicado e, incluso, por triplicado. Maldita bonoloto la que me tocó; sueldo esclavizador de por vida. Como si ellas ya tuvieran el master en maternidad y yo me acabara de matricular en la facultad. Cuando nunca pedí meterme en esa fritura picante, que me amarga las mañanas, las tardes, las noches, y las tardes y las noches… las noches… No hay bicarbonato para calmar esta quemazón que me arranca la piel de dentro de la garganta.

No debería gritarte ahora que me miras con esos ojos abiertos, suplicando ternura, pidiéndome que te bese o te diga palabrerías de catálogo de nubes. Yo te envolvía en una manta vieja, de las que más pican, de las que escuecen hasta el apéndice y te enroscaba en una caja de cartón. Pero ahora me miras con esos ojos abiertos y me sonríes enseñando las encías desnudas. Y me pides con las manitas espasmódicas que te acerque mi mejilla al ombligo. No lo hagas. Sabes que en el fondo soy débil, como una zanahoria hervida. Podrías pedirme cualquier cosa. Y no quiero. Podría enternecerme. Y no puedo. Podría llegar a quererte y olvidar todo este sufrimiento. Guardar por un momento este rencoroso victimismo en un cajón y cerrarlo con llave. Y, no. No quiero.