martes, 9 de agosto de 2016

ENTRE DOS ANTÍPODAS






La hija y su novio ya están en el portal de casa de sus padres. Ella sonríe ilusionada aunque no se le ve la cara de felicidad porque una gran bufanda le tapa el rostro. Hace frío. Es un invierno más frío de lo normal. Aún no ha nevado pero en las televisiones estatales anuncian este Fin de Año barnizado de blanco. El novio está nervioso pero lo disimula. Por fin, va a conocer a sus suegros. En sus manos enguatadas lleva una botella de cava tan fría que le está helando los cartílagos.

―Me he puesto una de las corbatas que tu madre me mandó por mi cumpleaños, cariño. ¿Crees que le gustará la verde?―pregunta él nervioso.

―Claro que sí, mi amor―responde la hija y le guiña un ojo.

― ¿Ya sabes cómo vamos a darles la noticia?―pregunta él un poco expectante.

―Sí, déjame a mí. Conozco a mis padres. No te preocupes―responde ella más segura de lo que en realidad se siente.


Padre y madre los reciben alegres, la casa está caliente de chimenea y hay luces de colores que adornan el recibidor. De fondo se escucha el ronroneo de la televisión con el especial de Noche Vieja.

―Dadme esos abrigos, hijos―brama la madre mientras les coge las chaquetas, bufandas y guantes y los deja en la percha de la entrada. Luego los acoge en su pecho―Tenéis pinta de necesitar un buen abrazo―.Un abrazo de madre.
Porque la madre es una señora madre: se tiñe de rubia y se pinta la cara. No quiere aceptar que los años pesan más que sus caderas. El pecho, enorme, los saluda con un calor especial y huele a jazmín. Demasiado fuerte, piensa el novio. Al ver la corbata, la madre sonríe forzada y espeta riendo:

― ¡La verde! Ya lo sabía, no te gustó la roja, ¿verdad?

― ¡Mamá!―exclama la hija.

―Bien, bien, está muy guapo igualmente―responde deprisa. La madre habla deprisa, exagerada, enérgica. Como si tuviera prisa por decir algo importante.

― ¿Tenéis sed? Anda iros al salón y calentaros. Yo ahora os traigo un vasito de vino dulce.

―No se moleste, señora―interrumpe el novio―ya nos esperamos a la cena.

―Si no es molestia. Anda, que con esa cara de frío que traéis seguro que necesitáis una copita.

La hija y el novio se miran resignados y se sientan en el sofá.

El padre queda sentado delante de la chimenea. A penas se mueve y lleva zapatillas de felpa. Se enciende un cigarrillo detrás de otro y habla poco. Es un hombre alto y delgado, aunque en su juventud seguro que fue un hombre fuerte, piensa el novio al estrecharle la mano.

La madre ya vuelve de la cocina dispuesta a sentirse de nuevo el centro de atención. Porque la madre siempre ha tenido esa necesidad de imponer su compañía a los demás, como si los demás no pudieran vivir sin ella. Se siente indispensable. Y se lo cree.

― ¡Qué novio más guapo que tienes, hija! Me gusta mucho―le dice a su hija con tal desfachatez que no se corta en adularlo delante suyo.

― ¡Mamá!― la corta avergonzada la hija.

― ¿Estoy diciendo alguna mentira? Yo nunca miento, hija. Lo sabes. Y este sí que es guapo. Y seguro que te hace muy feliz. Porque, sois felices, ¿verdad? ―ya empieza el descaro y la hija y su novio se miran―.No hay nada más importante en esta vida que el amor, hijos. El amor es lo que mueve el mundo. Míranos. A mí me hubiera gustado tener familia numerosa, tener muchos hijos para darles todo mi amor, ¿verdad, Paco?― la madre busca la aprobación de su marido sin ni siquiera mirarlo.

La hija arquea los ojos y los pone en blanco, se conoce la historia desde hace tiempo y suspira.

―Pero el Señor solo nos trajo a una hija preciosa, buena, bonita y trabajadora para que pusiera todo mi amor en ella.

―Mamá, ¿te ayudo con las uvas?―la hija sabe que si no la interrumpe en el momento adecuado, la madre empezará con esa extraña compulsión suya de conquistar. Conquistar personas, territorios, situaciones. Esa extraña compulsión a sentirse seductora con todo y con todos. Sobre todo con las novedades. Y eso no lo soporta. En un segundo le pasan por delante cientos de escenas de su infancia y adolescencia en donde la figura de su madre estaba siempre presente: con esa presencia de sentirse indispensable en todo momento, insustituible, confundiendo su masiva defensa de necesitarse querida con el rol de ayudadora dispuesta a todo y con todos.

En la cocina huele a marisco, pavo relleno, dátiles con queso y encurtidos variados.

― ¡Cómo echaba de menos el olor a tu cocina, mama!

―Lo sé, hija. Todo lo he hecho por ti. Porque sé que te gusta. Anda, prueba los dátiles, que me han salido muy ricos.

―No, mamá, ahora no tengo hambre.

― ¿No te gustaban tanto los dátiles? Los he comprado especialmente para ti porque ya sabes que a tu padre no le gustan―la madre la mira con ojos amohinados y le entrega un fruto con los dedos. La hija abre la boca y se deja alimentar. Mastica lentamente y sonríe. La madre, orgullosa, eleva el tronco como un pavo real en época de celo.

―Ya sabía yo que te iba a gustar…―murmura sonriente en voz baja.

 Madre e hija pelan las uvas, les quitan con cuidado las pieles y las dejan en un platito de postre. Y con las uñas, muy lentamente les sacan las diminutas pepitas. Las cuentan una-dos-tres veces hasta que montan las docenas perfectas.

―Vamos a ver qué hacen los hombres… Que tu novio seguro que se debe sentir un poco abrumado con tu padre…

Al llegar al salón  el padre y el novio hablan normalmente de deporte y del tiempo.

―Ya veo que no nos necesitáis para nada, ¿eh?―exclama la madre al entrar con la bandeja de uvas, se ríe estrepitosamente y cacarea como una gallina clueca. Entonces siente un pinchazo en el estómago y hace una mueca de dolor.

― ¿Estás bien, madre?―pregunta preocupada la hija.

―Sí, sí. No es nada―. Deja la bandeja y se vuelve a la cocina. Hace meses que de tanto en tanto siente esos pinchazos. Pero no le ha dicho nada a nadie. ¿Para qué preocuparles? Apoya las dos manos en el mármol, respira hondo, se recoloca el crepado  del pelo por detrás de la coronilla y vuelve sonriente de nuevo al salón comedor.

―Mi vida… ―empieza el marido desde el sillón―vamos, que en nada ya dan las campanadas.

―Cariño, ya sabes que no soy la mujer de tu vida, sino de tus sueños...―,responde sarcástica y seductora  la vez. Y le planta un beso en la calva. Ambos, hija y novio ríen y no saben por qué. La escena se vuelve algo forzada y un silencio aterrador inunda de pronto el salón.

Forzada a romperlo, la hija carraspea y empieza tímida a hablar.

―Bueno, mamá, papá. Tenemos una cosa importante que contaros.

― ¡Ay! ¡Ay!... que se nos casan―chilla la madre, exagerada, teatral, como una cabaretera venida a menos con necesidad de hacerse escuchar más allá de platea. Mueve las piernas, nerviosa, y se abanica con las manos.

―No, no es eso. Esto… A Miguel le han ofrecido un trabajo importante…

―Oh, ¡qué bien! Ya sabía yo que este chico te hacía bien… y, encima, trabajador―interrumpe la madre mientras se sienta al lado de su yerno y le toca la rodilla.

―No... Bueno, sí. Es un buen trabajo… Pero… ―la hija no sabe como continuar.

―En Papúa, señora―espeta de repente el novio satisfecho.

― ¿En Papúa?― pregunta extrañada la madre manteniendo esa sonrisa perenne en su rostro― ¿Y a qué se dedica esa empresa?

El novio lanza una carcajada que corta en seguida cuando se da cuenta de que no es una broma.

―No, mamá. Papúa Nueva Guinea. Es un país y está en Oceanía. Cerca de Australia.

Silencio. La mano de la madre sigue en la rodilla del yerno. El padre le da una larga calada a su cigarrillo y la hija, con la mirada baja, empieza a jugar con su pulsera.

― ¿Australia?... Pero… pero… ―empieza la madre―eso está muy lejos, ¿verdad?―, el rostro le muta en un segundo. Los ojos que antes brillaban de alegría ahora están opacos, como dos piedritas en las cuencas de un pájaro de cristal. Sus manos empiezan a temblar y, cuando se da cuenta, retira de forma inconsciente la mano de la rodilla del novio.― ¿Es que ya no me quieres, hija? Que te vas tan lejos… ¿Es que ya no quieres ver a tu madre? Nos abandonas… hija.

― ¡Mamá!― dice la hija tímidamente―Mamá… pero si tú sabes que yo te quiero un montón… que eres muy importante para mi…

―No tan importante, hija―susurra la madre―… no tan importante…

La hija se coge las sienes y empieza a sollozar. Mira a su padre que le devuelve la mirada dulce de quien sí entiende. De quién sí acepta.

La madre llora desconsolada. El novio no sabe qué hacer y decide quedarse inmóvil, tieso, como una escultura de sal. De fondo, se empiezan a escuchar las campanadas de los cuartos. Los cuatro platitos con uvas quedan en la mesa y poco a poco se van secando con el calor de la chimenea.


Al escucharlas, la madre se levanta, corre hacia la mesa, agarra los cuatro platos de uvas y los reparte. Hija, novio, padre y madre, quedan sentados delante del televisor, en silencio. A cada campanada se tragan una de las uvas peladitas con un amor amargo en la garganta. 

Entre uva y uva la madre susurra dolida:  “Pues tendrás que arreglártelas sin mí... Tendrás que arreglártelas sin mi...”.




                                                                           Gracias a A.T. por la idea

lunes, 1 de agosto de 2016

SIETE HORAS




23:05

El Guapo ya está en la Portada. Con su pantalón blanco, su chaqueta gris y su camisa azul brillante. No lleva corbata. Este año no se llevan. El Guapo se sabe atractivo, locuaz, entusiasta y le gusta hacerlo notar. A todos y en todo momento. Sabe que la noche es suya.

Illo, llevo una hora esperándote. ¿Ande estabas, cabrón?―le grita su amigo mientras le saluda con el clásico toque en el hombro.

―Compadre, vestir a este cuerpo―se señala a sí mismo con la mano derecha y recorre el torso de cuello a cintura―requiere de tiempo y dedicación― sonríe pícaro.―Tú sí que estás hecho un prenda… ¡qué percha miarma! Y ¿cómo te ha dejado salir la parienta así por la puerta?

El Guapo lo coge por los hombros y con la otra mano le pega tres-cuatro golpes en el pecho. Es experto en hacer desaparecer reproches en un segundo.

―Vamos a triunfar esta noche, illo. Ya lo verás.

―No sé qué va a pasar, pero me voy a emborrachar. ―El amigo no sale desde hace mucho tiempo.

―Además, traigo un fajo recién salidito del horno del banco―, dice el Guapo mientras con la mano se da unos toquecitos en el bolsillo del pantalón.

Illo, caza mayor esta noche, ¿eh?―le espeta su amigo mientras le guiña un ojo y le pasa la jarra de rebujito.

 ―Son ellas las que me buscan, son ellas las que me persiguen a mí―dice entre risas con un fondo bullicioso de sevillanas. Echa un trago y se sube el cuello de la camisa. Porque el Guapo no se pierde una Feria desde el año en que le empezó a salir pelo en las patillas y su madre dejó de llamarle “príncipe mío”.


23:40

El Guapo y su amigo traspasan la portada y entran de lleno en el albero. Los oídos se les dislocan entre las guitarras de los grupos de música, las infinitas sevillanas en los altavoces, el tambor y la flauta rociera, las palmas por doquier y el relinche de los caballos. El amigo le sigue dos pasos atrás, está mandando whatsapps mientras el Guapo se retoca el pelo y mira a derecha e izquierda buscando. Porque el Guapo mira, mira mucho. Y quiere ser visto. Camina consciente, espalda recta. Y, sin que te des cuenta, acaba entrando en tu vida. Mantiene su mente activa, constantemente. Llena de actividades que anhela, experiencias positivas que sabe que disfrutará. Y no hay mejor disfrute que una noche de Feria, se convence a sí mismo mientras se enciende en cigarro.


00:45

La calle está abarrotada, como se espera en esta noche de Feria. Entre la marabunta y la jarana, un grupo de chavalines pasa corriendo por su lado y le dan en el hombro.

Illo, ¡iros por el otro laíto, que parecéis nuevos! ―les grita el Guapo por encima de los farolillos. Han derramado medio vaso de manzanilla en su chaqueta.

―Esos críos…―empieza su amigo a animarlo mientras se saca el pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se lo entrega.

―Nada… unos chavales―ya el Guapo vuelve a sonreír―, esto se seca en ná―. Y cada vez se limpia con más ahínco. Como si frotando esa mancha de alcohol de su traje se desquitara también de la mala leche que no sabe que tiene.―Esto es una buena señal, amigo… Tirarse las bebidas encima en Feria es tan típico como pisarse los pies hasta partirse las uñas, los tacones y los pies destrozados de las muchachas que no se traen alpargatas o que se te enganchen, bailando, los flecos de los mantoncillos en los botones de la chaqueta.

Y se cogen de los hombros. El Guapo se destroncha, mandíbula al cielo. Tan alto que si las bombillas de colores oyeran se girarían a escucharlo.


2:15

En la caseta de El Chorro ponen los Cantores y el Guapo ya está en la barra, medio recostado con un vaso de rebujito en la mano derecha. El amigo está en la puerta, habla por el móvil y mueve las manos arriba y abajo con gran alboroto. “Seguro que le está pasando cuentas a la mujer”, piensa.

― ¡Qué guapo estás, hijo!―le chala la camarera al Guapo; se conocen y no saben de qué.

―Como siempre, miarma… como siempre―responde él.

― ¿Qué ponemos, corazón? ¿Otra jarrita?

―Y un plato de caña de lomo y otro de gambas, anda, ha elfavor.

―Gambas no quedan―responde la chica mientras le sirve una jarra de cerveza bien fría a otro cliente y , con la otra mano, pasa la bayeta.

―¡¡Pero cómo no os quedan gambas, miarma!! Si la noche acaba de empezar… dile a tu jefe que vaya malaje… que no sabe hacerse los pedidos ni con la máquina automática―y se ríe estrepitosamente, buscando con la mirada la probación del compadre de la cerveza. Este asiente con la cabeza pero no dice nada.

Illo, ¿qué quieres?―responde ella a voz en grito: acaban de subir la música ― ¿Tú no te equivocas nunca?

―Yo nunca me equivoco. Bueno, solo una vez me he equivocado en mi vida. La vez que creí que estaba equivocado.―y vuelve a desternillarse. Se hace gracia a sí mismo. El compadre de la cerveza ha desaparecido así que no puede pedirle que le asienta o le ría el chiste.

―Venga, ponme esa cañita de lomo, entonces, corazón. Y unas papas aliñás―, ordena el Guapo mientras se gira y se peina la perilla con los dedos.

Coge su jarra fresca, los dos platos y sale en busca de su amigo.

―Ole, ¡qué guapas las mujeres de esta caseta!… olé, ¡qué maravilla!―va riendo mientras pasa por entre el griterío que baila intentando que no se le caiga ni un trocito de caña ni una pizca de hedonismo al suelo arenoso.


3:35

El amigo está bailando con una moza en traje flamenca. Vaso de rebujito en mano. El Guapo, apoyado en la columna de madera pintada de verde con flores, se lo mira y se ríe. Busca con la mirada ya borracha y encuentra a una muchacha con el escote en barca que le invita a sentarse a su lado.

―Me has gustado tanto que aunque no fueras el amor de mi vida…―le susurra al oído― lo dejaría pasar pa estar contigo―le espeta, así de golpe y con la boca pastosa a la muchacha.

Ella se ríe con los labios apretados y aparta la mirada.

― ¿A que te gusta mi personalidad?―. Se sabe seductor hasta borracho y sabe que tarde o temprano la muchacha caerá.

Ella se levanta, se recoge los bajos avolantados del traje y se pone a bailar.

El Guapo la sigue y le da tres vueltas a su moño, le susurra en cada pase al oído y la coge por la cintura. Terminan y ella se sienta al lado de un tipo calvo con la camisa sudada que le besa hasta el paladar.

El Guapo, receloso, busca a su amigo y le da un golpe en la espalda.

Illo, vámonos de aquí. Ya estoy aburrío de tanta Rocío Jurado.

―¿Ahora te quieres ir? Si acabamos de llegar…―suplica el colega mientras deja su vaso apoyado en una silla de mimbre y ya se está poniendo de nuevo la chaqueta. En el fondo sabe que da igual, que el Guapo no espera y que se cansa pronto.

―Necesito un tiro…

El amigo se encoje de hombros. Y niega con la cabeza.

―Pensaba que lo habías dejado, amigo―, le recuerda, cariñoso.

― Mañana será otro día, compadre.


4:55

El Guapo y su amigo arrastran los pies por la calle del Infierno, mirando y dejándose mirar. De tanto en tanto se paran en la puerta de alguna caseta tardía, hablan con el guardia jurado, le hacen bromas a las muchachas que están sentadas en el suelo, apoyadas en alguna farola, comiendo algodón de azúcar o repintándose los labios con muy poco atino. Aún les quedan energías para fumarse un par de puros y beberse un par de tintos.

Illo, ¡la noria!―grita el Guapo de repente, como si hubiera descubierto algo sustancialmente emocionante. Peligrosamente delicioso.

―¿Ahora quieres subirte a la puta noria, illo??―pregunta el amigo arrastrando las sílabas. Está agotado.

―Vamos… vamos… ¡Es fabuloso!―y lo coge por el codo, lo arrastra y se tropiezan con un adoquín mal puesto. Corre como si la vida le fuera en ello. Se apresura como si la noche se le escapara. Como si esa predisposición a excitarse tan fácilmente con el entorno le diera una intensidad de estímulos, una felicidad vital.


5:20

En la cola de la noria están plantados. El amigo calla. El Guapo masculla algo pero no se le entiende. Las manos le vibran, los labios le tiemblan. El Guapo no se calla, necesita de ese ruido mental, de ese ruido que no se encubre con los gritos de los feriantes, las músicas metálicas de las furgonetas de gofres ni el escándalo de la gitana que vende globos.


6:15

El Guapo saca las llaves del bolsillo de su chaqueta y, con mucha dificultad abre la puerta de su casa. Se tambalea y a penas atina a dejar la chaqueta colgada en la percha. Esta cae y él le da una patada. Se desabrocha los pantalones, se quita la camisa y se mira en el espejo del baño. Una especie de máscara de payaso triste le devuelve una imagen bizarra, grotesca. El Guapo le saca la lengua y se sienta en la taza del wáter. 

Alarga la mano y, entonces, recuerda, que esta semana tampoco fue a comprar papel higiénico. ¡Joder!, brama a los azulejos del baño solitario. ¡Joder!


Se agarra las sienes y se golpea los ojos. Se da con los nudillos como si quisiera entender, como si deseara sacarse esa defensiva impulsividad que todavía no acaba de ver. Como si quisiera acallar el sonido de su silencio interior. 



                                                                               Gracias a R. por la idea.