viernes, 21 de junio de 2019

LA MAGIA






Soy el canto de una hormiga.
Y el susurro de un mosquito.
Soy el lunar en el pie de una oruga.
Y el aliento de una lombriz.

A veces, las grandes epopeyas
se escriben en mínuscula.
Con pocas palabras.
A baja intensidad.

Y, así.
Solo así.

Puedes afinar bien el oído.
Y escuchar, por fin, la magia
del vivir.












viernes, 14 de junio de 2019

EL SILENCIO




A veces el silencio es ensordecedor.Tan rotundo. Tan explícito.
Tan extravagante.
Que me tapo los oídos y los ojos.


Y las manos se me ponen moradas de tanto apretar.
Que los pies se me enrollan a la altura del ombligo.
Que las uñas se me erizan.


A veces el silencio está tan roto que ni lo puedo escuchar.
No lo quiero escuchar.
Duele.


A veces el silencio duele y me estremezco.


Me sumerjo en lo oscuro de mi garganta.
Me sumerjo en lo oscuro de mi piel.
Me sumerjo y me dejo caer.

Ya.

A veces el silencio está justo ahí: en la caída.


No hacen falta palabras. Ni poemas.
Ni canciones.
No hacen falta buenas intenciones. Ni frases hechas.

El silencio, al fin y al cabo, nos acompaña .
Como siempre.






jueves, 20 de diciembre de 2018

SE DAN PORTES EMOCIONALES




Para A.M.G.T


A la mujer de cejas perfectas le gustan los cambios. De tanto en tanto. Porque sí. Porque sin cambios, se aburre. Y no consiente el aburrimiento en su vida.

Una mañana se levanta algo extrañada y con esa sensación conocida de dar un vuelco a su vida. Así que no duda y coge la mesita de noche que está allí y la pone aquí. Mueve la lamparita de allá para acá. Se aleja para coger perspectiva de la nueva ubicación. Le gusta lo que ve. Se empieza a sentir orgullosa de la decisión.  Así que animada ya con este nuevo principio arrastra la cama que pone aquí y el armario lo mueve de aquí a allí. Se da cuenta de un cuadro que no encaja allí y lo descuelga con rapidez para colgarlo aquí. 
Suspira profundamente y se coloca un mechón por detrás de la oreja. Presumida. 

Mueve el portarretratos de allí a aquí y la silla plegable de acá a allá. No acaba de convencerle este último movimiento así que la vuelve a poner en su lugar. Jadeante por el cansancio se fija en un viejo florero y lo cambia para ponerlo aquí. Por un momento siente como si la rosa seca sonriera en su nueva atalaya. Se alegra. Cambia los zapatos aquí, el abrigo allí y el sombrero lo deja allá. Desde el quicio de la puerta se da cuenta que las cortinas ya no hacen mucho allí. Las descuelga sin pensar y las deja caer en el rellano de la escalera que da al piso de abajo. Abre las ventanas y un rayo cegador de sol invade la estancia. 

Cansada se sienta en el suelo y suspira. Algo no acaba de encajar. Así que vuelve a poner la cama allí y el armario  aquí. Deja el portarretrato allí y la lamparita acá. No le acaba de convencer este último retoque así que decide volver a poner la mesita de noche allí. Descuelga de nuevo el cuadro y lo deja otra vez allá. Se gira y ve la rosa como temiendo de que la devuelvan a su lugar de origen y decide dejarla donde está. Finalmente recoge el abrigo, se lo pone, se calza y se encaja el sombrero. Sale y mira por última vez la estancia soleada. Cierra la puerta con energía.

No sé qué harían sin mí. Se dice a sí misma mientras baja las escaleras removiendo las caderas.




domingo, 25 de noviembre de 2018

ENAMORADA DE LA VIDA AUNQUE A VECES DUELA





A B.G.M.

A la niña de nueve años se la ve venir. Sus trenzas rubias con lazos rojos se mueven al son de la música del barrio. Tiene las mejillas rechonchas y la mirada desafiante. Los labios rosados y las manos se mueven como los de una bailaora flamenca. De hecho, toda ella parece una bailaora aunque el arte lo lleva más en sus palabras que en sus caderas.

Ya de pequeña aprende a desarrollar una especie de seducción primaria, la necesidad de estar en el centro de todas las atenciones. Mirar para ser mirada. Dar para recibir. Aunque nadie lo pida. El día que nace su hermano menor, cuatro años antes, algo cambia. Aprende a esconder debajo de la alfombra del alma su estar por encima, su anhelo de recibir ternura y delicadeza en pos de tener influencias y ventajas. Lo defiende y lo cuida por encima de todas las cosas. Lo ama y lo acuna por encima de sí misma.

En el colegio es respetada y admirada a partes iguales. Las niñas la siguen y la protegen mientras los niños la aman y la temen al mismo tiempo.

El día que el timbre del recreo se estropea, la niña de trenzas bailarinas se encamina al patio con paso firme. Hoy van a jugar a la pelota borracha. Un reguero de amigas la siguen riendo y cantando la canción del momento.

― ¿Ese no es tu hermano?―le dice una de sus seguidoras mientras le tira de la manga del chaleco y señala hacia la otra esquina del patio.

La niña de nueve años se gira y ve como el proyecto-de-machirulo de sexto está empujando a su hermano hasta acorralarlo detrás de la columna. Sin pensarlo, deja la botella de plástico en el suelo y se encamina con paso firme hacia ellos. Las amigas la siguen a duras penas.

― Pero, tú, ¿qué estás haciendo?―le espeta al niño mayor apartándolo de su hermano.

― Ya llegó la salvadora del mundo―, responde el niño riéndose en su cara.

Ella se pone delante de su hermano y con esa mirada fija y penetrante le grita a la cara.

― ¿Pero a ti qué te pasa?―mueve las manos frenética y, con el índice de la mano derecha, le señala a la altura de la nariz.― pero, ¿tú no ves que él es más pequeño? ¡Déjalo en paz, pero ya!

― Pero si es un bicho raro, ¿no lo ves?―se mofa el chaval plantándole cara.

― ¡Ni bicho raro ni! Si te molesta su cara te aguantas.― dice subiendo más y más el tono de su voz. Abre el pecho y la vena de su frente se empieza a hinchar.

El chaval se gira y mira sus amigos, se ríe y hace una mueca.

Ella coge al hermano por el brazo y lo aparta hasta la última columna. El mini-matón se acerca.

― Pero es que ¡¿no ves que tiene la cara muy rara?! Si parece un monito―, desafía el niño.

― Pues si no te gusta te aguantas. ¡Y no es un bicho raro!―los ojos están a punto de explotarle de la rabia.― ¡Y ya te estás callando esa boquita!

―Pues si tú lo defiendes es que tú también eres una monita como él.

― ¡Pues me importa un huevo! Es mi hermano y yo también seré una monita como él. ¡Y si no te gusta, pues, quítate de aquí!

Las amigas de ella se esconden tras la columna mientras los amigos del chaval lo jalean por la manga.

― Vámonos, Luismi. Déjalos tranquilos.―, y lo empujan hacia el patio ― ¡Vamos!, han dejado la portería libre y  Ramón se ha traído la pelota nueva.

La niña de nueve años se abraza a su hermano y le enjuga las lágrimas.

Un profesor se acerca.

― ¿Qué acaba de ocurrir?

Ella, entonces, rompe a llorar. Toda la tensión acumulada escampa por sus ojos. Los hombros tintinean y las manos le tiemblan de dolor. En su pecho hay una bomba de amor, que clama por las injusticias, a punto de explotar. 

― No me gusta que le digan esas cosas a una persona―cuenta entrecortada por las lágrimas y los mocos― .La gente se mete con él porque tiene un síndrome. ¡Pero él es una persona normal y no le tienen que decir nada!

― Venga, no llores. Lo has hecho bien. Lávate la cara y a jugar―. Es lo único que el profesor, temeroso de su propia empatía, es capaz de ofrecerle a la niña de nueve años deseosa de amor.

Ella le da un beso en la frente a su hermano. Se traga el orgullo que tanto tiempo le ha costado construir y sonríe a sus amigas que la esperan de nuevo en la esquina del patio.

En este momento aún no sabe que, al crecer, se casará muy joven con un hombre cariñoso y tierno. Tendrá un hijo aún más cariñoso y tierno al que le costará ver, como una gata bajo la lluvia enmascarada en la oscuridad. Se separará y llorará a escondidas en los rincones oscuros de su corazón. Pensará en nostalgias de tiempos mejores. Se sentirá sola y cansada. Trabajará duro, muy duro, para verse fuerte. Aprenderá a desenamorarse de sí misma y a asumir que ya no es una niña. Sentirá que la danza de su corazón en realidad es tan poquita cosa que querrá desaparecer en mil batallas. Caerá y se volverá a levantar. Se dará cuenta que el amor que profesa en forma de defensora de causas justas la irá alejando poco a poco de su corazón. Caerá de nuevo y volverá a levantarse. Una vez. Y otra vez. Y otra. Hasta que,  muy lejos de Lisboa, y más bien que malamente, irá reconstruyendo su corazón. 

Cachito a cachito.

En este momento aún no lo sabe pero un día soltará a la domadora de bestias para convertirse en la mejor defensora... de su amor.




martes, 24 de julio de 2018

MI OTRA FAMILIA





Alfonso, Andrés, Blanca, Raquel, Jesús, Carlos, Mamen, Nerea, Raúl, Blanca, Ana, Salud, Isabel, Rafael, Juana, Claudia.
Sois las manos de mi otra nueva familia.

Antes de saber que yo era mi propia familia vivía encerrada en mis propios miedos.

Remolona, distante. Dormida.

Mis ojos esforzados no veían.

Corría. Mucho.

Y no llegaba a ninguna parte.

Mis manos se sujetaban con fuerza.

No sé a qué.

Ahora lo veo.

Mis pies pisaban débiles sobre la tierra húmeda.

Mis labios se esfumaban como el humo de un puesto de kefta.

Mi pecho temeroso y las manos toscas.

Demasiado esfuerzo.

Agotada, un día me desplomé.

Caí como la piedra en el arroyo.

Pesada; al suelo.

Como el tronco que el rayo parte y se queda ahí, tumbado, recalentándose al sol.

La piel agrietada. Las uñas partidas.

Corcho seco.

Me esforcé por salir de ahí.

Mucho.

Luché por levantar mis ojos al cielo y gritarle a las nubes.

El sol cegó mis pestañas.

El calor arrancó mi piel muerta.

Niña muerta que anhela despertar.

Arrojé todas las fuerzas en vano.

Y volví a caer.

Rodé y descendí desconsolada.

De alguna manera, me hundí.

Dentro de mí.

Caí tan profundo que la oscuridad inundó mis entrañas.

Tan a dentro que mis manos aflojaron, mis uñas se volvieron blandas y mis dientes dejaron de carraspear.

Caí tan abajo tan abajo que me disolví en la tierra.

Y decidí quedarme.


Un día sentí una fina melodía.

Una gota de tambor cayó en mi oreja.

Bum.

Y otra Y otra más.

Luego tres-cuatro gotas de oboe y una fina lluvia de clarinete empezaron a acariciarme el rostro.

Bum bum.

Entreabrí los labios y me dejé mojar por el sonido de las panderetas y el cante jondo.

Bum bum bum.

El pulsar de mi corazón empezó a latir.

Con fuerza.

Cada gota venía a mi rostro a nutrir la sequedad como cristal poliédrico.

Y en cada cristal un nombre.

Y en cada nombre unos ojos.

Y en cada ojo, el universo.


El universo en una pupila.


Y el sol en una mano amiga.

Mis hombros sintieron la calidez. La protección.

Y la mano se multiplicó, así, lentamente.

Quince-veinte-treinta manos acariciaron mi espalda.

Me envolvieron en un abrazo de piel de camello.

Cálido. Nutridor.

Sin juicio.

Sin espera.

Solo el calor del abrazo.

Comprensivo, amoroso. Paciente.

Y en el acogedor caer del abrazo me sentí llena de nuevo.

Llena de mí. 

Llena de música.

Llena de vida.

Eran las manos que acompañan.

Como una familia.

Como una tribu.

Nutridora tribu al pie de la fogata del amor.

Y ahora comprendo.

Soy mi propia familia, sí.

Mi propia familia y más.

Quedarme está bien.

Confiar.

Dejarme abrazar y soltar.






Confiar que, tras muchos años, tengo una nueva familia.

domingo, 24 de junio de 2018

EL HOMBRE AL QUE LE GUSTA ESCRIBIR CON PLUMA




Gracias C.M.P. por inspirarme

Al hombre que le gusta escribir con pluma le cuesta, a veces, tomar su lugar. Así que hoy, como ayer, como cada día desde hace cuatro años, decide traer un lápiz a la charla. Es un lápiz de mina algo dura, algo así como su conversación. Porque llevamos viniendo muchos años a estas charlas y no hemos intercambiado más que algún hola perdido al inicio y algunos golpes de cabeza a las despedidas. Hoy, por primera vez, me siento a su izquierda.

Coge el lápiz con delicadeza, con dulzura, como si sus dedos acariciaran la madera y dibujaran las palabras, en vez de escribirlas. Tiene las manos femeninas, los dedos largos y las uñas, aunque cortas, bien definidas. No se le ven callos ni uñas encarnadas. Cada dedo es como una dorada espiga de cebada que crece al son de su música interior. Tímida, delicada. Amorosa.

―Parece que hoy la charla va a ser larga―, susurro cerca de su oído en búsqueda de cierta empática alianza. Él me mira, sonríe y levanta levemente los hombros.

Me fijo, entonces, en su torso. Es duro. Contraído. Los músculos fibrosos esconden una espalda fuerte y más ancha de lo que uno podría imaginar. Porque el hombre que escribe a lápiz es delgado. Delgado y fuerte. Fuerte y vulnerable a la vez. Y su pecho esconde esto último. Alicaídos, parece que los hombros le sostengan ambivalentes. Ahora sí. Ahora no.

Cuando no hay nada que apuntar, juega. Juega con el lápiz. Lo sujeta entre dos dedos, el pulgar y el corazón. Como midiéndose la palma: uno en cada punta. Se lo mete por dentro de la costura del short de verano. Le da vueltas y vueltas entre sus dedos. El lápiz no para. Fantaseo pensando que su cabeza se mueve del mismo modo. Como una noria de feria, viajando sobre su mismo eje, figura de un mismo fondo. Ahora sí. Ahora no. Que uno no atisba a comprender qué hay ahí dentro. Las palabras escritas parecen sus tímidas ventanas al mundo.

La charla me aburre y me descubro siguiendo el lápiz que baila. Sonrío. Y mis pies empiezan a bailar siguiendo su ritmo. Me gusta.

―Hoy me cuesta seguir la charla―, digo en voz baja acercando mis labios a sus oídos. El hombre y su lápiz se paran y asienten al unísono. Sonríen al mismo tiempo. Me divierte pensar que el lápiz también me sonríe. Y mis pies le responden con otra sonrisa.

Al hombre que hace bailar el lápiz se le quiere por su sonrisa: apocada, juvenil. Vergonzosa. Algo pícara. Y en el fondo, hay algo de él que se echa de menos. Como si su mirada de lánguida figura gritara al viento he perdido algo.

A mitad de la presentación, lo encuentro medio escurrido en la silla, la espalda arqueada, alicaído. El lápiz, sin embargo, no cae. La letra, ilegible, sigue dibujando palabras en las hojas transparentes.

Cansada de escuchar, suspiro algo más fuerte de lo que puedo llegar a ser consciente y un gordo que está sentado tres filas más adelante, se gira. Me mira con ojos rasgados y la boca apretada. Me muerdo la lengua. Entiendo. Miro las manos y el lápiz a mi derecha y subo la mirada por el pecho hundido, los hombros alicaídos y me encuentro con la sonrisa pícara y la mirada cómplice. Dejo caer, entonces, mi cabeza en su hombro en señal de agradecimiento.

Me quedo ahí. Descanso. Huelo sus inspiraciones y espiraciones. Saboreo el calor de su hombro en mi oreja. Siento, de alguna forma, el olor de su piel. Me gusta. Él acerca su cabeza a la mía y así nos quedamos un instante. Fugaz y a la vez eterno. Me quedo suspendida en el tacto y el aroma de su pecho. Nunca antes estuve tan cerca de su olor. De alguna forma, me resulta familiar. Cercano.

Y suspiro.

Entonces, deja el lápiz en la libreta. Y, sin mirarnos un segundo, siento cómo uno de sus dedos, delicado, se acerca a mi mano. Su dedo largo y fino me acaricia con dulzura. Como si en el fondo supiera que es justo lo que necesito ahora. El calor del sol de la espiga en forma de frágil caricia. Su dedo en mi mano.

El gordo de delante desaparece. La charla se convierte en un murmullo lejano. Las incómodas sillas se transforman en mecedoras de aire. Me dejo mecer. Simplemente en la atención de su dedo en mi mano.

― ¿Siempre escribes a lápiz?―, le pregunto flojito, así, sin levantar mi cabeza de su hombro.

―No. En el fondo, a mí lo que me gusta es escribir con pluma―, me responde flojito, así, sin levantar su cabeza de la mía.

Suspiro hondo. Sonrío por dentro. Y comprendo, por fin, que a mí también me cuesta, a veces, tomar mi lugar.